sábado, 5 de mayo de 2018

زمزريق أثيبي Cercis siliquastrum

Desde el primer año que pasamos aquí me fijado en la floración, por estas fechas, de unos árboles de hoja caduca muy curiosos, directamente sobre sus ramas casi negras, sin un ápice de verde. Las flores son de un llamativo color entre lila y malva y forman un espectáculo precioso, sobre todo si hay varios juntos, como puede verse en esta foto que he tomado cerca de casa (véase también la ausencia de aceras en las calles, por las que hay que caminar sorteando coches aparcados, cubos de basura o farolas, postes de la luz y artísticos setos con bordillos protectores)


Desde el primer momento me llamaron mucho la atención, pero entre unas cosas y otras no me he puesto a buscar nada sobre ellos, hasta hoy mismo.

Casi me caigo al ver que son Cercis siliquastrum o algarrobos locos. También hay quien les llama ciclamores y árboles de Judá. Incluso tienen el cursilísimo nombre de árboles del amor, por la forma de corazón que tienen las hojas que echan depués de florecer, pero me parece espantoso esto.

Aquí les llaman zamzariq  زمزريق

Las flores se usan como alimento, ya que tienen un alto contenido en vitamina C (debido al ácido ascórbico, que les da un cierto sabor amargo. pero no desagradable), muy necesaria en el momento final del invierno, sin apenas frutas o verduras frescas que llevarse a la boca. Simplemente se echan en las ensaladas, aunque también se hacen encurtidos con los capullos y las algarrobas que salen luego se pueden consumir cocinadas, pero esto último no es muy frecuente.

El motivo de mi sorpresa es el recuerdo de mi abuela Concha indicando con su dedo, mientras íbamos en el coche camino de Alicante y diciéndonos entusiasmada: mirad, un Cercisilicuatrum, lo que a mi sonaba a un galimatías espantoso, señalando árboles que yo nunca atinaba a identificar. Tampoco entendía el nombre del árbol, con lo fáciles que resultaban otros como los olivos, las acacias, las encinas o los plátanos de sombra, con los que yo no tenía ningún problema en localizar.

Sin embargo, me molestaban mucho las risas que a veces soltaban otros parientes menos avezados en la Botánica que ella, cuando la veían tan emocionada mirando por las ventanillas en busca del citado árbol. Esos parientes eran tan lerdos para reconocerlos como yo misma, pero se cuidaban mucho de decirlo, claro. ¿Cómo lo sé? Pues porque cada vez que les pedía que me mostraran uno sistemáticamente me mandaban a ocuparme de cosas más interesantes o a paseo, sin más. Nunca fueron capaces de señalarlos.

Cuando mi abuela falleció, dejé de oir ese nombre y me olvidé de los algarrobos locos, hasta que me los he vuelto a encontrar en esta tierra tan hermosa como maltratada por todos.

miércoles, 18 de abril de 2018

Chacales

La primera vez que oí hablar de ellos fue a una vecina del barrio en el que vivimos.

Ella me había invitado a cenar a su casa y cuando terminamos la velada, se ofreció a llevarme en coche. Me sorprendió mucho tal propuesta, porque vivimos a unos 300 metros de distancia y hacía una noche preciosa con luna casi llena y buena temperatura. De modo que la rechacé, maldiciendo por dentro la manía libanesa de ir en coche a todas partes. No había terminado la frase cuando me respondió muy sorprendida Pero, ¿no te dan miedo los güegües?

Como ellas es medio libanesa medio mejicana, pensé que los güegües eran algún tipo de mosquito o de murciélago propios de la zona, así que le pregunté, para saber a qué terrible bicho tendría que enfrentarme...

Al principio no se acordaba del nombre castellano, pero a base de fruncir el ceño le salió de golpe

- ¡Son chacales!

- ¡Uallah! ¿Chacales en el Líbano? ¿Ésos no andan por África?

- Nooooo, ¿no les escuchaste nunca aullar por las noches? Andan por aquí, rebuscando comida entre la basura y peleando con los gatos.

Entonces comprendí algo que nos tenía intrigados desde que llegamos. Los güegües dicho a la mejicana, al uaui en árabe  عالواوي

Ciertamente no era raro escuchar por las noches unos aullidos que, para ser de perros, sonaban muy extraños, pero supusimos que lo mismo se trataba de razas muy locales o muy exóticas, dada la tendencia al exhibicionismo de la sociedad libanesa. Pero obviamente no se trata de perros. Ahora ya tenían sentido, tanto los aullidos de unos como los maullidos y bufidos de los gatos callejeros, al disputarse los cubos de basura.

Desde ese momento me propuse andar más detenidamente a ver si me encontraba con alguno.

Y sí, alguna vez les he visto, incluso de día, muy descarados, pero no lo bastante cerca como para poder hacerles fotos. No se acercan mucho a los humanos, aunque tampoco huyen despavoridos. Simplemente pasan de humanos.

Viven en un espacio que cada vez les es más hostil por culpa de la construcción masiva que destruye la zona boscosa que nos rodea, próxima a la profunda garganta del río Beirut. Por cierto, se siguen levantando casas que luego quedan vacías.

Se trata de la especie Canis aureus, una de las tres especies de chacales que aún quedan en el mundo, propia de esta región del este mediterráneo y Asia occidental, posiblemente pertenecen a la subespecie Canis aureus syriacus. Están en peligro de extinción.

¡Y por fin tengo fotos!

Una de las hijas de la citada vecina, paseando a su perrito, pudo tomarlas hace poco. Aquí están



¡Qué bonitos son!

En su momento debieron ser importantes población, porque hasta hay canciones infantiles sobre ellos, aunque en estos dibus no salen muy bien parados. Gracias a mi mufakhakha Amane por el enlace.

miércoles, 21 de marzo de 2018

De marcha por Beirut

Pero no en el sentido festivo del asunto, sino en el de salir a la calle a caminar por un motivo de peso: la conmemoración del 8 de marzo.

Aún no sé porqué se hizo tres días más tarde de la fecha correcta, pero imagino que tiene que ver con las habituales razones de seguridad que se argumentan en este país para manipular el espacio público a conveniencia de unos pocos.

La convocatoria de la marcha la realizaron varias asociaciones libanesas, entre ellas la Lebanese Women Democratic Gathering (RDFL) y KAFA (enough) Violence & Exploitation, ambas organizaciones no confesionales que encabezaban la manifestación. De hecho, nos concentramos antes de salir en un enorme solar cerca de la sede central de la RDFL.

En esa concentración previa ya se vió claramente la amalgama de participantes que luego caminamos juntas, durante casi dos horas, por el centro de Beirut: musulmanas sunnis, musulmanas shías (reconocibles ambas por sus vestimentas) cristianas que portan cruces muy visibles como complementos de joyería (gargantillas, pulseras, anillos), mujeres sin signos externos de pertenecer a religión alguna, libanesas, expatriadas, empleadas domésticas de Extremo Oriente (sobre todo filipinas, reconocibles por las pancartas que mostraban) y África (sobre todo etíopes, reconocibles por las banderas que ondeaban), mujeres jóvenes, refugiadas, mujeres mayores, solas, en grupo, con familias, niñas, hombres de todas las edades, personas LGTB y mucha gente que estaba ahí andando en la misma marcha, desde la rotonda de Adlieh hasta el parque de Haoud al Wilaya. No vi drusas con sus trajes negros y sus velos blancos, pero eso no significa que no estuvieran.

Hubo algunos momentos memorables, como al pasar por el túnel que une las avenidas de Pierre Gemayel y de Abdallah el Yafi, junto al edificio del Museo Arqueológico Nacional libanés. Según íbamos entrando en él los gritos y cantos se amplificaban por el efecto eco, lo que nos animó gritar más. Fue tremendo, todo el mundo gritando "zaura, zaura! (revolución, revolución)":

ثورة, ثورة!!!

Este fue el recorrido que hicimos por la ciudad, un buen trecho durante casi tres horas.



Sí, éramos muchas.

Creo sinceramente que aún falta avanzar en el proceso de empoderamiento femenino. Muchas mujeres aún en todo el mundo están sometidas al patriarcado machista que las asesina, viola, esclaviza, explota, roba, desprecia, minusvalora y se burla de sus demandas.

Ya sé que hay muchos hombres que personalmente no participan de esta manera de actuar. Pero eso no es óbice para seguir en la lucha. Mientras haya una sometida, no se puede parar. Y aunque a algunos y algunas no les guste, no podemos abandonarla. Cada una a nuestra manera. 

Si esta consideración me hace merecedora del calificativo feminista radical pues bienvenido sea. Porque lo soy, ea.

No hice muchas fotos, estaba ocupada manifestándome, pero ahí van algunas:


Esta viñeta hace referencia a la durísima situación de las mujeres empleadas en el servicio doméstico, sometidas al sistema de la kafala


Este es el cartel que publicó el PCL para el 8 de marzo.















jueves, 8 de marzo de 2018

8 de marzo, huelga de mujeres

Hoy 8 de marzo escribo en este mi blog porque quiero contar una serie de cosas y es el día perfecto para hacerlo.

Es algo complicado parar aquí, porque mi situación me impide trabajar, así que no puedo hacer huelga laboral. Pero sí puedo hacer huelga de consumo y cuidados, hasta donde la gata me permite. Y eso estoy haciendo.

En el colegio donde soy voluntaria habíamos pensado celebrar un acto hoy, con las mujeres refugiadas cuyos hijos cuido mientras ellas están en clase. Pero finalmente lo vamos a hacer mañana, que es aquí el día de las Maestras y no hay clase. Bueno, en realidad es el día de los Maestros, pero como la mayor parte de esa actividad la llevan a cabo mujeres, pues... Así que nos dejan el patio del cole para poder hacer nuestro acto. Hablarán de sus problemas, de lo que les preocupa y de lo que esperan del futuro.

Hace unos días intenté contarles porqué se celebra el 8 de marzo y sus orígenes. Pero no me hicieron mucho caso. Sólo las kurdas conocían la conmemoración de las mujeres trabajadoras y lo celebraban en el mismo sentido que nosotras.

A las mujeres con las que estoy les precupa mucho más la guerra y sus consecuencias que la igualdad salarial o los techos de cristal. Les preocupa más que sus maridos se divorcien de ellas porque no tienen hijos varones y no tanto si colaboran mucho o poco en las tareas domésticas. Les preocupan sus familias en Siria o Iraq y si podrán reencontrarse con ellas en sus paraísos soñados de Canadá o Australia. Como la guerra es la principal arma de opresión machista y patriarcal, estaré con ellas, a lo que quieran hacer y decir.

Por otra parte, me está viniendo muy bien la convocatoria de esta huelga y la anterior celebración del día de la mujer en la ciencia porque me ha ayudado a verbalizar toda una serie de vivencias que he sufrido desde que intenté desarrollar una carrera profesional, allá por 1986.

Ya entonces teníamos delante una ardua tarea, que era encontrar un puesto de trabajo con una formación en Humanidades. Éramos muchas más las estudiantes mujeres que hombres, pero ellos ocupaban las cátedras y los puestos destacados. Ellos decidían quien podía formar parte de su élite y quién no.

El que Mª Ángeles Querol llegara a ser Subdirectora General de Arqueología del Ministerio de Cultura de 1985 a 1988 fué un hito que celebramos enormemente sus alumnas. Ya entonces avisaba ella de la brecha monstruosa que había en la ciencia del área de Humanidades. El argumento era bien sencillo: las mujeres ocupaban muchos puestos en esta ámbito porque estaba muy mal remunerado, ningún hombre quería trabajar por lo miserable de los salarios. Pero a las cúspides sólo llegaban los hombres, a pesar de ser minoría. Sus publicaciones guiaban y relumbraban, pero el trabajo diario y callado lo hacían mujeres, invisibles en todas partes.

Lo mismo pasaba a la hora de abordar el mundo laboral privado: las preguntas sobre tu proyecto de vida (matrimonio, hijos, etc.) eran las primeras. Incluso en un trabajo para el que me dijeron yo era la mejor cualificada, no me contrataron por mi aspecto, no les gustó nada. En otras ocasiones pedían juventud y mucha experiencia, en un oxímoron de imposible cumplimiento. Idiomas, títulos y toda la parafernalia, claro.

Hasta para concursar a empleo público había problemas: yo no podía preparar oposiciones pasando horas estudiando sin trabajar. Mi madre era pensionista por viudedad y había que colaborar en casa. De modo que no pude abordar adecuadamente hacer una tesis doctoral, ni estudiar una oposición ni nada parecido. Al principio pensaba que era por incompetencia mía, pero luego he visto claramente que ése no era el problema, sino que yo carecía de los apoyos que otras mujeres sí tenían: servicio doméstico, abuelas colaboradoras, ingresos familiares suficientes, etc. que las permitían abordar exitosamente esas tareas, al estar libres tanto en tiempo como de preocupación por el final de mes.

En los curros que me salían, la norma era la precariedad y la diferencia salarial. También la gente de mi entorno lo sufría. En ese sentido puedo decir que en mi vida he firmado un contrato indefinido. Incluso mi empleo actual es fruto de una sentencia judicial que ha tenido que reconocer que el trabajo que durante años he llevado a cabo, merecía tal tipo de vínculo laboral con la Administración.

Una vez que me empleé como autónoma dando clases para una academia, me dejaron de renovar mes a mes en cuanto se me empezó a notar la barriga de embarazada. Puedo decir que el precio de la hora de clase era inferior al de cualquier empleada doméstica. Hablo del año 2000, eh?

Así que sigue habiendo muchas razones para seguir peleando.

No me olvido de ellas, las invisibles en el Líbano



Convocatoria de la manifestación para el domingo a las 12 del PC libanés
Causas diferentes, misma ira.
Different Causes, Shared Anger

قضايانا متعددة وغضبنا واحد

martes, 6 de febrero de 2018

Tasnim quiere ser psiquiatra

Tasnim tiene catorce años, es bastante alta para su edad y muy flaquita también. Tiene el pelo largo y moreno, pero sólo lo he visto en las fotos que me enseña a veces, porque desde que la conocí, siempre ha llevado su hiyab puesto. Lo usa porque de esa manera se siente mayor y respetada, según me ha explicado ella misma.

Suele ir al Club de Juventud que el colegio organiza todas las semanas del año, en el que la gente de su edad encuentra un espacio para hablar de sus cosas, expresar sus preocupaciones, desarrollar sus habilidades artísticas, recibir educación sexual y prevención de ETS, además de evitar que anden mareando por las calles.

Toda su familia está aquí en Beirut y, a pesar de las penurias, siempre se muestran muy dignos y amables. A veces he llevado a su madre hasta un hospital cercano, donde le controlan la diabetes que sufre y siempre me ha hecho un regalo a cambio, como un bote de makdus preparado por ella misma o dulces kaak al estilo de su barrio de Damasco.

El curso pasado estuvo un tiempo ayudando en la guardería, porque a pesar de su edad aún no estaba escolarizada y su madre prefería que hiciera algo útil. Así que venía a nuestro aula, se sentaba en una de las mesitas y se ponía a leer algún libro de la minibiblioteca que tenemos o participaba en las actividades que solemos hacer con los peques.

Era muy buena jugando con ellos, se le ocurrían un montón de actividades que les fascinaban, normalmente dibujaba con las tizas en la pizarra, que los peques llenaban de colores y muchos terminaban borrando con las manos... con las risas correspondientes al ver nuestras caras de espanto fingido cuando nos enseñaban sus palmas azules o rojizas. Si alguien hacía una trastada o había mucho alboroto en la clase, no tenía reparos en gritar haciendo un efecto muy chocante con la voz, como vibrando, lo cual tenía un efecto muy calmante sobre las fierecillas...

Durante esas estancias siempre me decía que ella quería estudiar medicina, ése era su sueño.

Tras unos tres meses ayudando, dejó de venir y no he vuelto a verla hasta este viernes pasado. Me contó que ha empezado a estudiar el Grado 8, porque al no estar escolarizada durante más de dos años, han tenido que bajarla de nivel, aunque no sea el que le corresponde por su edad. También me enseñó sus notas. Espectaculares, sencillamente.

Ahora que se oyen muchas atrocidades sobre los planes occidentales para esta zona, pienso en Tasnim y su anhelo de estudiar medicina. No es que yo sea mucho de esos rollos persigue tu sueño y ese tipo majaderías, no, pero me hiere profundamente ver a alguien como ella, estudiando como una fiera para alcanzar ese objetivo, en un lugar en el que, ni por ser ella quien es (una refugiada siria pobre), ni por posibilidades económicas (un curso de medicina en cualquier universidad libanesa no baja de los 25.000$) va a disponer de oportunidades suficientes para lograrlo. Lo peor de todo es que ella lo sabe.

Y me siento mal. Aún así, cada vez que la veo le animo a que siga, porque todo el conocimiento que está adquiriendo no se lo va a quitar nadie nunca. Y quien sabe, con toda esa fuerza de voluntad que tiene y lo brillante que es, tal vez lo consiga.

Puerta principal de la AUB.

Hotel-Dieu, la facultad de medicina de la Université St. Joseph,
dos lugares en los que seguramente nunca podrá estudiar Tasnim.


jueves, 30 de noviembre de 2017

Dima, la artista siria

Dima es una niña siria, no sabemos de qué lugar exactamente.

Tiene cinco años y el pelo castaño, corto y teñido de alheña rojiza alrededor de la coletilla que le peina su madre justo en una de las sienes, lo que le da un aspecto algo chusco. Siempre viene vestida con pantalones y botazas y sus ademanes no imitan la gestoforma típica de otras niñas, que repiten patrones de lo que se ha venido conociendo como femineidad.

No, ella no hace ni caso a los bebés que tenemos en la guardería, lo cual es estupendo, porque no les alborota, ni les sube en brazos ni les molesta con mimos exagerados (actitudes habituales en la mayoría de las niñas, que tienden a comportarse como madrecitas, incordiando muchísimo porque no les dejan en paz). Tampoco se preocupa si la ropa se le descoloca ni se atusa el pelo con las manos cada cinco minutos. Sus objetivos son otros. Por ejemplo, nos hace muchas preguntas muy pintorescas, como ¿cuantos coches hay en Beirut? o ¿por qué hay lápices de distintos colores?

Dima, en cuanto llega hace una declaración de intenciones que no deja lugar a dudas, con su voz también grave, aunque no tanto como la de Amira:

biddi lauen!
(quiero colorear)

Asi que le damos una hoja de papel blanco con siluetas en negro para rellenar con colores y se le ilumina la cara. Como no disponemos de cajas de lápices para todos, lo que hacemos es darles unos poquitos lápices a cada uno (dos o tres) y con eso se conforman normalmente.  Pero Dima sigue pidiendo, tozuda, sin que ninguna otra palabra salga de su boca:

biddi ahmar!
(quiero [el lápiz] rojo)

En el caso de tener algún lápiz rojo disponible, ya que está muy solicitado, si se lo damos, tampoco termina ahí sus demandas:

biddi arb3a!
(quiero cuatro [lápices])

Si lo consigue, se enfrasca en su hoja y es capaz de colorear durante una hora entera, pase lo que pase a su alrededor.

Si nos quedamos trabadas en alguno de los puntos anteriores, porque no hay un aula disponible para nosotros y tenemos que jugar en el patio, o porque se nos han terminado las hojas y toca jugar con los bloques de madera, o porque los lápices rojos ya los tienen otros peques o no hay para todos, entonces Dima se enfada muchísimo y se va a un rincón para demostrarnos su cabreo. No sufre; se enfurece, que es muy distinto. Al rato se le pasa y se pone a hacer lo que toque, pero su momento os vais a enterar de mi enfado no lo perdona.

El lunes pasado nos sorprendió, porque según estaba coloreando su hoja llena de flores, mariposas y otros bichos, levantó la mirada y nos dijo que ella no quería nada a su padre, pero a su madre sí.

Con semejante declaración, se nos encendieron todas las alarmas, claro, asi que comenzamos con el protocolo correspondiente de preguntas para averiguar si hay que pasarles con la trabajadora social.

Con total tranquilidad, sin dejar de colorear su hoja, nos explicó que no quiere nada a su padre porque pasa de ella, siempre le dice que está cansado y no le hace caso, ni le importan las cosas que ella le cuenta. Así que ha decidido no quererle y pasar de él como él hace con ella.

En cambio a su mamá sí la quiere mucho, porque siempre la escucha, le pregunta cómo le ha ido en la escuela y se interesa por sus cosas. A veces su mamá no sabe responderle, pero a Dima eso no le preocupa, porque no la manda callar como hace su padre, sino que le dice que pregunte cuando llegue a la escuela

Así es Dima, la niña que no sabe su lugar de origen porque ha nacido en un periodo de guerra.




martes, 14 de noviembre de 2017

Shehat, la peque silenciosa

Shehat es una niña muy flaquita también, debe tener unos seis años, el pelo muy rizado y largo, de color castaño oscuro, pero muy poco abundante, que su madre suele peinar en forma de trenza. Siempre se le escapan unos pelillos cortos alrededor de la cara, como un nimbo de pelusillas. Su aspecto general es bastante enfermizo, debido a unas ojeras muy oscuras y marcadas sobre su piel apagada y tirando a amarillenta, entorno a unos ojos que cuando la conocí eran serios y tristes, un poco saltones y caidos del ángulo exterior. Es una niña que tiene cara de viejecita, si se puede expresar así.

Fue también de las primeras niñas que conocí en el colegio. El primer día que llegó su madre nos explicó que había dejado de hablar al salir de su pueblo de Siria y que nos teniamos que comunicar con ella mediante gestos. Casi me da un pirriqui, porque si ya es difícil comunicarse con ellos verbalmente, por gestos me parecía un mundo. Shehat, al llegar a la clase, se sentaba en una de las mesitas, muy seria siempre, sin alborotar, aferrando su mochila verde entregada a los refugiados sirios por la Campaña Nacional del Reino de Arabia Saudia para apoyar a los hermanos en Siria, según pone el escudo bordado que adorna el bolsillo frontal, exactamente igual a las que tienen estos críos (que no son de nuestro colegio).

 


 


Shehat a veces muy tímidamente señalaba el montón de papel reciclado que tenemos para que coloreen y al darle una hoja, despacito, despacito abría su mochila,  sacaba del estuche dos o tres lápices de colores muy recomidos y pintaba sin levantar la cabeza durante las dos horas que estaba a nuestro cuidado. Nunca aceptaba las meriendas que solemos darles, porque en su mochila también traía algunas galletitas y agua, que tomaba cuidadosamente, sin dejar ni una miga y sin hacer ruido. Si quería hacer pis, se levantaba y señalaba la puerta, con las piernas cruzadas y con el típico movimiento de quien ya no puede más.

Durante un tiempo su madre y ella dejaron de venir, sin avisar ni nada. Esto suele pasar y significa que o bien que la familia ha conseguido salir del Líbano, o bien que el padre no deja a la madre venir a las clases. Pero desde hace un mes han vuelto las dos y se ha producido uno de esos hechos que hacen ver la situación con otra luz: Shehat ha comenzado a hablar.

A la otra seño y a mi nos dejó patidifusas, porque entró al aula con su mismo aire triste de siempre, se sentó en su mesita con sus mismos ojos saltones y caídos de siempre y su carita de viejuca de siempre. Pero en vez de señalar, nos pidió hablando muy bajito, eso sí, lapices y papel para pintar.

Ya no trae la mochila verde y durante estas semanas su tono de voz ha ido subiendo, hasta hablar alto y claro. Incluso la hemos visto reir y hasta se ha animado a cantar en alguna ocasión. La vemos que mira con aire de duda a los otros peques que se tiran por los toboganes de plástico que tenemos.

  
Estoy segura que en pocos días la vemos peleando en la fila por subirse ella también.

sábado, 28 de octubre de 2017

Ahmad y Mohammed

Ahmad y Mohammed son dos niños de seis y siete años. Llevan unos cortes de pelo muy divertidos, que les hacen sus propias madres y hermanas que están estudiando peluquería. Acaban de empezar el Grado 1 en una escuela del barrio de Bourj Hammud, cercana a su casa, y están más felices que perdices por este motivo, ellos y sus familias también, claro.

Fueron de los primeros peques refugiados que conocí y acudían a la guardería que ayudo a cuidar mientras sus madres están en clase de inglés y de ofimática. Entonces no tenían aún los 5 años, pero venían como clavos, todos los días, a aprender lo que fuese. Sus caritas se iluminban al entrar en la clase y casi entraban en éxtasis cuando repartíamos los cuadernos y lápices para pintar.

Cuando a la otra persona que estaba conmigo se le ocurrió que podíamos enseñarles el abecedario inglés con un juego de letras (pintadas grandes y recortadas) sobre el suelo, que consistía en ponerlas en fila e ir saltando de una en una, como en el juego de la rayuela mientras se cantaba la conocidísima cancioncilla:

A - B - C - D - E - F - G -H - I - J - K - L - M - N - O - P - Q - R - S - T - U- V - W - X - Y and Z
Now I know my ABC's
Next time won't you sing with me.

ambos se sumaron con mucha vehemencia y entrega, a pesar de que en la clase teníamos otros elementos más interesados en chincharse mutuamente que en aprender ningún abecedario. Tanta voluntad y entusiasmo tenían que fueron los únicos que lo consiguieron. Eso les llenaba de orgullo y cada dos por tres les teníamos coreando a grito pelao el abecedario, Ahmed de carrerilla; Mohammed necesitaba saltar para poder acordarse bien.

Otros rasgos de su personalidad y de su comportamiento nos hablaban de una educación muy cuidada: nunca peleaban por la comida (a pesar de tener la misma hambre que los demás) sino que esperaban su turno haciendo fila sin rechistar. Si faltaba para alguno, no tenían reparos en compartir su ración, de hecho, eran los primeros en ofrecer una parte en cuando se daban cuenta de que alguien del grupo estaba con las manos vacías. A veces el reparto de la merienda se convierte en un gran follón, con todos arremolinados alrededor de la cesta de los manushis, manzanas o lo que toque y meten la mano varias veces, sin pizca de vergüenza; pero como la comida suele estar racionada, a veces nos encontramos que hay quienes se han quedado a dos velas, normalmente los que hacen la cola correctamente. Entonces toca revisar y hacer devolver a quienes se han guardado la comida en los bolsillos (de esto tengo que escribir otro día...) las piezas indebidas.

Tampoco se metían en las peleas habítuales ni nunca las iniciaban.

El primer día que la madre de Ahmed me invitó a su casa me sentí muy honrada. Ahí fue donde compartimos una manzana y un vaso de té para merendar y estuvo también la madre de Mohammed, casi una cría (no debe tener más de 25 años y ya tiene tres churumbeles). Después he ido muchas otras veces. En la última he conocido a un familiar que vive con ellos. Es un hombre de unos 30 años, que habla inglés bastante bien porque lo ha aprendido de manera autodidacta por internet y oyendo la radio. Me dijo que era pintor en Damasco, pero que su barrio está destruido y que ya no recibía encargos.

Tonta de mí, supuse que era un pintor de brocha gorda, pero no. Es un pintor que hace trampantojos en las casas: me enseñó algunas fotos de sus obras en impresionantes pisos damascenos. Cuando cerró la carpeta, nos preguntó si queríamos escuchar música. Yo imaginé que iba a poner la radio, pero no.

Sacó cuidadosamente de su bolsa un laud (ud) de factura preciosa, de taracea de nácar y distintos tipos de madera, una maravilla, vamos. Y empezó a tocar y cantar. Se sumó toda la familia: Ahmed y sus hermanos, su madre, Mohammed y los suyos, su madre y otra vecina que se acercó en cuanto el ud empezó a sonar. Se me puso la piel de gallina, porque todo el mundo cantaba muy bien, con el estilo de quien lo hace a menudo. Educación, arte, modales elegantes en una dignidad que las terribles condiciones de vida que sufren no ha logrado borrar ni una pizca.

Durante un rato me quedé, pero tuve que marcharme, porque vivimos lejos y las carreteras no tienen luz. De noche me es muy incómodo conducir por mi fotofobia y prefiero evitarlo: todo el mundo lleva las luces largas encendidas y voy constantemente deslumbrada.

Así que ahí les dejé, en su cuartito con colchones que extienden para dormir por todo mobiliario. De verdad que me siento muy agradecida cuando pasan estas cosas.


Contrastes de Beirut



lunes, 23 de octubre de 2017

Tráfico libanés, 02

Conducir es la aventura, por antonomasia, que se vive en el Líbano.

La mayoría de los conductores no sólo no respetan las normas básicas, como parar en un stop, señalizar una maniobra o llevar el vehículo por los carriles marcados sino que son la mar de creativos a la hora de perpetrar infracciones insospechadas, como circular en sentido contrario en una autopista (muy frecuente) o hacer la rotonda para cambiar de sentido sin entrar a la misma, según el esquema siguiente (en azul, el sistema tradicional; en rojo, el sistema libanés):


Lo peor no son las motos cargadas de gente (tres adultos o dos adultos más tres niños y un bebé) que te adelantan por la derecha y zizaguean entre los coches o directamente vienen en sentido contrario. Tampoco lo son los coches cuyos conductores hablán por el movil, ponen mensajes o se paran en medio de la calle para hablar con uno que pasa... 


No, lo peor son los grandes camiones que hacen exactamente lo mismo que los vehículos anteriormente citados. Todo el transporte se realiza mediante tráfico rodado, al no haber ferrocarriles y se lleva en camiones desde los grandes cargamentos que llegan en barcos, hasta el agua a cada edificio o las vacas vivas que llegan de Brasil. 

Esos camiones circulan por carreteras y por las ciudades, da lo mismo la pendiente que tenga la carretera y muchas veces se quedan parados en curvas imposibles o en tramos muy estrechos.

No es raro verlos por la autopista a Damasco subiendo por el carril izquierdo, para evitar las miles de furgonetas que recogen gente y que paran exactamente donde les da la gana, sin avisar y normalmente sin retirarse al arcén (porque no lo hay). Obligan a pegar frenazos para no empotrarte contra ellas y si se lleva un vehículo de gran tonelaje, a veces las laminan sin dificultad.

Para probar que no me invento nada, aquí un video tomado en la localidad de Hazmieh hace unos meses:


viernes, 20 de octubre de 2017

Beqaa norte

El valle de la Beqaa (léase bicáa), con una longitud de norte a sur de unos 120 km y una anchura de este a oeste de unos 16 km, supone el 42% de la superficie del Líbano. Se divide en tres áreas principales, que son la Beqaa del norte, compuesta por las regiones de Baalbek y Hermel; la Beqaa Central (cuya capital es la ciudad de Zahle) se considera el centro económico del valle. También alberga el paso fronterizo oficial con Siria más importante, Masnaa, en la autopista que une Beirut y Damasco. Finalmente la Beqaa del oeste y la región Rachaya se encuentran en el extremo sur del valle, limitando ya con Palestina.

La Beqaa tiene una población de 540.000 habitantes, aproximadamente. La Beqaa del norte está poblada por una gran cantidad de clanes familiares, principalmente shía, aunque también es el hogar de algunas bolsas de creyentes sunni. La población de la Beqaa Central está compuesta por una mayoría de sunni y cristiana, mientras que la Beqaa del oeste y Rachaya tienen una población creyente más mezclada que la resto.

Hay un campamento palestino a las afueras de Baalbek. Sin embargo, la mayoría de los 8.500 palestinos refugiados de Siria viven fuera de él. La Beqaa también ha recibido a más de 10.000 retornados libaneses, que consideran que la alimentación y los servicios de salud son sus necesidades prioritarias.

La Beqaa tiene registrados a casi 400.000 refugiados sirios, muchos de los cuales viven en más de 730 asentamientos informales esparcidos por el valle. Sin embargo, hay tres puntos principales de concentración, que son las ciudades de Aarsal y Baalbek, más la Beqaa central. La interrupción del comercio con y a través de Siria ha golpeado especialmente a este valle, dejando muchas rutas comerciales muy afectadas o directamente cerradas. Hay indicios de que las relaciones, en su momento buenas, entre las comunidades de acogida y los refugiados (basadas sobre todo en lazos de parentesco) han comenzado a deteriorarse, especialmente después de los combates en torno a Aarsal, en agosto de 2014. Esta circunstancia se ha visto exacerbada por la sustitución de trabajadores libaneses por trabajadores refugiados sirios, más baratos porque les pagan un salario miserable, así como por la demanda sobre los servicios sociales básicos, ya de por si casi inexistentes.

En esta zona, la presencia estatal libanesa es nula: no hay escuelas, ni hospitales ni siquiera policia, vaya. Sólo está el ejército para contener al DAESH, que intenta colarse por la región de Arsal, ya que la Beqaa es la parte libanesa que está sufriendo los impactos de la guerra de Siria. Durante la primavera y el verano de 2014 hubo bombardeos regulares en la zona. Las ciudades de Hermel, Tfail y Aarsal (y sus alrededores) han seguido recibiendo impactos de cohetes y morteros disparados desde Siria, lo que ha provocado varias muertes y heridas de diversa gravedad, así como una sensación de inseguridad general. A principios de agosto las luchas en Aarsal y sus alrededores han provocado el desplazamiento de residentes y refugiados dentro de la misma ciudad de Aarsal y hacia otras partes de la Beqaa, incluso a la vertiente oeste de la cordillera del Líbano, en la franja costera. Estas luchas han causado graves daños a los campamentos, las viviendas, las tiendas, los almacenes y otras instalaciones, así como muertes de civiles. Las ONGs no pueden acceder al área y las necesidades causadas por los combates aún no se han evaluado.



Una de las tareas del ejército libanés es intentar contener a las mafias locales de varios tipos de tráfico, como el narco, el de personas, el de armas, el de coches de lujo y otros más. La actividad del ejército está sometida a decisiones políticas, que a veces no coinciden en sus objetivos. Asi que unos por otros, la casa sin barrer...

Ambos colectivos de refugiados (sirios natales y palestinos) están abandonados a su suerte. Debido a la ausencia de regulación de la vida civil y de servicios públicos, muchos han aprovechado para montar negocios, algunos limpios y otros terriblemente sucios, como prostitución infantil, de la que se convierten ellos mismos en clientes y a la que proporcionan niños. Es barato, muy barato conseguir peques para este menester. También han aprovechado para dedicarse al alcohol y diversiones varias, que en Siria tenían prohibidas. Digamos que, en general, les sobran las mezquitas y las iglesias.

El gobierno libanés, excepto el Partido de Dios y otros de ámbito shía, no reconoce al régimen sirio, por la invasión desde el año 1976. De modo que el gobierno sirio tampoco acepta el retorno de los refugiados hasta que el Líbano le reconozca. Y como Siria tampoco quiere que regresen, porque les considera enemigos traidores, su situación cada vez es más lamentable, en un pozo negro sin salida posible.

Un campamento cualquiera de la zona

FUENTES: Lebanese Population - Central Administration of Statistics (CAS) year 2002 dataset, Syrian Refugee Population - UNHCR, Humanitarian Intervention Data - Activity Info, Palestinian Refugee Population- UNRWA.