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miércoles, 27 de marzo de 2019
miércoles, 21 de marzo de 2018
De marcha por Beirut
Pero no en el sentido festivo del asunto, sino en el de salir a la calle a caminar por un motivo de peso: la conmemoración del 8 de marzo.
Aún no sé porqué se hizo tres días más tarde de la fecha correcta, pero imagino que tiene que ver con las habituales razones de seguridad que se argumentan en este país para manipular el espacio público a conveniencia de unos pocos.
La convocatoria de la marcha la realizaron varias asociaciones libanesas, entre ellas la Lebanese Women Democratic Gathering (RDFL) y KAFA (enough) Violence & Exploitation, ambas organizaciones no confesionales que encabezaban la manifestación. De hecho, nos concentramos antes de salir en un enorme solar cerca de la sede central de la RDFL.
En esa concentración previa ya se vió claramente la amalgama de participantes que luego caminamos juntas, durante casi dos horas, por el centro de Beirut: musulmanas sunnis, musulmanas shías (reconocibles ambas por sus vestimentas) cristianas que portan cruces muy visibles como complementos de joyería (gargantillas, pulseras, anillos), mujeres sin signos externos de pertenecer a religión alguna, libanesas, expatriadas, empleadas domésticas de Extremo Oriente (sobre todo filipinas, reconocibles por las pancartas que mostraban) y África (sobre todo etíopes, reconocibles por las banderas que ondeaban), mujeres jóvenes, refugiadas, mujeres mayores, solas, en grupo, con familias, niñas, hombres de todas las edades, personas LGTB y mucha gente que estaba ahí andando en la misma marcha, desde la rotonda de Adlieh hasta el parque de Haoud al Wilaya. No vi drusas con sus trajes negros y sus velos blancos, pero eso no significa que no estuvieran.
Hubo algunos momentos memorables, como al pasar por el túnel que une las avenidas de Pierre Gemayel y de Abdallah el Yafi, junto al edificio del Museo Arqueológico Nacional libanés. Según íbamos entrando en él los gritos y cantos se amplificaban por el efecto eco, lo que nos animó gritar más. Fue tremendo, todo el mundo gritando "zaura, zaura!
(revolución, revolución)":
ثورة, ثورة!!!
Este fue el recorrido que hicimos por la ciudad, un buen trecho durante casi tres horas.
Sí, éramos muchas.
Sí, éramos muchas.
Creo sinceramente que aún falta avanzar en el proceso de empoderamiento femenino. Muchas mujeres aún en todo el mundo están sometidas al patriarcado machista que las asesina, viola, esclaviza, explota, roba, desprecia, minusvalora y se burla de sus demandas.
Ya sé que hay muchos hombres que personalmente no participan de esta manera de actuar. Pero eso no es óbice para seguir en la lucha. Mientras haya una sometida, no se puede parar. Y aunque a algunos y algunas no les guste, no podemos abandonarla. Cada una a nuestra manera.
Si esta consideración me hace merecedora del calificativo feminista radical pues bienvenido sea. Porque lo soy, ea.
No hice muchas fotos, estaba ocupada manifestándome, pero ahí van algunas:

Esta viñeta hace referencia a la durísima situación de las mujeres empleadas en el servicio doméstico, sometidas al sistema de la kafala
jueves, 8 de marzo de 2018
8 de marzo, huelga de mujeres
Hoy 8 de marzo escribo en este mi blog porque quiero contar una serie de cosas y es el día perfecto para hacerlo.
Es algo complicado parar aquí, porque mi situación me impide trabajar, así que no puedo hacer huelga laboral. Pero sí puedo hacer huelga de consumo y cuidados, hasta donde la gata me permite. Y eso estoy haciendo.
En el colegio donde soy voluntaria habíamos pensado celebrar un acto hoy, con las mujeres refugiadas cuyos hijos cuido mientras ellas están en clase. Pero finalmente lo vamos a hacer mañana, que es aquí el día de las Maestras y no hay clase. Bueno, en realidad es el día de los Maestros, pero como la mayor parte de esa actividad la llevan a cabo mujeres, pues... Así que nos dejan el patio del cole para poder hacer nuestro acto. Hablarán de sus problemas, de lo que les preocupa y de lo que esperan del futuro.
Hace unos días intenté contarles porqué se celebra el 8 de marzo y sus orígenes. Pero no me hicieron mucho caso. Sólo las kurdas conocían la conmemoración de las mujeres trabajadoras y lo celebraban en el mismo sentido que nosotras.
A las mujeres con las que estoy les precupa mucho más la guerra y sus consecuencias que la igualdad salarial o los techos de cristal. Les preocupa más que sus maridos se divorcien de ellas porque no tienen hijos varones y no tanto si colaboran mucho o poco en las tareas domésticas. Les preocupan sus familias en Siria o Iraq y si podrán reencontrarse con ellas en sus paraísos soñados de Canadá o Australia. Como la guerra es la principal arma de opresión machista y patriarcal, estaré con ellas, a lo que quieran hacer y decir.
Por otra parte, me está viniendo muy bien la convocatoria de esta huelga y la anterior celebración del día de la mujer en la ciencia porque me ha ayudado a verbalizar toda una serie de vivencias que he sufrido desde que intenté desarrollar una carrera profesional, allá por 1986.
Ya entonces teníamos delante una ardua tarea, que era encontrar un puesto de trabajo con una formación en Humanidades. Éramos muchas más las estudiantes mujeres que hombres, pero ellos ocupaban las cátedras y los puestos destacados. Ellos decidían quien podía formar parte de su élite y quién no.
El que Mª Ángeles Querol llegara a ser Subdirectora General de Arqueología del Ministerio de Cultura de 1985 a 1988 fué un hito que celebramos enormemente sus alumnas. Ya entonces avisaba ella de la brecha monstruosa que había en la ciencia del área de Humanidades. El argumento era bien sencillo: las mujeres ocupaban muchos puestos en esta ámbito porque estaba muy mal remunerado, ningún hombre quería trabajar por lo miserable de los salarios. Pero a las cúspides sólo llegaban los hombres, a pesar de ser minoría. Sus publicaciones guiaban y relumbraban, pero el trabajo diario y callado lo hacían mujeres, invisibles en todas partes.
Lo mismo pasaba a la hora de abordar el mundo laboral privado: las preguntas sobre tu proyecto de vida (matrimonio, hijos, etc.) eran las primeras. Incluso en un trabajo para el que me dijeron yo era la mejor cualificada, no me contrataron por mi aspecto, no les gustó nada. En otras ocasiones pedían juventud y mucha experiencia, en un oxímoron de imposible cumplimiento. Idiomas, títulos y toda la parafernalia, claro.
Hasta para concursar a empleo público había problemas: yo no podía preparar oposiciones pasando horas estudiando sin trabajar. Mi madre era pensionista por viudedad y había que colaborar en casa. De modo que no pude abordar adecuadamente hacer una tesis doctoral, ni estudiar una oposición ni nada parecido. Al principio pensaba que era por incompetencia mía, pero luego he visto claramente que ése no era el problema, sino que yo carecía de los apoyos que otras mujeres sí tenían: servicio doméstico, abuelas colaboradoras, ingresos familiares suficientes, etc. que las permitían abordar exitosamente esas tareas, al estar libres tanto en tiempo como de preocupación por el final de mes.
En los curros que me salían, la norma era la precariedad y la diferencia salarial. También la gente de mi entorno lo sufría. En ese sentido puedo decir que en mi vida he firmado un contrato indefinido. Incluso mi empleo actual es fruto de una sentencia judicial que ha tenido que reconocer que el trabajo que durante años he llevado a cabo, merecía tal tipo de vínculo laboral con la Administración.
Una vez que me empleé como autónoma dando clases para una academia, me dejaron de renovar mes a mes en cuanto se me empezó a notar la barriga de embarazada. Puedo decir que el precio de la hora de clase era inferior al de cualquier empleada doméstica. Hablo del año 2000, eh?
Así que sigue habiendo muchas razones para seguir peleando.
No me olvido de ellas, las invisibles en el Líbano

Convocatoria de la manifestación para el domingo a las 12 del PC libanés
Causas diferentes, misma ira.
Different Causes, Shared Anger
قضايانا متعددة وغضبنا واحد
Así que sigue habiendo muchas razones para seguir peleando.
No me olvido de ellas, las invisibles en el Líbano

Convocatoria de la manifestación para el domingo a las 12 del PC libanés
Causas diferentes, misma ira.
Different Causes, Shared Anger
قضايانا متعددة وغضبنا واحد
martes, 6 de febrero de 2018
Tasnim quiere ser psiquiatra
Tasnim tiene catorce años, es bastante alta para su edad y muy flaquita también. Tiene el pelo largo y moreno, pero sólo lo he visto en las fotos que me enseña a veces, porque desde que la conocí, siempre ha llevado su hiyab puesto. Lo usa porque de esa manera se siente mayor y respetada, según me ha explicado ella misma.
Suele ir al Club de Juventud que el colegio organiza todas las semanas del año, en el que la gente de su edad encuentra un espacio para hablar de sus cosas, expresar sus preocupaciones, desarrollar sus habilidades artísticas, recibir educación sexual y prevención de ETS, además de evitar que anden mareando por las calles.
Toda su familia está aquí en Beirut y, a pesar de las penurias, siempre se muestran muy dignos y amables. A veces he llevado a su madre hasta un hospital cercano, donde le controlan la diabetes que sufre y siempre me ha hecho un regalo a cambio, como un bote de makdus preparado por ella misma o dulces kaak al estilo de su barrio de Damasco.
El curso pasado estuvo un tiempo ayudando en la guardería, porque a pesar de su edad aún no estaba escolarizada y su madre prefería que hiciera algo útil. Así que venía a nuestro aula, se sentaba en una de las mesitas y se ponía a leer algún libro de la minibiblioteca que tenemos o participaba en las actividades que solemos hacer con los peques.
Era muy buena jugando con ellos, se le ocurrían un montón de actividades que les fascinaban, normalmente dibujaba con las tizas en la pizarra, que los peques llenaban de colores y muchos terminaban borrando con las manos... con las risas correspondientes al ver nuestras caras de espanto fingido cuando nos enseñaban sus palmas azules o rojizas. Si alguien hacía una trastada o había mucho alboroto en la clase, no tenía reparos en gritar haciendo un efecto muy chocante con la voz, como vibrando, lo cual tenía un efecto muy calmante sobre las fierecillas...
Durante esas estancias siempre me decía que ella quería estudiar medicina, ése era su sueño.
Tras unos tres meses ayudando, dejó de venir y no he vuelto a verla hasta este viernes pasado. Me contó que ha empezado a estudiar el Grado 8, porque al no estar escolarizada durante más de dos años, han tenido que bajarla de nivel, aunque no sea el que le corresponde por su edad. También me enseñó sus notas. Espectaculares, sencillamente.
Ahora que se oyen muchas atrocidades sobre los planes occidentales para esta zona, pienso en Tasnim y su anhelo de estudiar medicina. No es que yo sea mucho de esos rollos persigue tu sueño y ese tipo majaderías, no, pero me hiere profundamente ver a alguien como ella, estudiando como una fiera para alcanzar ese objetivo, en un lugar en el que, ni por ser ella quien es (una refugiada siria pobre), ni por posibilidades económicas (un curso de medicina en cualquier universidad libanesa no baja de los 25.000$) va a disponer de oportunidades suficientes para lograrlo. Lo peor de todo es que ella lo sabe.
Ahora que se oyen muchas atrocidades sobre los planes occidentales para esta zona, pienso en Tasnim y su anhelo de estudiar medicina. No es que yo sea mucho de esos rollos persigue tu sueño y ese tipo majaderías, no, pero me hiere profundamente ver a alguien como ella, estudiando como una fiera para alcanzar ese objetivo, en un lugar en el que, ni por ser ella quien es (una refugiada siria pobre), ni por posibilidades económicas (un curso de medicina en cualquier universidad libanesa no baja de los 25.000$) va a disponer de oportunidades suficientes para lograrlo. Lo peor de todo es que ella lo sabe.
Y me siento mal. Aún así, cada vez que la veo le animo a que siga, porque todo el conocimiento que está adquiriendo no se lo va a quitar nadie nunca. Y quien sabe, con toda esa fuerza de voluntad que tiene y lo brillante que es, tal vez lo consiga.
Hotel-Dieu, la facultad de medicina de la Université St. Joseph,
dos lugares en los que seguramente nunca podrá estudiar Tasnim.
dos lugares en los que seguramente nunca podrá estudiar Tasnim.
jueves, 30 de noviembre de 2017
Dima, la artista siria
Dima es una niña siria, no sabemos de qué lugar exactamente.
Tiene cinco años y el pelo castaño, corto y teñido de alheña rojiza alrededor de la coletilla que le peina su madre justo en una de las sienes, lo que le da un aspecto algo chusco. Siempre viene vestida con pantalones y botazas y sus ademanes no imitan la gestoforma típica de otras niñas, que repiten patrones de lo que se ha venido conociendo como femineidad.
No, ella no hace ni caso a los bebés que tenemos en la guardería, lo cual es estupendo, porque no les alborota, ni les sube en brazos ni les molesta con mimos exagerados (actitudes habituales en la mayoría de las niñas, que tienden a comportarse como madrecitas, incordiando muchísimo porque no les dejan en paz). Tampoco se preocupa si la ropa se le descoloca ni se atusa el pelo con las manos cada cinco minutos. Sus objetivos son otros. Por ejemplo, nos hace muchas preguntas muy pintorescas, como ¿cuantos coches hay en Beirut? o ¿por qué hay lápices de distintos colores?
No, ella no hace ni caso a los bebés que tenemos en la guardería, lo cual es estupendo, porque no les alborota, ni les sube en brazos ni les molesta con mimos exagerados (actitudes habituales en la mayoría de las niñas, que tienden a comportarse como madrecitas, incordiando muchísimo porque no les dejan en paz). Tampoco se preocupa si la ropa se le descoloca ni se atusa el pelo con las manos cada cinco minutos. Sus objetivos son otros. Por ejemplo, nos hace muchas preguntas muy pintorescas, como ¿cuantos coches hay en Beirut? o ¿por qué hay lápices de distintos colores?
Dima, en cuanto llega hace una declaración de intenciones que no deja lugar a dudas, con su voz también grave, aunque no tanto como la de Amira:
biddi lauen!
(quiero colorear)
Asi que le damos una hoja de papel blanco con siluetas en negro para rellenar con colores y se le ilumina la cara. Como no disponemos de cajas de lápices para todos, lo que hacemos es darles unos poquitos lápices a cada uno (dos o tres) y con eso se conforman normalmente. Pero Dima sigue pidiendo, tozuda, sin que ninguna otra palabra salga de su boca:
biddi ahmar!
(quiero [el lápiz] rojo)
En el caso de tener algún lápiz rojo disponible, ya que está muy solicitado, si se lo damos, tampoco termina ahí sus demandas:
Si lo consigue, se enfrasca en su hoja y es capaz de colorear durante una hora entera, pase lo que pase a su alrededor.
Si nos quedamos trabadas en alguno de los puntos anteriores, porque no hay un aula disponible para nosotros y tenemos que jugar en el patio, o porque se nos han terminado las hojas y toca jugar con los bloques de madera, o porque los lápices rojos ya los tienen otros peques o no hay para todos, entonces Dima se enfada muchísimo y se va a un rincón para demostrarnos su cabreo. No sufre; se enfurece, que es muy distinto. Al rato se le pasa y se pone a hacer lo que toque, pero su momento os vais a enterar de mi enfado no lo perdona.
El lunes pasado nos sorprendió, porque según estaba coloreando su hoja llena de flores, mariposas y otros bichos, levantó la mirada y nos dijo que ella no quería nada a su padre, pero a su madre sí.
Con semejante declaración, se nos encendieron todas las alarmas, claro, asi que comenzamos con el protocolo correspondiente de preguntas para averiguar si hay que pasarles con la trabajadora social.
Con total tranquilidad, sin dejar de colorear su hoja, nos explicó que no quiere nada a su padre porque pasa de ella, siempre le dice que está cansado y no le hace caso, ni le importan las cosas que ella le cuenta. Así que ha decidido no quererle y pasar de él como él hace con ella.
En cambio a su mamá sí la quiere mucho, porque siempre la escucha, le pregunta cómo le ha ido en la escuela y se interesa por sus cosas. A veces su mamá no sabe responderle, pero a Dima eso no le preocupa, porque no la manda callar como hace su padre, sino que le dice que pregunte cuando llegue a la escuela
Así es Dima, la niña que no sabe su lugar de origen porque ha nacido en un periodo de guerra.
En el caso de tener algún lápiz rojo disponible, ya que está muy solicitado, si se lo damos, tampoco termina ahí sus demandas:
biddi arb3a!
(quiero cuatro [lápices])
(quiero cuatro [lápices])
Si lo consigue, se enfrasca en su hoja y es capaz de colorear durante una hora entera, pase lo que pase a su alrededor.
Si nos quedamos trabadas en alguno de los puntos anteriores, porque no hay un aula disponible para nosotros y tenemos que jugar en el patio, o porque se nos han terminado las hojas y toca jugar con los bloques de madera, o porque los lápices rojos ya los tienen otros peques o no hay para todos, entonces Dima se enfada muchísimo y se va a un rincón para demostrarnos su cabreo. No sufre; se enfurece, que es muy distinto. Al rato se le pasa y se pone a hacer lo que toque, pero su momento os vais a enterar de mi enfado no lo perdona.
El lunes pasado nos sorprendió, porque según estaba coloreando su hoja llena de flores, mariposas y otros bichos, levantó la mirada y nos dijo que ella no quería nada a su padre, pero a su madre sí.
Con semejante declaración, se nos encendieron todas las alarmas, claro, asi que comenzamos con el protocolo correspondiente de preguntas para averiguar si hay que pasarles con la trabajadora social.
Con total tranquilidad, sin dejar de colorear su hoja, nos explicó que no quiere nada a su padre porque pasa de ella, siempre le dice que está cansado y no le hace caso, ni le importan las cosas que ella le cuenta. Así que ha decidido no quererle y pasar de él como él hace con ella.
En cambio a su mamá sí la quiere mucho, porque siempre la escucha, le pregunta cómo le ha ido en la escuela y se interesa por sus cosas. A veces su mamá no sabe responderle, pero a Dima eso no le preocupa, porque no la manda callar como hace su padre, sino que le dice que pregunte cuando llegue a la escuela
Así es Dima, la niña que no sabe su lugar de origen porque ha nacido en un periodo de guerra.
martes, 14 de noviembre de 2017
Shehat, la peque silenciosa
Shehat es una niña muy flaquita también, debe tener unos seis años, el pelo muy rizado y largo, de color castaño oscuro, pero muy poco abundante, que su madre suele peinar en forma de trenza. Siempre se le escapan unos pelillos cortos alrededor de la cara, como un nimbo de pelusillas. Su aspecto general es bastante enfermizo, debido a unas ojeras muy oscuras y marcadas sobre su piel apagada y tirando a amarillenta, entorno a unos ojos que cuando la conocí eran serios y tristes, un poco saltones y caidos del ángulo exterior. Es una niña que tiene cara de viejecita, si se puede expresar así.
Fue también de las primeras niñas que conocí en el colegio. El primer día que llegó su madre nos explicó que había dejado de hablar al salir de su pueblo de Siria y que nos teniamos que comunicar con ella mediante gestos. Casi me da un pirriqui, porque si ya es difícil comunicarse con ellos verbalmente, por gestos me parecía un mundo. Shehat, al llegar a la clase, se sentaba en una de las mesitas, muy seria siempre, sin alborotar, aferrando su mochila verde entregada a los refugiados sirios por la Campaña Nacional del Reino de Arabia Saudia para apoyar a los hermanos en Siria, según pone el escudo bordado que adorna el bolsillo frontal, exactamente igual a las que tienen estos críos (que no son de nuestro colegio).
Shehat a veces muy tímidamente señalaba el montón de papel reciclado que tenemos para que coloreen y al darle una hoja, despacito, despacito abría su mochila, sacaba del estuche dos o tres lápices de colores muy recomidos y pintaba sin levantar la cabeza durante las dos horas que estaba a nuestro cuidado. Nunca aceptaba las meriendas que solemos darles, porque en su mochila también traía algunas galletitas y agua, que tomaba cuidadosamente, sin dejar ni una miga y sin hacer ruido. Si quería hacer pis, se levantaba y señalaba la puerta, con las piernas cruzadas y con el típico movimiento de quien ya no puede más.
Durante un tiempo su madre y ella dejaron de venir, sin avisar ni nada. Esto suele pasar y significa que o bien que la familia ha conseguido salir del Líbano, o bien que el padre no deja a la madre venir a las clases. Pero desde hace un mes han vuelto las dos y se ha producido uno de esos hechos que hacen ver la situación con otra luz: Shehat ha comenzado a hablar.
A la otra seño y a mi nos dejó patidifusas, porque entró al aula con su mismo aire triste de siempre, se sentó en su mesita con sus mismos ojos saltones y caídos de siempre y su carita de viejuca de siempre. Pero en vez de señalar, nos pidió hablando muy bajito, eso sí, lapices y papel para pintar.
Ya no trae la mochila verde y durante estas semanas su tono de voz ha ido subiendo, hasta hablar alto y claro. Incluso la hemos visto reir y hasta se ha animado a cantar en alguna ocasión. La vemos que mira con aire de duda a los otros peques que se tiran por los toboganes de plástico que tenemos.
Estoy segura que en pocos días la vemos peleando en la fila por subirse ella también.
sábado, 28 de octubre de 2017
Ahmad y Mohammed
Ahmad y Mohammed son dos niños de seis y siete años. Llevan unos cortes de pelo muy divertidos, que les hacen sus propias madres y hermanas que están estudiando peluquería. Acaban de empezar el Grado 1 en una escuela del barrio de Bourj Hammud, cercana a su casa, y están más felices que perdices por este motivo, ellos y sus familias también, claro.
Fueron de los primeros peques refugiados que conocí y acudían a la guardería que ayudo a cuidar mientras sus madres están en clase de inglés y de ofimática. Entonces no tenían aún los 5 años, pero venían como clavos, todos los días, a aprender lo que fuese. Sus caritas se iluminban al entrar en la clase y casi entraban en éxtasis cuando repartíamos los cuadernos y lápices para pintar.
Cuando a la otra persona que estaba conmigo se le ocurrió que podíamos enseñarles el abecedario inglés con un juego de letras (pintadas grandes y recortadas) sobre el suelo, que consistía en ponerlas en fila e ir saltando de una en una, como en el juego de la rayuela mientras se cantaba la conocidísima cancioncilla:
A - B - C - D - E - F - G -H - I - J - K - L - M - N - O - P -
Q - R - S - T - U- V - W - X - Y and Z
Now I know my ABC's
Next time won't you sing with me.
ambos se sumaron con mucha vehemencia y entrega, a pesar de que en la clase teníamos otros elementos más interesados en chincharse mutuamente que en aprender ningún abecedario. Tanta voluntad y entusiasmo tenían que fueron los únicos que lo consiguieron. Eso les llenaba de orgullo y cada dos por tres les teníamos coreando a grito pelao el abecedario, Ahmed de carrerilla; Mohammed necesitaba saltar para poder acordarse bien.
Otros rasgos de su personalidad y de su comportamiento nos hablaban de una educación muy cuidada: nunca peleaban por la comida (a pesar de tener la misma hambre que los demás) sino que esperaban su turno haciendo fila sin rechistar. Si faltaba para alguno, no tenían reparos en compartir su ración, de hecho, eran los primeros en ofrecer una parte en cuando se daban cuenta de que alguien del grupo estaba con las manos vacías. A veces el reparto de la merienda se convierte en un gran follón, con todos arremolinados alrededor de la cesta de los manushis, manzanas o lo que toque y meten la mano varias veces, sin pizca de vergüenza; pero como la comida suele estar racionada, a veces nos encontramos que hay quienes se han quedado a dos velas, normalmente los que hacen la cola correctamente. Entonces toca revisar y hacer devolver a quienes se han guardado la comida en los bolsillos (de esto tengo que escribir otro día...) las piezas indebidas.
Tampoco se metían en las peleas habítuales ni nunca las iniciaban.
El primer día que la madre de Ahmed me invitó a su casa me sentí muy honrada. Ahí fue donde compartimos una manzana y un vaso de té para merendar y estuvo también la madre de Mohammed, casi una cría (no debe tener más de 25 años y ya tiene tres churumbeles). Después he ido muchas otras veces. En la última he conocido a un familiar que vive con ellos. Es un hombre de unos 30 años, que habla inglés bastante bien porque lo ha aprendido de manera autodidacta por internet y oyendo la radio. Me dijo que era pintor en Damasco, pero que su barrio está destruido y que ya no recibía encargos.
Tonta de mí, supuse que era un pintor de brocha gorda, pero no. Es un pintor que hace trampantojos en las casas: me enseñó algunas fotos de sus obras en impresionantes pisos damascenos. Cuando cerró la carpeta, nos preguntó si queríamos escuchar música. Yo imaginé que iba a poner la radio, pero no.
Sacó cuidadosamente de su bolsa un laud (ud) de factura preciosa, de taracea de nácar y distintos tipos de madera, una maravilla, vamos. Y empezó a tocar y cantar. Se sumó toda la familia: Ahmed y sus hermanos, su madre, Mohammed y los suyos, su madre y otra vecina que se acercó en cuanto el ud empezó a sonar. Se me puso la piel de gallina, porque todo el mundo cantaba muy bien, con el estilo de quien lo hace a menudo. Educación, arte, modales elegantes en una dignidad que las terribles condiciones de vida que sufren no ha logrado borrar ni una pizca.
Durante un rato me quedé, pero tuve que marcharme, porque vivimos lejos y las carreteras no tienen luz. De noche me es muy incómodo conducir por mi fotofobia y prefiero evitarlo: todo el mundo lleva las luces largas encendidas y voy constantemente deslumbrada.
Así que ahí les dejé, en su cuartito con colchones que extienden para dormir por todo mobiliario. De verdad que me siento muy agradecida cuando pasan estas cosas.
Sacó cuidadosamente de su bolsa un laud (ud) de factura preciosa, de taracea de nácar y distintos tipos de madera, una maravilla, vamos. Y empezó a tocar y cantar. Se sumó toda la familia: Ahmed y sus hermanos, su madre, Mohammed y los suyos, su madre y otra vecina que se acercó en cuanto el ud empezó a sonar. Se me puso la piel de gallina, porque todo el mundo cantaba muy bien, con el estilo de quien lo hace a menudo. Educación, arte, modales elegantes en una dignidad que las terribles condiciones de vida que sufren no ha logrado borrar ni una pizca.
Durante un rato me quedé, pero tuve que marcharme, porque vivimos lejos y las carreteras no tienen luz. De noche me es muy incómodo conducir por mi fotofobia y prefiero evitarlo: todo el mundo lleva las luces largas encendidas y voy constantemente deslumbrada.
Así que ahí les dejé, en su cuartito con colchones que extienden para dormir por todo mobiliario. De verdad que me siento muy agradecida cuando pasan estas cosas.
jueves, 19 de octubre de 2017
Amira, la princesa con mirada de acero
Amira en árabe significa princesa أميرة
También es el nombre de una niña que no sabe su edad exacta ni celebra su cumpleaños. Amira está muy flaca, casi ya enfermiza y tiene los ojos glaucos. Es de las poquísimas niñas que lleva el pelo corto (llama la atención, porque es un corte de pelo muy estiloso y asimétrico) de color castaño claro, con brillos pelirrojos. Nunca ha ido a la escuela y se aburre si pasa más de veinte minutos pintando o haciendo palotes.
Suele vestir las ropillas ajadas que llevan casi todos mis peques. Son ropas que se reparten en servicios de caridad o que adquieren en mercadillos ex profeso, en los que los precios son irrisorios, pero que crean un espejismo de consumo que reconforta a las familias (qué cosas, ¿eh?)
No habla mucho, pero cuando lo hace sorprende lo grave que es su voz, casi demasiado para una cría que tendrá entre 7 y 8 años como mucho. Pero lo que más impresiona de ella es la dureza de su mirada, aunque sea para observar como los demás están jugando en el patio, cosa que ella tampoco suele hacer. Se queda ahí sentada y a veces comenta las cosas que hacen mal los demás, sobre todo si ve que se pelean o se quitan los jugetes entre ellos. A veces hay que sujetarla porque se lanza como una fiera a impartir justicia, su justicia, que consiste en pegar un puñetazo a quién ella considera culpable, sin mediar palabra, con una mirada fría, de acero, que busca el impacto más doloroso en su objetivo.
Amira ha visto morir en el mismo ataque (no sabe de quién) a uno de sus hermanos y a su padre, hace muy poco tiempo. Llevan aquí menos de un mes y ha cruzado la frontera con su madre andando desde Siria, en un trekking siniestro atravesando las dos cordilleras (imponentes, no son montañitas de papel) que separan estos dos países, como ponen de relieve las heridas en sus pies, que tenemos que curar siempre que viene por el colegio. Porque no lleva botas GoreTex ni Timberland, precisamente. No, su calzado son las típicas chancletas de goma con las suelas desgastadas, tanto, que tienen los bordes comidos y no le cubren la superficie de la planta del pie, asi que no se le curan sus heridas tan facilmente, a lo que hay que sumar la eterna suciedad de los suelos beirutís, que tampoco ayuda.
Su madre es muy joven, lo parece y lo es, ya que la mayor parte de las mujeres refugiadas sirias aparentan mucha más edad de la que tienen, porque las vidas perras que llevan envejece mucho antes de tiempo: sin cuidados, con mala alimentación, sin programas de planificación familiar, en cuartuchos oscuros sin ventilación ni luz natural. Amira y su madre discuten siempre antes de marcharse del colegio: Amira quiere quedarse un rato más, su madre tira de su brazo para que la siga.
Pensando en cómo es la vida de Amira, no me extraña que su mirada congele al miedo.

Uno de los rascacielos más nuevos y altos de Beirut, en el barrio de Achrafiye (sector Monot) uno de los mayores nidos de desigualdad de esta ciudad.
Foto de @rabzthecopter
martes, 17 de octubre de 2017
Ashia, una niña traviesa
Se llama Ashia y tiene siete años.
Está muy flaca y le faltan algunos dientes. Tiene los ojos muy oscuros y almendrados, el pelo casi negro, liso, abundante y largo, siempre alborotado. Es traviesa, pero a la vez le encanta ocuparse de los más pequeños. Una sonrisa entre pícara y dulce, sobre todo cuando le alabas los dibujos que colorea no demasiado cuidadosamente.
Se siente muy mal si algún otro pequeño le quita los juguetillos que tienen para entretenerse, pero nunca lo quita ella a su vez, lo cual no es muy corriente, sino que se va a un rincón a sufrir hasta que decide que ya está bien. No para quieta, la verdad. Si hay algún sitio dónde trepar o subirse, ahí está ella, no podemos quitarle ojo. De hecho, hace un par de años se cayó de la ventana de su casa, un segundo piso y se rompió unos cuántos huesos. Pero no parece tener miedo a seguir subiéndose a todos los sitios que puede, si son altos, mejor.
Ayer vino muy silenciosa y estuvo extrañamente quieta. Con los ojillos tristones, no habló apenas nada.
La otra seño que está conmigo se fijó en su mano: tenía unas heridas muy simétricas y con una forma claramente definida. Intentó cogerle la mano para verlas y Ashia rápidamente la escondió, llorando. ¡Qué raro! Normalemente nos muestran todas sus heridas y pupas para que les curemos o les pongamos tiritas de colores, que les gustan muchísimo y las exhiben como si de joyas se tratara.
Con mucha suavidad, intentamos tirarle de la lengua, a ver qué nos contaba. No nos costó mucho, al poco estaba ya hablando locuazmente:
Su madre la había pillado jugando con la colita de su hermano pequeño al hacer pis. Así que sumergió una cuchara en aceite hirviendo y la quemó en el dorso de la mano como castigo por tan indecente juego.
Inmediatamente me acordé de mi tita Encarna, cuando me amenazaba con sentarme en las ascuas del brasero si me hacía pis en la cama. O de todos los menores que sufren brutales agresiones en la primermundista Ejjpaña...
lunes, 20 de marzo de 2017
A veces veo refugiados
Todos los días veo refugiados, en las carreteras, en las calles, en las casas destruidas por la guerra o en las que están en construcción (suelen vivir ahí los obreros con sus familias). Están pidiendo limosna en los semáforos, a veces incluso se les considera indicadores de tráfico: ah, hay niños pidiendo en la rotonda de Mkalles, eso es que hay atasco camino del puerto... En otras ocasiones les veo recolectando hierbas comestibles en los solares abandonados de la ciudad o en los taludes de las autopistas que la cruzan, como manera de conseguir alimento.
Están casi hasta debajo de las piedras, durmiendo en un colchón colgando de la barandilla que protege el paseo de La Corniche de las olas del malecón. También pueden encontrarse bebés tirados en los distintos vertederos de basura que rodean Beirut. A ninguna de las dieciocho religiones oficiales y otras tantas que pululan por aquí se les rasgan las vestiduras por ello, nunca han alzado la voz pidiendo el fin de la guerra o en contra de la consideración oficial de tenerles como desplazados, y no como refugiados, para evitar que se asienten aquí de manera definitiva.
Los refugiados, en familia, salen a pasear los dias de fiesta, exageradamente arreglados, en una concesión a la única dignidad que les queda: la de ir andando hacia adelante.
Por otra parte, también estoy comprobando cómo las elites sociales viven en un mundo paralelo sin
querer saber nada de lo que sucede en la realidad o, si les llega alguna
noticia, suelen despreciarla sin muchas contemplaciones, como a los niños mendicantes que a veces atropellan cuando se acercan demasiado a las ventanillas de sus carísimos coches. Esta
circunstancia me genera mucha inquietud y malestar, porque es muy difícil conseguir que se oiga la voz de los refugiados y
otros desfavorecidos. No interesa en
absoluto, parece que no fueran habitantes del mismo planeta. Citar cuestiones feas ante sus lánguidas miradas implica el fin de la conversación de manera tajante y una vela negra social.
Paso
muchas horas con refugiados (palestinos, sirios, iraquís, kurdis,
incluso con gente libanesa muy desfavorecida) y sus penurias son
infinitas, producto tanto de la guerra como del modelo de economía neoliberal a ultranza que rige la vida en este país. Las caras que se ven por los barrios donde viven nunca
reflejan sonrisas, la gente tiene una expresión de hastío y cansancio
como nunca había visto antes y se contagia enseguida a la gente menuda.
Algunos de los peques a los que cuido nunca se rien, por muchas
tonterías que les haga. Por eso es un triunfo cuando consigo arrancarles una sonrisilla, por pequeña que sea. Algunos ya me están esperando cuando llego al colegio y se vienen corriendo a darme un abrazo, con sus ropillas ajadas, muchas veces sucias, otras veces limpísimas. Hay quien tiene mochilas (entregadas por organizaciones solidarias o por gobiernos extranjeros -úlitmamente se ven unas verdes con el sello del reino de Arabia Saudia-) en las que guardan sus tesoros preciados: algún lápiz medio roído, trozos de hojas de cuaderno y, en el colmo de la fortuna, algún dulce de chocolate, que comen despacito hasta que viene un espabilao veloz que se lo quita de un manotazo.
La mayor parte de ellos lleva ropa que reparten las ONGs o la consiguen en mercadillos que se organizan a propósito para ellos, con precios simbólicos. Muchas veces les queda demasiado grande, o demasiado pequeña. Es frecuente que se quiten los zapatos y verles los piececillos llenos de rozaduras y ampollas, porque tampoco es usual que lleven calcetines.
A veces cantamos canciones y sus reacciones son muy distintas, desde quien se suma desde el primer momento dando palmas y cantando hasta quienes miran como si eso de cantar no fuese con ellos, por su estado de ánimo o por una suerte de desprecio hacia todo lo que no sea estar serio y callado (esta actitud es mucho más frecuente entre los niños, las niñas suelen sumarse enseguida y ellas mismas terminan jugando al corro o a cantar sus propias canciones en corrillos que organizan rápidamente).
Ahora que parece que el invierno está terminando, que está siendo largo, frío y húmedo, podremos salir al patio a corretear un poco y a esquivar los tomates que tiran algunos vecinos, molestos por el alboroto infantil que les impide ver la tele con tranquilidad.
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