lunes, 20 de marzo de 2017

A veces veo refugiados

Todos los días veo refugiados, en las carreteras, en las calles, en las casas destruidas por la guerra o en las que están en construcción (suelen vivir ahí los obreros con sus familias). Están pidiendo limosna en los semáforos, a veces incluso se les considera indicadores de tráfico: ah, hay niños pidiendo en la rotonda de Mkalles, eso es que hay atasco camino del puerto... En otras ocasiones les veo recolectando hierbas comestibles en los solares abandonados de la ciudad o en los taludes de las autopistas que la cruzan, como manera de conseguir alimento.

Están casi hasta debajo de las piedras, durmiendo en un colchón colgando de la barandilla que protege el paseo de La Corniche de las olas del malecón. También pueden encontrarse bebés tirados en los distintos vertederos de basura que rodean Beirut. A ninguna de las dieciocho religiones oficiales y otras tantas que pululan por aquí se les rasgan las vestiduras por ello, nunca han alzado la voz pidiendo el fin de la guerra o en contra de la consideración oficial de tenerles como desplazados, y no como refugiados, para evitar que se asienten aquí de manera definitiva.

Los refugiados, en familia, salen a pasear los dias de fiesta, exageradamente arreglados, en una concesión a la única dignidad que les queda: la de ir andando hacia adelante.

Por otra parte, también estoy comprobando cómo las elites sociales viven en un mundo paralelo sin querer saber nada de lo que sucede en la realidad o, si les llega alguna noticia, suelen despreciarla sin muchas contemplaciones, como a los niños mendicantes que a veces atropellan cuando se acercan demasiado a las ventanillas de sus carísimos coches. Esta circunstancia me genera mucha inquietud y malestar, porque es muy difícil conseguir que se oiga la voz de los refugiados y otros desfavorecidos. No interesa en absoluto, parece que no fueran habitantes del mismo planeta. Citar cuestiones feas ante sus lánguidas miradas implica el fin de la conversación de manera tajante y una vela negra social.

Paso muchas horas con refugiados (palestinos, sirios, iraquís, kurdis, incluso con gente libanesa muy desfavorecida) y sus penurias son infinitas, producto tanto de la guerra como del modelo de economía neoliberal a ultranza que rige la vida en este país. Las caras que se ven por los barrios donde viven nunca reflejan sonrisas, la gente tiene una expresión de hastío y cansancio como nunca había visto antes y se contagia enseguida a la gente menuda. Algunos de los peques a los que cuido nunca se rien, por muchas tonterías que les haga. Por eso es un triunfo cuando consigo arrancarles una sonrisilla, por pequeña que sea. Algunos ya me están esperando cuando llego al colegio y se vienen corriendo a darme un abrazo, con sus ropillas ajadas, muchas veces sucias, otras veces limpísimas. Hay quien tiene mochilas (entregadas por organizaciones solidarias o por gobiernos extranjeros -úlitmamente se ven unas verdes con el sello del reino de Arabia Saudia-) en las que guardan sus tesoros preciados: algún lápiz medio roído, trozos de hojas de cuaderno y, en el colmo de la fortuna, algún dulce de chocolate, que comen despacito hasta que viene un espabilao veloz que se lo quita de un manotazo.

La mayor parte de ellos lleva ropa que reparten las ONGs o la consiguen en mercadillos que se organizan a propósito para ellos, con precios simbólicos. Muchas veces les queda demasiado grande, o demasiado pequeña. Es frecuente que se quiten los zapatos y verles los piececillos llenos de rozaduras y ampollas, porque tampoco es usual que lleven calcetines.

A veces cantamos canciones y sus reacciones son muy distintas, desde quien se suma desde el primer momento dando palmas y cantando hasta quienes miran como si eso de cantar no fuese con ellos, por su estado de ánimo o por una suerte de desprecio hacia todo lo que no sea estar serio y callado (esta actitud es mucho más frecuente entre los niños, las niñas suelen sumarse enseguida y ellas mismas terminan jugando al corro o a cantar sus propias canciones en corrillos que organizan rápidamente). 

Ahora que parece que el invierno está terminando, que está siendo largo, frío y húmedo, podremos salir al patio a corretear un poco y a esquivar los tomates que tiran algunos vecinos, molestos por el alboroto infantil que les impide ver la tele con tranquilidad.


jueves, 16 de marzo de 2017

Cocina armenia

Vivir en Beirut me ha permitido descubrir esta cocina maravillosa, aunque ya había tenido la oportunidad de visitar el restaurante armenio Vartan de Madrid, ahora ya cerrado.

Aqui en Beirut hay algunos restaurantes armenios por el centro de la ciudad, como el Mayrig o Al Mayas, cuyas calidades destacan sobremanera, decorados primorosamente y con superatención a los comensales.  Pero también hay pequeñas casas de comidas en el barrio armenio, Bourj Hammoud, en las que se puede tomar esa misma cocina elegante en la version casera y familiar, y no soy capaz de decidir cuál es mejor. El más conocido es el Badger, que además actúa como centro cultural y de reunión para mujeres, ya que en este barrio las cuestiones sociales son muy importantes por el tipo de población y problemas que se viven en él. No en vano es uno de los que más refugiados acoge, siendo él mismo una creación extramuros de Beirut de los refugiados armenios que huyeron del genocidio de principios del siglo XX.


De haber sido la cocina una de mis habilidades destacadas me habría apuntado a explicar aquí alguno de sus platos, pero verdaderamente es una cocina que requiere manos expertas, por la cantidad de matices y variedad de ingredientes que presenta. También requiere de mucho tiempo y paciencia...

Hay algunos platos memorables, como el kabab karaz, o carne mezclada con salsa de cerezas amargas, que es tal vez de lo más delicioso que puede probarse. Asi que animo a probar esta cocina, porque verdaderamente es sorprendente y muy delicada.



sábado, 18 de febrero de 2017

Un día de viento en Beirut

El jueves 16 de febrero de 2017 fue un día bastante despejado y frío aquí en Beirut, con mucho viento que soplaba del mar llevándose la contaminación habitual. O sea, un día perfecto para darse un garbeo por la Corniche al bahar. Así que gestioné mis asuntos por la mañana pronto para poder caminar desde la Bahía de la Aceituna hasta las rocas de Rauche.



Pero como moverse por aquí es un suplicio, mucho más si hay que entrar al centro de Beirut, lo que suelo hacer es usar el coche para salir de mi barrio (a unos 12 km. del centro) hasta otro barrio que hay ya formando parte de la ciudad (Sin el fil, Diente de elefante) donde se puede aparcar razonablemente y ahí subir a un service (taxi comunitario) hasta donde sea que vaya una.

Ese fue mi objetivo al salir de casa. Pero ¡quía! El universo se había propuesto ese día que yo no paseara por la Corniche y vaya si lo logró.

El primer tropiezo del dia fue con el service que tuvo a bien aceptarme. No es el primero, ya contaré otros... Normalmente el conductor del coche-service se te acerca pitando para que te enteres de que está ahí, tú dices dónde vas y si le interesa, te indica que subas; de lo contrario, te dice que no y sigue su camino. Me subí como al cuarto que pregunté, que me dijo que sí le venía bien pasar por ahí dónde yo iba.

Durante cinco minutos todo fue bien, una señora sentada en el sitio del copiloto, hablando animadamente con el conductor cuando, de repente, éste se vuelve hacia mí y me pregunta que si soy rusa (pregunta-eufemismo para saber si soy prostituta, debido la abundante presencia de mujeres de ese ámbito geográfico que intentan sobrevivir aquí o son explotadas en esa actividad). Le digo que no y entonces me contesta que su coche no es un service, que es un taxi y que para ir a la Corniche al bahar le tengo que pagar 15 dólares. Me quedo frita, porque claro que era un service (llevaba ya una pasajera al subirme). Le contesté que lo sentía mucho, pero no tengo ese dinero (además era cierto), que yo quiero un service (por los que se paga 3.000 liras libanesas, unos dos euros, por trayecto) y que me bajo. Pero no se paró y no me atreví a bajarme en marcha o similar. La mujer se suma a la conversación y me pregunta si hablo árabe y que de dónde soy. Mientras tanto, el coche sigue avanzando hacia el destino de ella (iba primero y la dejan primero) que era un barrio que no tenía que ver con mi destino. Al bajarse la mujer, el conductor me vuelve a decir que 15 dólares o nada.

Pues claro que nada, aunque ya estaba mucho más lejos de la Bahía de la Aceituna que cuando me subí. Asi que me bajé tras pagarle las 3.000 libras correspondientes, rabiosa por no saber suficiente árabe como para decirle cuatro cosas, asi que he tirado del primer insulto que aprendí aquí: sharmutta, que es malo, muy malo. Y de tanta rabia que tenía pensé primero que vaya especie más lamentable la de los conductores de taxi y después que para qué intentar ni siquiera llegar a la Corniche, que lo dejaba y me volvía a casa y esas cosas que se piensan en esos momentos.

Pero en ese momento me sonó la vocecilla de si quieres, puedes; persigue tus sueños, mueve el culo que te has organizado para ir allí y ahora lo vas a dejar... en fin, que me eché a andar otra vez, muy decidida, hasta que llegué a mi destino (al final resultaron ser 8 kilómetros, contados con mi fastuoso invento ese que te pones en las caderas y cuenta los pasos y los kilómetros que andas y como con el viento y la caminata ya se me había pasado el mal rollo, pues me puse muy contenta de mí misma.

Asi que accedí a la Corniche desde Zeituna, donde hay unos edificios y un malecón que no dejan ver el mar abierto y justo a unos 200 metros ya se abre la zona de paseo sobre el mar, que suele estar llena de gente. Pero no contaba con que el Universo había decidido que yo no paseara. Pongo las fotos para que se vea bien el motivo:










O sea, que al final, nada de caminar, a menos que quisiera terminar empapada como unos cuantos pringaos que se atrevieron a recorrer el paseo. Las olas saltaban en cualquier momento y con el frío que hacía, eso de empaparme no me seducía nada.

De modo que media vuelta, té calentito en uno de los locales que dan al mar, protegido con cristaleras y hale, de vuela a casa. Al volver, tenía que tomar de nuevo otro transporte para llegar a Sin el fil y ningún service me llevaba hasta allí. Donde estaba parada había un chaval esperando también que le llevaran por la zona y como tampoco le subían, me indicó que tomaramos una guagua que pasaba por ahí -sólo sabes dónde van hasta que te lo dice el conductor- hasta un punto que seguro encontraba quien me llevara. Esas guaguas, que normalmente tienen la puerta arrancada para poder facilitar la entrada y salida de pasajeros, son toda una lección social. Esta vez durante el recorrido pude hablar con un tipo que me contó que no me decía su nombre porque todo el  mundo miente y estuvimos de parlez vous hasta llegar al final del recorrido.

Ciertamente allí encontré un service que me llevó sin más historias, sin dar rodeos y sin preguntarme de dónde soy.

martes, 10 de enero de 2017

Hoy me han echado de una iglesia

Si, exactamente de la iglesia-catedral de San Nicolás en Saida (Sidón, para la tradición occidental). Hoy nos ha tocado ir por esa ciudad y aprovechando que hacía un día precioso, hemos dado una vuelta por el casco antiguo que es Patrimonio de la Humanidad.


No es la primera vez que me echan de una iglesia, que conste, ya me pasó en varias ocasiones a eso de los 7 años porque me aburría como un hongo cuando me llevaban a misa y me ponía a bailar flamenco, con grave escándalo de los asistentes, del celebrante y de mi pobre abuela Concha, a la que le daban unos soponcios enormes que yo no acertaba a comprender...

Esta iglesia de San Nicolás de Saida se construyó en el siglo XV para servir como sede del arzobispado bizantino de Antioquía, culto cristiano oriental que se remonta al siglo VII. Tiene la cúpula más grande de la ciudad y el altar data de la época de los mamelucos, oculto por un iconostásis levantado en el siglo XVIII. En 1819 la iglesia se dividió en dos partes: una para la comunidad ortodoxa griega y otra para los católicos melquitas. En la entrada de la parte ortodoxa griego hay una capilla muy pequeña dedicada a los santos Pedro y Pablo, que según la tradición fue el lugar de un encuentro entre estos dos santos (alrededor del año 58 d.C.) Justo en este sitio han empezado los problemas...

Para llegar a la iglesia hay que callejear por el zoco y se encuentra en un tramo estrecho acodado, la única pista es el cartel que aparece en la foto, porque la puerta del recinto no se diferencia en nada de las de las casas de alrededor. Justo enfrente hay una pastelería pequeña que fabrica delicias turcas. Hemos hecho la visita sin tener información previa del sitio y claro, hemos tenido que hacer algunas preguntas.


Se entra llamando a un timbre a través de un boquete de la puerta de madera, bueno, hay que esperar que venga el sacerdote que la abra para poder entrar a un patio de planta irregular al que se abre la capilla citada, una escalera y la entrada a la iglesia-catedral. Este hombre ha resultado ser el típico con barbas blancas rizadas y sotana costrosilla, voz suave y ademanes pausados.

Hemos empezado mal, porque lo primero que nos ha dicho es que había perdido la llave para entrar y que tenia que subir a buscarla. Nos hemos quedado esperando en la capilla, que es un espacio minúsculo (yo creo que unos 6 metros cuadrados como mucho) donde había una mesita cubierta por un paño y ahí se adivinaba la silueta del pedazo de llave (casi 20 cm.) que se suponía perdida. Así que he levantado el paño, he cogido la llave y he salido al patio para avisarle a gritos, porque andaba por arriba del edificio. Primer mosqueo del menda, se le ha visto en la cara. Para mí que eso de la pérdida es su excusa para no perder el tiempo con los turistas...


Ha abierto la puerta y hemos entrado al interior de la iglesia-catedral, que también nos ha parecido que tenía una planta muy rara y muros que no nos cuadraban... eso sí, un iconostásis con sus cortinas correspondientes cerradas y me he metido por ahí detrás a ver lo que hay en ese espacio tan secreto. Resulta que hay otro altar y, lo que me ha dejado muy sorprendida, un miharab mameluco. Así que he salido a preguntarle porqué estaba eso ahí. Nos ha explicado que lo compraron en un derribo. Pero tampoco le ha gustado mucho que preguntara, segundo mosqueo...

En la foto 2ª se ve muy bien como la bóveda de la nave tiene una inclinación rara respecto al muro lateral, así que le hemos preguntado porqué estaba construido así, ya que parecía haber más edificio al otro lado del muro. Esto le ha dejado flipando al hombre y nos ha contestado que efectivamente ese muro lo que hace es dividir la iglesia en dos partes, una para ellos, los griegos ortodoxos y la otra para los católicos melquitas (que está cerrada por obras ahora). Ahí ha sido el tercer mosqueo, porque se me ha ocurrido decirle que no comprendía tal división, si todos los cristianos adoran a la misma divinidad.

¡Ojú mi arma cómo se ha puesto...! Nos ha recomendado la lectura de un libro alemán sobre las distintas iglesias de Próximo Oriente y a la vez que nos decía Estos occidentales no tienen ni idea nos ha abierto la puerta y nos ha señalado el camino a la calle.

De modo que nos hemos ido a ver el Museo del Jabón, que está cerca pero ya lo cuento otro día si eso...

martes, 13 de diciembre de 2016

Un campamento de refugiados cualquiera

Desolación, angustia, desamparo, tristeza, intemperie, barro, frío, enfermedad, destrucción, devastación.

Muerte en vida.


Hoy he estado en un campamento de refugiados sirios en un paraje, Ain Dallabass, del municipio de Zahle Maallaqa Aradi, en el valle de la Beqaa, en el Este del Líbano, entre las dos cordilleras (las del Líbano y del Antilíbano) que dan a este territorio su mayor riqueza: el agua. Es un campamento del tipo que el ACNUR considera asentamiento informal y alberga a 20 familias con un total de 90 personas, que viven ahí desde 2013.

La mayor parte de esas familias proceden de la ciudad de Homs, que en circunstancias normales quedaría a unas dos horas en coche:



Este campamento está situado en una tierra muy rica para la agricultura, famosa por los viñedos y bodegas que exportan vino a todo el mundo. De hecho, para llegar desde las oficinas del ACNUR hasta el asentamiento se pasa por delante de una de las más renombradas, que hasta ha ganado concursos enológicos en España con sus productos.

Precisamente estas tierras tan ricas permiten que un 35% de los residentes en el campamento encuentren trabajo como jornaleros, con los siguientes salarios medios: hombres, unos 17$ diarios; mujeres y criaturas de más de 10 años, 6$ diarios.

Las parcelas donde se montan las tiendas de campaña se alquilan a las familias por unos 330$ al año /tienda. Si además quieren luz, tienen que pagar 47$ mensuales más por tienda, que dados los ingresos citados anteriormente, pues resulta que carecen de suministro. Al respecto me gustaría indicar que no son tiendas de campaña tipo estupendo, de esas que pueden cerrarse y quedar aisladas de la intemperie, con suelos estancos y demás... No, nada de eso. Se trata de grandes sábanas de plástico grueso montadas sobre estructuras de madera que ya está medio podrida, que dejan pasar el aire, no son estancas, con el paso del tiempo se agujerean y tampoco quedan aisladas del suelo.


La palabra parcela también es engañosa. El campamento se asienta sobre un barrizal pegajoso, en medio de la nada, a varios kilómetros del pueblo, sin alumbrado ni canalización de las aguas que inundan el interior de las tiendas y empapan los pies de los residentes.

El ACNUR les proporciona ayuda económica para alimentación y asistencia básica, unos 200$ mensuales divididos en varios conceptos, además de materiales como mantas y estufas de leña, de esas tipo salamandras, que alimentan con los trozos de madera que pueden recoger por ahí. Algunas familias pueden comprar gasoil. Además se proporciona a las familias asistencia legal, prevención de riesgos psicosociales, ayudas a medida para personas con necesidades especiales y acceso a algunos centros sanitarios y educativos.

Hasta aquí lo que ponen los papeles. Ahora contaré lo que pasa.

La vida de esta gente es una inmensa mierda.

Huyen de un país en el que ya no tienen nada porque la guerra les ha destruido las viviendas, sus puestos de trabajo, su estructura social y todo lo que entendemos por vida normal. Tampoco pueden moverse mucho por aquí, ya que no están reconocidos como seres humanos sujetos a derechos. Sus vidas transcurren en la clandestinidad y son objeto de explotación de todas las maneras imaginables y seguramente varias más. Como vienen de un lugar en el que cualquier activismo social está perseguido, hasta las asociaciones de vecinos, no están capacitados para organizarse como grupo y son presa fácil de todo tipo de abusadores, incluidos compatriotas espabilaos que se aprovechan de su miseria. Además, para recibir la carta de refugiado el gobierno obliga a firmar un compromiso de no trabajar, así que puede imaginarse fácilmente la clase de explotación a la que está sometida esta gente.


Hoy llovía mucho y hacía un frío pelón, andábamos a unos 6ºC a las 12'00 de la mañana (la zona se encuentra a unos 900 m. de altitud sobre el nivel del mar) y se esperan ya para este fin de semana las nevadas que cubren con unos 15 cm. de nieve este valle hasta la primavera que viene.

Aún así, había multitud de gente menuda correteando por allí porque no tienen medios para llegar a las escuelas y además, si trabajan, pueden llevar unos dólares a las familias. Parte de esa gente menuda iba vestida con camisetas de manga corta y las sandalias de plástico de esas que usamos en verano para las piscinas.

Manos heladitas, mocos verdes taponando las naricillas, toses, asma y malos pelos embarrados. Montones de basura por todas partes y miradas entre asombradas, curiosas y sorprendidas de ver allí a gente que no es la habitual. Hombres deprimidos y malhumorados hasta la violencia porque no son capaces de proveer para sus familias, que es lo que han venido haciendo durante toda su vida y ha sido su razón de vivir. Mujeres que son el eslabón más débil y que a veces, sorprendentemente consiguen empoderarse porque se cuelan por los resquicios del sistema y consiguen subempleos para también ayudar a sacar adelante a sus familias.


En la tienda de una de las familias, cuatro niños, de los que uno es un bebé recién operado de un absceso al que no le pueden pagar todas las medicinas que necesita, otro un crío asmático, una niña encantada con sus gafas recién conseguidas y otro crío más que van a la escuela a veces y ya saben decir My name is ... Una estufa salamandra con maderucas quemándose atufando al crío asmático. El sonido de la lluvia sobre el plástico.


Las risas cuando nos hemos hecho cosquillas, la mirada de los padres al pedir ayuda económica para los peques enfermos. La comitiva de hombres encabezada por el mediador del campo, que suele ser el compatriota espabilao o algún prócer de la localidad de origen que mantiene el liderazgo en el campo. Las sonrisas a la despedida. El barro pegajoso y la lluvia fría. Las cabezas asomando de otras tiendas y las mismas miradas, respondiendo muy educadamente a los saludos. La niña que llega andando de la escuela cargada con una mochila de la UNICEF. Menos mal, ésta tiene puesto un jersey sobre la camiseta.


El silencio durante las dos horas de viaje hasta volver a casa.

El dolor infinito de saberse responsable de la situación de esta gente.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Peques en el Líbano

Por esas cosas que pasan, me encuentro ahora mismo relacionada con dos ámbitos educativos muy distintos.

Uno es de los considerados estupendos en este territorio: privado, internacional, carísimo y de rancia tradición. En un paraje excelso. Con ilustre ex-alumnado y estudiantes que acuden de distintas partes del mundo. En este centro educativo pasan cosas chocantes, como la diferente percepción que tienen los citados estudiantes y el resto de la comunidad educativa y sociedad local (con algunas excepciones) del centro en cuestión: los primeros no andan muy contentos en general... En ese cole intento enseñar Lengua y Cultura Ejjpañolas. Sus estudiantes al principio inician una batalla para ver hasta dónde pueden llegar contra ti, como docente novata y responden de manera inesperada cuando ven que no actúas como la mayoría de los otros profes, es decir, con la cara avinagrada y a gritos ante sus provocaciones. 


Podría decir que está resultando casi mágico ver cómo poco a poco van abriendo sus cabezas y sus bocas para contar cosas sobre su vida escolar que no hubiera imaginado nunca que iban a decir. Hoy, por ejemplo, he podido escuchar las siguientes frases:
  • Aquí, si sufres acoso escolar, es mejor callarse. Todo el mundo dice que es algo malo, pero si les cuentas que te está sucediendo, no hacen nada y encima te cae una bronca por hablar.
  • Pues a mi me gusta acosar porque me siento poderoso (literal)
  • El acoso escolar es una manera de prepararte para la vida real.
Hay estudiantes que, por sus trayectorias vitales, han vivido en mil y un lugares, en internados, hablan varios idiomas con mucha fluidez e incluso tienen dos nacionalidades, a veces ninguna libanesa. A pesar de las pocas ganas de estudiar que suelen demostrar, es posible percibir en ellos el entrenamiento académico que han tenido desde pequeños, cómo demandan conocimientos de manera exhaustiva y los absorben sin demasiadas dificultades. Su principal problema es la vaguería infinita que les provoca el uso de los distintos aparatos electrónicos que poseen y da mucho coraje ver tanto talento desperdiciado por el exceso de comodidades que les rodea.

El otro centro educativo con el que tengo relación es el de refugiados al que acudo como voluntaria, en uno de los barrios más deprimidos de Beirut y a cuyo patio los cristianos vecinos tiran basuras porque les molesta el ruido de los niños y porque, además, no les gusta que haya colegios para este tipo de gente. También es muy sorprendente tratar con estos peques. 

Hay estudiantes que por sus trayectorias vitales no saben qué es ir al colegio, porque la mayoría ha nacido con la guerra empezada y nunca han pisado ni guarderías ni escuelas ni nada parecido. Por lo tanto, hay cosas básicas que no saben, como hacer filas para esperar turno, enfrentarse a una hoja de papel en blanco o simplemente saber que van a estar ahí un rato y luego van a regresar con sus familias. Lloran mucho y hasta que no vuelven a ver a sus madres no se tranquilizan.

Es casi mágico ver cómo asoman sus caracteres y su naturaleza: gente menuda solidaria que comparte la meriendita con otros peques y cuidan de sus hermanxs más pequeñxs. También están los cabrones que aprovechan cualquier oportunidad para quitar la comida al prójimo o sacudir a gusto a quien mejor les parece. Incluso hay quien aprovecha cualquier debilidad del otro para hacer maldades, como a un peque de cuatro años que no habla y camina malamente (lleva unas botitas especiales que le ayudan a sostenerse, parece tener parálisis cerebral o algo similar) al que tenemos que vigilar especialmente porque le suelen empujar para ver cómo se cae, por diversión.


Están aprendiendo a leer y escribir, también inglés, francés y todas las asignaturas que se dan en la enseñanza primaria/secundaria, para que puedan estar al mismo nivel que los estudiantes libaneses cuando accedan a ella.

A pesar de las vidas tan perras que llevan, es posible percibir en ellos el ansia de saber que se les desarrolla cuando se dan cuenta de sus capacidades, demandan conocimientos de manera exhaustiva y los absorben como esponjas, sin muchas dificultades. Su principal problema es la frustración que les provoca la falta de medios (no es raro verles hacer deberes en el mismo colegio, porque en sus casas no hay luz o materiales para estudiar, incluso he llegado a verles sentaditos en la calle con sus cuadernos) y da mucho coraje ver tanto talento desperdiciado por la indecente penuria socioeconómica que les rodea.

martes, 6 de diciembre de 2016

Eid al Barbara

Pues ayer hemos celebrado Eid al Barbara, o lo que es lo mismo, Santa Bárbara, que se celebra mucho en esta parte del mundo conocida como Próximo Oriente (próximo según para quién claro...) durante la tarde-noche del día cuatro de diciembre. Es una fiesta especialmente famosa aquí en el Líbano, pero también se celebra en Turquía, Siria, Palestina, Jordania y Egipto.

La celebración del Eid al Barbara es una tradición muy antigua entre los cristianos de esta zona y se supone que recuerda las persecuciones que sufrieron los seguidores de esta fe en los primeros momentos de su expansión. Pero la verdad es que no está muy claro el origen, porque también es una festividad que ha absorbido elementos muy tardíos, propios de otras culturas, como el Jalogüín, haciendo de ella una celebración parecida a la propia sociedad libanesa, o sea, tipo amalgama.

La leyenda de Santa Bárbara más difundida en el Líbano es algo diferente a la versión europea. Además, esta libanesa toma prestadas también algunas características de la historia de otra santa, en este caso siria, Mar Takla de Maaloula, o sea, Santa Tecla: ambas huyeron y la naturaleza les ayudó en su escapada, aunque siempre terminan por ser capturadas y asesinadas de manera espeluznante...

La verdad es que Santa Bárbara carece de referencias escritas en los primeros textos cristianos y debido a las dudas que planteaba su leyenda, fue retirada del calendario litúrgico del rito romano en el año 1969. Se dice que vivió alrededor del año 300 d.C. Pero los inventarios de los mártires no la mencionan hasta el siglo VII, dándole gran repercusión en la Edad Media. Se dice que sus reliquias se conservan en una iglesia edificada en torno al año 684 d.C. en El Cairo. Bárbara vivió en la ciudad de Heliópolis (Izmet, Turquía según otras fuentes) a principios del siglo III y su martirio tiene que ver con su conversión a una religión distinta a la familiar o con la huida ante un matrimonio concertado. 

La práctica más corriente en Eid el Burbara se inspira en esta leyenda: mientras que huía de la persecución a la que estaba siendo sometida, Barbara se disfrazó en varias ocasiones para despistar a los perseguidores y corrió a través de un campo de trigo recién plantado, que creció instantáneamente para ocultarles su paso. Por eso se llevan máscaras (como si fuera Carnaval) y se come un guiso dulce de granos de trigo aromatizados con azahar y azúcar, el amah. También se ponen a germinar algunos granos de trigo (o garbanzos, cebada, alubias, lentejas, etc.) entre algodón húmedo el mismo día de la fiesta, de modo que los brotes pueden utilizarse más tarde para decorar los belenes que se ponen en las casas.




La canción هاشلى بربارة hashli barbara (Escápate Bárbara) por la cantante libanesa Sabah, fallecida no hace mucho, con mawal incluido. La canción va narrando la huída de Bárbara y como al final es reconocida por sus ojos y por las pulseras que llevaba.


Algunos de los peques del cole, con sus máscaras para la celebración.