miércoles, 7 de diciembre de 2016

Peques en el Líbano

Por esas cosas que pasan, me encuentro ahora mismo relacionada con dos ámbitos educativos muy distintos.

Uno es de los considerados estupendos en este territorio: privado, internacional, carísimo y de rancia tradición. En un paraje excelso. Con ilustre ex-alumnado y estudiantes que acuden de distintas partes del mundo. En este centro educativo pasan cosas chocantes, como la diferente percepción que tienen los citados estudiantes y el resto de la comunidad educativa y sociedad local (con algunas excepciones) del centro en cuestión: los primeros no andan muy contentos en general... En ese cole intento enseñar Lengua y Cultura Ejjpañolas. Sus estudiantes al principio inician una batalla para ver hasta dónde pueden llegar contra ti, como docente novata y responden de manera inesperada cuando ven que no actúas como la mayoría de los otros profes, es decir, con la cara avinagrada y a gritos ante sus provocaciones. 


Podría decir que está resultando casi mágico ver cómo poco a poco van abriendo sus cabezas y sus bocas para contar cosas sobre su vida escolar que no hubiera imaginado nunca que iban a decir. Hoy, por ejemplo, he podido escuchar las siguientes frases:
  • Aquí, si sufres acoso escolar, es mejor callarse. Todo el mundo dice que es algo malo, pero si les cuentas que te está sucediendo, no hacen nada y encima te cae una bronca por hablar.
  • Pues a mi me gusta acosar porque me siento poderoso (literal)
  • El acoso escolar es una manera de prepararte para la vida real.
Hay estudiantes que, por sus trayectorias vitales, han vivido en mil y un lugares, en internados, hablan varios idiomas con mucha fluidez e incluso tienen dos nacionalidades, a veces ninguna libanesa. A pesar de las pocas ganas de estudiar que suelen demostrar, es posible percibir en ellos el entrenamiento académico que han tenido desde pequeños, cómo demandan conocimientos de manera exhaustiva y los absorben sin demasiadas dificultades. Su principal problema es la vaguería infinita que les provoca el uso de los distintos aparatos electrónicos que poseen y da mucho coraje ver tanto talento desperdiciado por el exceso de comodidades que les rodea.

El otro centro educativo con el que tengo relación es el de refugiados al que acudo como voluntaria, en uno de los barrios más deprimidos de Beirut y a cuyo patio los cristianos vecinos tiran basuras porque les molesta el ruido de los niños y porque, además, no les gusta que haya colegios para este tipo de gente. También es muy sorprendente tratar con estos peques. 

Hay estudiantes que por sus trayectorias vitales no saben qué es ir al colegio, porque la mayoría ha nacido con la guerra empezada y nunca han pisado ni guarderías ni escuelas ni nada parecido. Por lo tanto, hay cosas básicas que no saben, como hacer filas para esperar turno, enfrentarse a una hoja de papel en blanco o simplemente saber que van a estar ahí un rato y luego van a regresar con sus familias. Lloran mucho y hasta que no vuelven a ver a sus madres no se tranquilizan.

Es casi mágico ver cómo asoman sus caracteres y su naturaleza: gente menuda solidaria que comparte la meriendita con otros peques y cuidan de sus hermanxs más pequeñxs. También están los cabrones que aprovechan cualquier oportunidad para quitar la comida al prójimo o sacudir a gusto a quien mejor les parece. Incluso hay quien aprovecha cualquier debilidad del otro para hacer maldades, como a un peque de cuatro años que no habla y camina malamente (lleva unas botitas especiales que le ayudan a sostenerse, parece tener parálisis cerebral o algo similar) al que tenemos que vigilar especialmente porque le suelen empujar para ver cómo se cae, por diversión.


Están aprendiendo a leer y escribir, también inglés, francés y todas las asignaturas que se dan en la enseñanza primaria/secundaria, para que puedan estar al mismo nivel que los estudiantes libaneses cuando accedan a ella.

A pesar de las vidas tan perras que llevan, es posible percibir en ellos el ansia de saber que se les desarrolla cuando se dan cuenta de sus capacidades, demandan conocimientos de manera exhaustiva y los absorben como esponjas, sin muchas dificultades. Su principal problema es la frustración que les provoca la falta de medios (no es raro verles hacer deberes en el mismo colegio, porque en sus casas no hay luz o materiales para estudiar, incluso he llegado a verles sentaditos en la calle con sus cuadernos) y da mucho coraje ver tanto talento desperdiciado por la indecente penuria socioeconómica que les rodea.
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