martes, 14 de noviembre de 2017

Sherhat, la peque silenciosa

Sherhat es una niña muy flaquita también, debe tener unos seis años, el pelo muy rizado y largo, de color castaño oscuro, pero muy poco abundante, que su madre suele peinar en forma de trenza. Siempre se le escapan unos pelillos cortos alrededor de la cara, como un nimbo de pelusillas. Su aspecto general es bastante enfermizo, debido a unas ojeras muy oscuras y marcadas sobre su piel apagada y tirando a amarillenta, entorno a unos ojos que cuando la conocí eran serios y tristes, un poco saltones y caidos del ángulo exterior. Es una niña que tiene cara de viejecita, si se puede expresar así.

Fue también de las primeras niñas que conocí en el colegio. El primer día que llegó su madre nos explicó que había dejado de hablar al salir de su pueblo de Siria y que nos teniamos que comunicar con ella mediante gestos. Casi me da un pirriqui, porque si ya es difícil comunicarse con ellos verbalmente, por gestos me parecía un mundo. Sherhat, al llegar a la clase, se sentaba en una de las mesitas, muy seria siempre, sin alborotar, aferrando su mochila verde entregada a los refugiados sirios por la Campaña Nacional del Reino de Arabia Saudia para apoyar a los hermanos en Siria, según pone el escudo bordado que adorna el bolsillo frontal, exactamente igual a las que tienen estos críos (que no son de nuestro colegio).

 


 


Sherhat a veces muy tímidamente señalaba el montón de papel reciclado que tenemos para que coloreen y al darle una hoja, despacito, despacito abría su mochila,  sacaba del estuche dos o tres lápices de colores muy recomidos y pintaba sin levantar la cabeza durante las dos horas que estaba a nuestro cuidado. Nunca aceptaba las meriendas que solemos darles, porque en su mochila también traía algunas galletitas y agua, que tomaba cuidadosamente, sin dejar ni una miga y sin hacer ruido. Si quería hacer pis, se levantaba y señalaba la puerta, con las piernas cruzadas y con el típico movimiento de quien ya no puede más.

Durante un tiempo su madre y ella dejaron de venir, sin avisar ni nada. Esto suele pasar y significa que o bien que la familia ha conseguido salir del Líbano, o bien que el padre no deja a la madre venir a las clases. Pero desde hace un mes han vuelto las dos y se ha producido uno de esos hechos que hacen ver la situación con otra luz: Sherhat ha comenzado a hablar.

A la otra seño y a mi nos dejó patidifusas, porque entró al aula con su mismo aire triste de siempre, se sentó en su mesita con sus mismos ojos saltones y caídos de siempre y su carita de viejuca de siempre. Pero en vez de señalar, nos pidió hablando muy bajito, eso sí, lapices y papel para pintar.

Ya no trae la mochila verde y durante estas semanas su tono de voz ha ido subiendo, hasta hablar alto y claro. Incluso la hemos visto reir y hasta se ha animado a cantar en alguna ocasión. La vemos que mira con aire de duda a los otros peques que se tiran por los toboganes de plástico que tenemos.

  
Estoy segura que en pocos días la vemos peleando en la fila por subirse ella también.

sábado, 28 de octubre de 2017

Ahmad y Mohammed

Ahmad y Mohammed son dos niños de seis y siete años. Llevan unos cortes de pelo muy divertidos, que les hacen sus propias madres y hermanas que están estudiando peluquería. Acaban de empezar el Grado 1 en una escuela del barrio de Bourj Hammud, cercana a su casa, y están más felices que perdices por este motivo, ellos y sus familias también, claro.

Fueron de los primeros peques refugiados que conocí y acudían a la guardería que ayudo a cuidar mientras sus madres están en clase de inglés y de ofimática. Entonces no tenían aún los 5 años, pero venían como clavos, todos los días, a aprender lo que fuese. Sus caritas se iluminban al entrar en la clase y casi entraban en éxtasis cuando repartíamos los cuadernos y lápices para pintar.

Cuando a la otra persona que estaba conmigo se le ocurrió que podíamos enseñarles el abecedario inglés con un juego de letras (pintadas grandes y recortadas) sobre el suelo, que consistía en ponerlas en fila e ir saltando de una en una, como en el juego de la rayuela mientras se cantaba la conocidísima cancioncilla:

A - B - C - D - E - F - G -H - I - J - K - L - M - N - O - P - Q - R - S - T - U- V - W - X - Y and Z
Now I know my ABC's
Next time won't you sing with me.

ambos se sumaron con mucha vehemencia y entrega, a pesar de que en la clase teníamos otros elementos más interesados en chincharse mutuamente que en aprender ningún abecedario. Tanta voluntad y entusiasmo tenían que fueron los únicos que lo consiguieron. Eso les llenaba de orgullo y cada dos por tres les teníamos coreando a grito pelao el abecedario, Ahmed de carrerilla; Mohammed necesitaba saltar para poder acordarse bien.

Otros rasgos de su personalidad y de su comportamiento nos hablaban de una educación muy cuidada: nunca peleaban por la comida (a pesar de tener la misma hambre que los demás) sino que esperaban su turno haciendo fila sin rechistar. Si faltaba para alguno, no tenían reparos en compartir su ración, de hecho, eran los primeros en ofrecer una parte en cuando se daban cuenta de que alguien del grupo estaba con las manos vacías. A veces el reparto de la merienda se convierte en un gran follón, con todos arremolinados alrededor de la cesta de los manushis, manzanas o lo que toque y meten la mano varias veces, sin pizca de vergüenza; pero como la comida suele estar racionada, a veces nos encontramos que hay quienes se han quedado a dos velas, normalmente los que hacen la cola correctamente. Entonces toca revisar y hacer devolver a quienes se han guardado la comida en los bolsillos (de esto tengo que escribir otro día...) las piezas indebidas.

Tampoco se metían en las peleas habítuales ni nunca las iniciaban.

El primer día que la madre de Ahmed me invitó a su casa me sentí muy honrada. Ahí fue donde compartimos una manzana y un vaso de té para merendar y estuvo también la madre de Mohammed, casi una cría (no debe tener más de 25 años y ya tiene tres churumbeles). Después he ido muchas otras veces. En la última he conocido a un familiar que vive con ellos. Es un hombre de unos 30 años, que habla inglés bastante bien porque lo ha aprendido de manera autodidacta por internet y oyendo la radio. Me dijo que era pintor en Damasco, pero que su barrio está destruido y que ya no recibía encargos.

Tonta de mí, supuse que era un pintor de brocha gorda, pero no. Es un pintor que hace trampantojos en las casas: me enseñó algunas fotos de sus obras en impresionantes pisos damascenos. Cuando cerró la carpeta, nos preguntó si queríamos escuchar música. Yo imaginé que iba a poner la radio, pero no.

Sacó cuidadosamente de su bolsa un laud (ud) de factura preciosa, de taracea de nácar y distintos tipos de madera, una maravilla, vamos. Y empezó a tocar y cantar. Se sumó toda la familia: Ahmed y sus hermanos, su madre, Mohammed y los suyos, su madre y otra vecina que se acercó en cuanto el ud empezó a sonar. Se me puso la piel de gallina, porque todo el mundo cantaba muy bien, con el estilo de quien lo hace a menudo. Educación, arte, modales elegantes en una dignidad que las terribles condiciones de vida que sufren no ha logrado borrar ni una pizca.

Durante un rato me quedé, pero tuve que marcharme, porque vivimos lejos y las carreteras no tienen luz. De noche me es muy incómodo conducir por mi fotofobia y prefiero evitarlo: todo el mundo lleva las luces largas encendidas y voy constantemente deslumbrada.

Así que ahí les dejé, en su cuartito con colchones que extienden para dormir por todo mobiliario. De verdad que me siento muy agradecida cuando pasan estas cosas.


Contrastes de Beirut



lunes, 23 de octubre de 2017

Tráfico libanés, 02

Conducir es la aventura, por antonomasia, que se vive en el Líbano.

La mayoría de los conductores no sólo no respetan las normas básicas, como parar en un stop, señalizar una maniobra o llevar el vehículo por los carriles marcados sino que son la mar de creativos a la hora de perpetrar infracciones insospechadas, como circular en sentido contrario en una autopista (muy frecuente) o hacer la rotonda para cambiar de sentido sin entrar a la misma, según el esquema siguiente (en azul, el sistema tradicional; en rojo, el sistema libanés):


Lo peor no son las motos cargadas de gente (tres adultos o dos adultos más tres niños y un bebé) que te adelantan por la derecha y zizaguean entre los coches o directamente vienen en sentido contrario. Tampoco lo son los coches cuyos conductores hablán por el movil, ponen mensajes o se paran en medio de la calle para hablar con uno que pasa... 


No, lo peor son los grandes camiones que hacen exactamente lo mismo que los vehículos anteriormente citados. Todo el transporte se realiza mediante tráfico rodado, al no haber ferrocarriles y se lleva en camiones desde los grandes cargamentos que llegan en barcos, hasta el agua a cada edificio o las vacas vivas que llegan de Brasil. 

Esos camiones circulan por carreteras y por las ciudades, da lo mismo la pendiente que tenga la carretera y muchas veces se quedan parados en curvas imposibles o en tramos muy estrechos.

No es raro verlos por la autopista a Damasco subiendo por el carril izquierdo, para evitar las miles de furgonetas que recogen gente y que paran exactamente donde les da la gana, sin avisar y normalmente sin retirarse al arcén (porque no lo hay). Obligan a pegar frenazos para no empotrarte contra ellas y si se lleva un vehículo de gran tonelaje, a veces las laminan sin dificultad.

Para probar que no me invento nada, aquí un video tomado en la localidad de Hazmieh hace unos meses:


viernes, 20 de octubre de 2017

Beqaa norte

El valle de la Beqaa (léase bicáa), con una longitud de norte a sur de unos 120 km y una anchura de este a oeste de unos 16 km, supone el 42% de la superficie del Líbano. Se divide en tres áreas principales, que son la Beqaa del norte, compuesta por las regiones de Baalbek y Hermel; la Beqaa Central (cuya capital es la ciudad de Zahle) se considera el centro económico del valle. También alberga el paso fronterizo oficial con Siria más importante, Masnaa, en la autopista que une Beirut y Damasco. Finalmente la Beqaa del oeste y la región Rachaya se encuentran en el extremo sur del valle, limitando ya con Palestina.

La Beqaa tiene una población de 540.000 habitantes, aproximadamente. La Beqaa del norte está poblada por una gran cantidad de clanes familiares, principalmente shía, aunque también es el hogar de algunas bolsas de creyentes sunni. La población de la Beqaa Central está compuesta por una mayoría de sunni y cristiana, mientras que la Beqaa del oeste y Rachaya tienen una población creyente más mezclada que la resto.

Hay un campamento palestino a las afueras de Baalbek. Sin embargo, la mayoría de los 8.500 palestinos refugiados de Siria viven fuera de él. La Beqaa también ha recibido a más de 10.000 retornados libaneses, que consideran que la alimentación y los servicios de salud son sus necesidades prioritarias.

La Beqaa tiene registrados a casi 400.000 refugiados sirios, muchos de los cuales viven en más de 730 asentamientos informales esparcidos por el valle. Sin embargo, hay tres puntos principales de concentración, que son las ciudades de Aarsal y Baalbek, más la Beqaa central. La interrupción del comercio con y a través de Siria ha golpeado especialmente a este valle, dejando muchas rutas comerciales muy afectadas o directamente cerradas. Hay indicios de que las relaciones, en su momento buenas, entre las comunidades de acogida y los refugiados (basadas sobre todo en lazos de parentesco) han comenzado a deteriorarse, especialmente después de los combates en torno a Aarsal, en agosto de 2014. Esta circunstancia se ha visto exacerbada por la sustitución de trabajadores libaneses por trabajadores refugiados sirios, más baratos porque les pagan un salario miserable, así como por la demanda sobre los servicios sociales básicos, ya de por si casi inexistentes.

En esta zona, la presencia estatal libanesa es nula: no hay escuelas, ni hospitales ni siquiera policia, vaya. Sólo está el ejército para contener al DAESH, que intenta colarse por la región de Arsal, ya que la Beqaa es la parte libanesa que está sufriendo los impactos de la guerra de Siria. Durante la primavera y el verano de 2014 hubo bombardeos regulares en la zona. Las ciudades de Hermel, Tfail y Aarsal (y sus alrededores) han seguido recibiendo impactos de cohetes y morteros disparados desde Siria, lo que ha provocado varias muertes y heridas de diversa gravedad, así como una sensación de inseguridad general. A principios de agosto las luchas en Aarsal y sus alrededores han provocado el desplazamiento de residentes y refugiados dentro de la misma ciudad de Aarsal y hacia otras partes de la Beqaa, incluso a la vertiente oeste de la cordillera del Líbano, en la franja costera. Estas luchas han causado graves daños a los campamentos, las viviendas, las tiendas, los almacenes y otras instalaciones, así como muertes de civiles. Las ONGs no pueden acceder al área y las necesidades causadas por los combates aún no se han evaluado.



Una de las tareas del ejército libanés es intentar contener a las mafias locales de varios tipos de tráfico, como el narco, el de personas, el de armas, el de coches de lujo y otros más. La actividad del ejército está sometida a decisiones políticas, que a veces no coinciden en sus objetivos. Asi que unos por otros, la casa sin barrer...

Ambos colectivos de refugiados (sirios natales y palestinos) están abandonados a su suerte. Debido a la ausencia de regulación de la vida civil y de servicios públicos, muchos han aprovechado para montar negocios, algunos limpios y otros terriblemente sucios, como prostitución infantil, de la que se convierten ellos mismos en clientes y a la que proporcionan niños. Es barato, muy barato conseguir peques para este menester. También han aprovechado para dedicarse al alcohol y diversiones varias, que en Siria tenían prohibidas. Digamos que, en general, les sobran las mezquitas y las iglesias.

El gobierno libanés, excepto el Partido de Dios y otros de ámbito shía, no reconoce al régimen sirio, por la invasión desde el año 1976. De modo que el gobierno sirio tampoco acepta el retorno de los refugiados hasta que el Líbano le reconozca. Y como Siria tampoco quiere que regresen, porque les considera enemigos traidores, su situación cada vez es más lamentable, en un pozo negro sin salida posible.

Un campamento cualquiera de la zona

FUENTES: Lebanese Population - Central Administration of Statistics (CAS) year 2002 dataset, Syrian Refugee Population - UNHCR, Humanitarian Intervention Data - Activity Info, Palestinian Refugee Population- UNRWA.

jueves, 19 de octubre de 2017

Amira, la princesa con mirada de acero

Amira en árabe significa princesa أميرة

También es el nombre de una niña que no sabe su edad exacta ni celebra su cumpleaños. Amira está muy flaca, casi ya enfermiza y tiene los ojos glaucos. Es de las poquísimas niñas que lleva el pelo corto (llama la atención, porque es un corte de pelo muy estiloso y asimétrico) de color castaño claro, con brillos pelirrojos. Nunca ha ido a la escuela y se aburre si pasa más de veinte minutos pintando o haciendo palotes.

Suele vestir las ropillas ajadas que llevan casi todos mis peques. Son ropas que se reparten en servicios de caridad o que adquieren en mercadillos ex profeso, en los que los precios son irrisorios, pero que crean un espejismo de consumo que reconforta a las familias (qué cosas, ¿eh?)

No habla mucho, pero cuando lo hace sorprende lo grave que es su voz, casi demasiado para una cría que tendrá entre 7 y 8 años como mucho. Pero lo que más impresiona de ella es la dureza de su mirada, aunque sea para observar como los demás están jugando en el patio, cosa que ella tampoco suele hacer. Se queda ahí sentada y a veces comenta las cosas que hacen mal los demás, sobre todo si ve que se pelean o se quitan los jugetes entre ellos. A veces hay que sujetarla porque se lanza como una fiera a impartir justicia, su justicia, que consiste en pegar un puñetazo a quién ella considera culpable, sin mediar palabra, con una mirada fría, de acero, que busca el impacto más doloroso en su objetivo.

Amira ha visto morir en el mismo ataque (no sabe de quién) a uno de sus hermanos y a su padre, hace muy poco tiempo. Llevan aquí menos de un mes y ha cruzado la frontera con su madre andando desde Siria, en un trekking siniestro atravesando las dos cordilleras (imponentes, no son montañitas de papel) que separan estos dos países, como ponen de relieve las heridas en sus pies, que tenemos que curar siempre que viene por el colegio. Porque no lleva botas GoreTex ni Timberland, precisamente. No, su calzado son las típicas chancletas de goma con las suelas desgastadas, tanto, que tienen los bordes comidos y no le cubren la superficie de la planta del pie, asi que no se le curan sus heridas tan facilmente, a lo que hay que sumar la eterna suciedad de los suelos beirutís, que tampoco ayuda.

Su madre es muy joven, lo parece y lo es, ya que la mayor parte de las mujeres refugiadas sirias aparentan mucha más edad de la que tienen, porque las vidas perras que llevan envejece mucho antes de tiempo: sin cuidados, con mala alimentación, sin programas de planificación familiar, en cuartuchos oscuros sin ventilación ni luz natural. Amira y su madre discuten siempre antes de marcharse del colegio: Amira quiere quedarse un rato más, su madre tira de su brazo para que la siga.

Pensando en cómo es la vida de Amira, no me extraña que su mirada congele al miedo.



Uno de los rascacielos más nuevos y altos de Beirut, en el barrio de Achrafiye (sector Monot) uno de los mayores nidos de desigualdad de esta ciudad.
Foto de @rabzthecopter

martes, 17 de octubre de 2017

Ashia, una niña traviesa

Se llama Ashia y tiene siete años.

Está muy flaca y le faltan algunos dientes. Tiene los ojos muy oscuros y almendrados, el pelo casi negro, liso, abundante y largo, siempre alborotado. Es traviesa, pero a la vez le encanta ocuparse de los más pequeños. Una sonrisa entre pícara y dulce, sobre todo cuando le alabas los dibujos que colorea no demasiado cuidadosamente.

Se siente muy mal si algún otro pequeño le quita los juguetillos que tienen para entretenerse, pero nunca lo quita ella a su vez, lo cual no es muy corriente, sino que se va a un rincón a sufrir hasta que decide que ya está bien. No para quieta, la verdad. Si hay algún sitio dónde trepar o subirse, ahí está ella, no podemos quitarle ojo. De hecho, hace un par de años se cayó de la ventana de su casa, un segundo piso y se rompió unos cuántos huesos. Pero no parece tener miedo a seguir subiéndose a todos los sitios que puede, si son altos, mejor.

Ayer vino muy silenciosa y estuvo extrañamente quieta. Con los ojillos tristones, no habló apenas nada.

La otra seño que está conmigo se fijó en su mano: tenía unas heridas muy simétricas y con una forma claramente definida. Intentó cogerle la mano para verlas y Ashia rápidamente la escondió, llorando. ¡Qué raro! Normalemente nos muestran todas sus heridas y pupas para que les curemos o les pongamos tiritas de colores, que les gustan muchísimo y las exhiben como si de joyas se tratara.

Con mucha suavidad, intentamos tirarle de la lengua, a ver qué nos contaba.  No nos costó mucho, al poco estaba ya hablando locuazmente:

Su madre la había pillado jugando con la colita de su hermano pequeño al hacer pis. Así que sumergió una cuchara en aceite hirviendo y la quemó en el dorso de la mano como castigo por tan indecente juego.

Inmediatamente me acordé de mi tita Encarna, cuando me amenazaba con sentarme en las ascuas del brasero si me hacía pis en la cama. O de todos los menores que sufren brutales agresiones en la primermundista Ejjpaña... 

jueves, 12 de octubre de 2017

Gentes muy enteradas

Desde mi llegada al Líbano he tenido la oportunidad de relacionarme con personas de distintas organizaciones nacionales, internacionales y supranacionales que vienen de visita a conocer la situación local y tomar decisiones que afectan a mucha, mucha gente. Aún hoy, me sigue soprendiendo su casi absoluta incapacidad para enterarse de lo que pasa de verdad en las calles de este país.

Naturalmente esto se debe a que cuando vienen a hacer sus análisis y estudios sesudos, pisan muy poquito fuera de los espacios más occidentalizados en los que se sienten seguras y como en casa, hecho les suele llevar a concluir -erróneamente- lo bueno que es este país para vivir...

Ahora bien, si asoma la patita alguna de las realidades que no les gusta ver, la expresión es que en estos países... + lo que sea (generalmente malo), no se les cae de los labios, acompañada de un tonito de reproche, mezcla de condescendiente y presuntuoso. Yo suelo preguntarles que a qué países se refieren con el sintagma nominal demostrativo estos países y nunca consigo una relación geográfica precisa. Todo lo más una vaguedad del tipo pues los países musulmanes o los del Tercer Mundo. Aclaración que suelen hacer con cara entre de sorpresa y despectiva, como si pensaran que yo soy tonta por no saber a qué entidades políticas se están refiriendo con tanta lucidez.

De modo que ahora me explico muchos de los líos que han formado esas organizaciones en los lugares donde actúan. Además de los intereses nacionales, de los mandatos ocultos y esas cosillas que suelen acontecer, es evidente que muchas de esas personas que vienen a investigar lo que pasa aquí, lo hacen con unas gruesas gafas coloniales, apriorísticas y, desde luego, de muy corto alcance, que les impide enterarse de lo que pasa de verdad.

Salvo contadas excepciones, no acuden al lugar núcleo de los problemas, sino que se sirven de materiales bibliográficos, fuentes secundarias e incluso terciarias que, por cierto, suelen llevar las mismas o parecidas gafas. No les falta arrogancia y suelen despreciar mis ofertas de acercarnos a esos lugares feos y con problemas. ¿Para qué? Ellos ya lo saben muy bien, sin necesidad de abandonar sus zonas de confort.

Suelen llegar cargados de ideas preconcebidas y estereotipos, que proyectan sobre sus apreciaciones y que se refuerzan al no saber/querer desprenderse de sus apriorismos terriblemente afianzados. Incluso pretenden reproducir aquí el modo de vida de sus lugares de procedencia, sin tener en cuenta circunstancias como la escasez de agua, los problemas con la electricidad o la pésima internet. Se engorilan y despotrican con fiereza contra la barbarie local, como si la gente de aquí disfrutara viviendo con estos problemas. Muchas veces no se dan cuenta de que esos comportamientos o situaciones que critican las seguimos viviendo en Ejjpaña o no hace tanto que nos hemos desprendido de ellas. Sus reacciones son tan exageradas, que hay que recordarles que nadie nace sabiendo según que cosas y que muchas veces, el problema de la gente en el Líbano no es la incultura o la brutalidad, sino la falta de recursos económicos que impiden, por ejemplo, comprarse un casco para circular en moto o llevar a los niños a una escuela de natación.

Así que sus conclusiones e informes reflejan ese modelo de pensamiento, sin tener en cuenta la otra realidad, la que ciertamente sucede tras las bonitas calles del Downtown y las luces de La Corniche, pero que puede apreciarse facilmente con un mínimo esfuerzo. Incluso a veces la tienen delante de sus narices y son incapaces de verla, porque levantan la cabeza en un gesto de desprecio para que a los citados apéndices no les llegue el olor de la pobreza.

Y así nos va...




lunes, 25 de septiembre de 2017

Sabra y Chatila

Hace 35 años se produjo una matanza equiparable, en cuanto a número de muertos, a la de las Torres Gemelas, pero no se habla ya mucho de ella. No era gente glamurosa ni vestían a la última moda. No habitaban en barrios elegantes y sus vidas tampoco le importaban a casi nadie.

Esa matanza se produjo durante los días 15, 16 y 17 de septiembre de 1982, en Sabra y Chatila, dos campamentos de las Naciones Unidas donde malvivían refugiados palestinos a las afueras de Beirut, al suroeste de la ciudad. Estos dos campos -como resultado de la invasión israelí del Libano y de la posterior evacuación de las tropas de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) convenida entre las partes, con la intervención de los EEUU de Norteamérica- quedaron bajo control y jurisdicción del Ejército de Israel, el cual, moral y jurídicamente, era responsable y garante de la vida de sus moradores, de acuerdo con las Convenciones Internacionales respectivas.

De lo que sucedió puede hacerse una idea leyendo el libro de Teresa Aranguren Amézola, Palestina, el hilo de la memoria, publicado en la editorial Barataria en 2012 (originalmente en Caballo de Troya, 2004):

El despliegue del ejército israelí en los barrios occidentales de la ciudad empezó en la madrugada del miércoles 15 de septiembre, horas después del atentado contra Bachir Gemayel. A primeras horas de la tarde del jueves los tanques israelíes ya controlaban totalmente Beirut Oeste y tenían cercados los campamentos de Sabra y Chatila. El puesto de mando estaba en la azotea de un edificio de siete plantas, junto a la embajada de Kuwait, a 200 metros de la entrada a Chatila.

El general Drori se comunicó por teléfono con el Ministro de Defensa, Ariel Sharon: Nuestros amigos están entrando en los campamentos.

La respuesta de Sharon fue escueta: Felicitaciones.

La matanza comenzó en torno a las seis de la tarde.

LAS MATANZAS

Desde la casa de Umm Ahmed Farhat se veían los carros israelíes y el movimiento de hombres armados en las colinas. El día anterior, temiendo que los israelíes se los llevasen, habían decidido enviar a los dos hijos mayores, Ahmed y Muhamad, a la casa de unos parientes en el centro de la ciudad. En Chatila quedaron el matrimonio, las hijas y los hijos varones de menor edad. Laila la más pequeña aún no había cumplido el año, Sami tenía dos, Farid seis, Bassem trece, Suad y Salwa, las mayores, tenían 15 y 17 años. No había luz en todo Beirut Oeste pero las calles de los campamentos permanecían iluminadas por las bengalas que lanzaba el ejército israelí.
 
Habíamos acostado a los más pequeños en el sótano porque había habido bombardeos y los aviones no habían dejado de volar sobre el campamento. Los demás nos quedamos en la planta baja. Hacia las cinco de la mañana un grupo de hombres armados entró en la casa. Nos dijeron que teníamos que salir fuera. Estábamos en pijama. Yo llevaba a mi hijo Sami en brazos y Salwa cogio a Laila, la más pequeña.

Cuando estábamos fuera le preguntaron a mi marido de donde era. Él les dijo que éramos palestinos y que él trabajaba reparando teléfonos…Nos dijeron que nos pusiéramos en fila mirando a la pared y que no volviéramos la cabeza ni a la derecha ni a la izquierda. Entonces comenzaron a disparar. Escuché a mi hijo Sami decir Baba (papá) justo un momento antes de que su cabeza estallase en mis brazos. Yo recibí varios disparos en la espalda y perdí el conocimiento.

Cuando desperté, los hombres se habían ido, Salwa mi hija mayor estaba herida pero podía moverse, me ayudó a incorporarme. Suad tenía varios tiros en la espalda, sangraba mucho y no podía moverse, se ha quedado paralítica… mi marido estaba muerto y Layla y Sami y Farid y Bassem… todos muertos.


Dos días y dos noches duró la carnicería. Durante dos días y dos noches las gentes de Sabra y Chatila murieron a golpes de hacha o de machete o acribillados a tiros o reventados con granadas o sepultados bajo los escombros de las casas demolidas por las excavadoras, tres grandes excavadoras cedidas por el ejército israelí a los falangistas, con sus habitantes dentro. Durante dos días y dos noches los que intentaron huir de la matanza fueron obligados a volver atrás, por el ejército israelí.

El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas condenó las matanzas con la resolución 521 del 19 de septiembre de 1982, seguida con una resolución de la Asamblea General del 16 de diciembre de 1982, calificando los hechos como acto de genocidio. Quien fue considerado personalmente responsable de este crimen, el entonces ministro de Defensa israelí Ariel Sharon, así como sus subordinados y las personas que llevaron a cabo las masacres jamás han sido perseguidas ni juzgadas por los asesinatos cometidos, en su mayoría de ancianos, mujeres y niños, que, según la procedencia de la información, varía entre los 1.500 y los 3.000 muertos. En su furia asesina los criminales no respetaron ni a los animales domésticos y con idéntica saña ametrallaron a caballos y a perros. Posteriormente derrumbaron muchas viviendas para sepultar a las víctimas entre los escombros.

También nos hablan de ello Jacques-Marie Bourget y Marc Simon, periodistas que estaban allí mismo durante la masacre

La barbarie humana va in crescendo en medio de estos cuerpos. Unos hombres han sido emasculados. Las huellas sobre sus cuerpos demuestran que los han arrastrado con los pies y las manos atados. Al llegar aquí estábamos preparados para descubrir cadáveres. El periodista es el contable de la muerte de los demás. Los carniceros han asesinado con cuchillos, violado. Aquí le han cortado los senos a una madre. Los adolescentes mueren a balazos. Un bebé ha sido aplastado a martillazos, a pedradas o a culatazos. Una pared con impactos demuestra que se ha fusilado a varios hombres. Los cuerpos se hinchan con el calor. Continúa lo increíble … Han destripado a una mujer embarazada, a un niño pequeño lo han cortado en dos y un jirón de carne todavía contiene la otra mitad del cuerpo. Una anciana ha muerto de pie, sujeta por su ropa en las púas de un alambre de espino, colgada como un Cristo sin cruz. Después aparecen dos montañas de cuerpos de niños. Se ha separado a las niñas de los niños. Les han abierto la cabeza a hachazos. Ha tenido lugar una limpieza étnica… Torturados, despedazados, destrozados.

El pasado día 17 de septiembre, entonces, visitamos el monumento que recuerda tales hechos. Había pasado ya el momento del homenaje (mi ley de Murphy es enterarme tarde de este tipo de cosas) pero aún estaban las coronas de flores depositadas en el mismo razonablemente frescas, junto a velas y cintas.



El monumento se encuentra cerca de la plaza de la embajada de Kuwait, más o menos por aquí (nadie se ha preocupado de mandar un coche google a la zona, me temo) pero no  está señalado ni nada parecido. Hay que estar muy atenta a la entrada, porque la calle principal siempre está llena de puestos de venta (ropa, pollos, frutas, gafas, dulces, chismes varios) y ocultan la entrada.



Justo al entrar, en un recinto amplio y vacío, hay dos tipos pidiendo limosna. Son dos libaneses, seguramente más jóvenes de lo que aparentan, que están vestidos con unas ajadas ropas de camuflaje y da la sensación de que viven ahí normalmente, a juzgar por el tenderete que tienen montado. Intenté hablar con ellos, pero no conseguí que me contaran mucho de sí mismos. 

El aire del lugar no es solemne, al contrario, tiene un aspecto algo descuidado (a pesar que se veía extrañamente limpio, seguro que para la ocasión), pero tal vez de esta manera se hace más dolorosa la visita, porque refleja a la perfección el olvido en el que viven estas personas, que ya no son sólo de Palestina, también hay muchísimas de Siria, libanesas y de los países habituales que proveen de trabajadoras domésticas a la sociedad beirutí.

A esa tristeza (y rabia también) contribuyen las imágenes de la masacre que están visibles en grandes carteles, junto a otras de otras masacres producidas en Líbano con el mismo origen.





Un lugar que no podemos olvidar, sobre todo porque nadie aún ha pasado por los tribunales después de 35 años. Muertes que valen y muertes que se desprecian.

Viva la lucha del pueblo de Palestina

Para saber más:

viernes, 8 de septiembre de 2017

Mujeres del Líbano, 01

Me interesa contar las historias cotidianas de las mujeres de esta parte del mundo en la que ahora vivo, pero me resulta complicado y no sé muy bien por dónde empezar, porque aquí hay una variedad de cotidianeidades femeninas tremendamente dispares y es necesario conocer todas ellas para hacerse una idea de lo que es este lugar.

Así que empiezo por las primeras impresiones que he tenido.

Aquí he encontrado mujeres muy cultas, educadas en colegios de élite y con abundantes recursos económicos, que viven por y para ornamentar a sus maridos proveedores (normalmente ricos empresarios del sector servicios, aunque no esté muy claro qué clase de servicio prestan a la sociedad). Son mujeres que han aceptado gustosas perder su apellido de origen y que piden a sus amos y señores anillos de oro y diamantes, como regalo merecido por su dedicación a la causa del hogar. Conducen coches importados carísimos, tipo todoterreno enorme y casi blindado, porque sienten cierto desdén por las normas de tráfico y es frecuente que tengan accidentes con las motos y furgonetas llenas de gente, que intentan abrirse paso por todas partes, o con otros coches tan potentes y caros como los que ellas tienen; accidentes de los que salen naturalmente ilesas gracias a las máquinas que conducen. A estas mujeres no les son ajenas operaciones periódicas de cirugía estética y larguísimas sesiones semanales de peluquería y manicura, además del gimnasio. Por supuesto, siempre están perfectamente maquilladas para cada ocasión y sus modales exquisitos alcanzan los detalles más nimios de su vida cotidiana, de esos que ni te figuras que tienen regulación establecida y, además, te pones en evidencia si no la sabes.

 

Otras mujeres, en cambio, se han forjado una vida profesional plena y exitosa con la ayuda, eso sí, de lo aquí consideran esos servicios que en Europa ya no se encuentran por un precio razonable, es decir, una cohorte de servidoras y servidores que van desde una o varias empleadas domésticas internas hasta chóferes privados con jornadas indefinidas, por unos salarios irrisorios y un cuartucho de escobas para dormir, en el mejor de los casos. Suelen tener a sus churumbeles en manos de esas otras mujeres venidas en su mayoría de Sri Lanka, Filipinas, Etiopía o Somalia, a las que se las ve caminar un paso por detrás de las señoras, con los peques montados a sus caderas -porque aquí hay muy pocos espacios para ir con sillitas de paseo- y es más cómodo cargar a cuestas con ellos. Por supuesto, esto no puede hacerse si se usan tacones de 10 cm de alto o más y se quiere mantener el peinado dignamente. En este artículo de Natalia Sancha hay más info sobre cuestiones a la que yo no he podido llegar.

Ciertamente aquí las mujeres trabajan mucho en cualquiera de los ámbitos que se mire. Pienso en una que veo siempre, pase a la hora que pase por delante de la puerta de su taller de arreglos y composturas. Trabaja tanto tiempo ahí que hasta come y cena en él. Es un espacio pequeño, de unos 8 m2, con una mesa para cortar tela y una máquina de coser tan antigua que ha perdido los dorados característicos y sólo puede leerse Gritzner en los hierros de las patas. A veces he parado para encargarle un dobladillo o quitar el cuello de una camisa y resulta que he salido con una kibbeh en la mano, porque las tenía ahí preparadas para ella y el olor delicioso de las especias se notaba tanto, que era imposible no decir sahtín! (nuestro qué aproveche) y, claro, la invitación es inmediata. Del probador, mal tapado con una cortinilla, sube una escalera hacia una especie de cuartito del que sale mucho bullicio. Es el doblao en el que vive con sus hijos y que se ventila por la puerta del taller... No sabe nada de su marido desde que salieron de Siria, pero se considera muy afortunada porque ha podido abrir este negocio y vivir de lo que gana con los arreglos de ropa que hace. Suele decir que cuando se levantan tienen un vestido que ponerse, agua corriente y algo que comer...


También puedo citar a otra mujer, socióloga, que habla cuatro fluidamente idiomas: kurdo, turco, árabe clásico y levantino (viene a ser como hablar latín y castellano) y bastante inglés. Como es refugiada siria, no tiene derecho a trabajar legalmente en el Líbano, pero se gana la vida colaborando con una organización internacional a cambio de una ayuda económica. Su tarea consiste en vigilar que los profesores de la escuela primaria en la que la han destinado, no peguen ni discriminen a los peques sirios que estudian en ella, atender las quejas que se producen y actuar de mediadora entre la organización, la escuela y las víctimas. Esta mujer también se considera afortunada porque ella y su familia (de origen y de creación) han podido llegar hasta aquí, sin separarse y vivir juntos en un minúsculo piso bajo, húmedo y oscuro, por el que pagan 400$ al mes, toda una fortuna para gente que debe buscarse la vida sin apoyos legales ni sociales. Ella tiene a la suegra casi inmóvil, por culpa una trombosis que no puede tratarse porque carecen de dinero suficiente, y actúa de cuidadora a medias con el suegro (un yayo musulmán practicante, al que no le duelen prendas lavar, peinar y asear a su mujer cuando es necesario). Esta socióloga suele decir que para que las mujeres puedan ser libres de verdad lo primero que necesitan es Educación y que ella siempre va a estar ahí para poner en práctica esta máxima de su vida. Me encanta dialogar con ella porque escucha, analiza y hace las críticas necesarias desde la razón, manteniendo su fe apartada. Con ella estoy aprendiendo de veras, nunca intenta convencer, ni se considera en posesión de la verdad. Estamos asimilando mucho cada una de la otra sobre nuestras culturas, contextos sociales y vidas antes de conocernos aquí. Ahí, en su cuartito de estar-dormitorio-cocina (todo a la vez) sentadas junto al camastro de su suegra, en uno de los barrios más desfavorecidos de esta ciudad,  se nos pasan las horas enlazando nuestros pensamientos y sentimientos... ¡claro que también comiendo los calabacines rellenos, kusa mahasi, que prepara maravillosamente!

Hay mujeres que son verdaderas luchadoras, que intentan vivir como consideran correcto según las normas sociales imperantes que han aprendido, pero a la vez se dan cuenta la jaula que esto supone para ellas. Se ha estado representando una obra de teatro con mucho éxito que se llama así, Kafas (La jaula), que habla precisamente de esto, de lo qué piensan y dicen las mujeres en un espacio de libertad (la sala de espera de una ginecóloga, es decir, sin hombres) sobre toda esa presión que ejerce sobre ellas una sociedad con dieciocho religiones oficiales (y casi otras tantas no reconocidas) dando la tabarra todas a la vez para imponer su visión patriarcal, machista y neoliberal en todos los aspectos de la vida cotidiana. Aun así, hay mujeres que luchan por romper esos esquemas y se implican en actividades que para una parte significativa de la población son impensables, como participar en movimientos sociales en favor de refugiados o del medio ambiente. Todo ello mientras sobreviven con unos empleos muy mal pagados, sacando tiempo además para estudiar en la universidad y ser cuidadoras de sus familias. En este colectivo he conocido dos modelos de mujer principales: unas, las que cuestionan los puntos oscuros de las religiones que profesan y otras que no rechazan la versión patriarcal que las oprime, a pesar de que en su vida cotidiana han roto ya muchas ataduras que esa misma religión les impone, de modo que han renunciado al matrimonio y los hijos para poder vivir independientes o trabajan en profesiones consideradas tradicionalmente masculinas (el taxi, el ejército o el comercio exterior) porque hay que llevar un salario a casa, para colaborar con el mantenimiento de los padres sin pensiones de jubilación (no hay de eso aquí).



Hay muchas mujeres totalmente invisibles a la sociedad. Estas mujeres de Etiopía, Sri Lanka, Somalia, India, Filipinas, Bangladesh o Nepal están sujetas a un orden jurídico que se llama Kafala, porque el gobierno libanés aún no ha ratificado aún el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo y no ha abolido este sistema de esclavitud moderna, que consiste en someterse al patrocinio de un ciudadano libanés o una agencia de colocación, también libanesa, para poder trabajar aquí. El patrocinador controla las condiciones de trabajo de estas mujeres, su movilidad, su salario y sus documentos legales, es decir, nada de convenios colectivos o regulación de mínimos. Si surge un conflicto irreconciliable entre las dos partes, ellas pueden perder su estatus legal aquí y ser deportadas a sus países de origen. Lo normal es que las familias a las que sirven les retengan los pasaportes, vaya-a-ser-que-roben-algo.

A pesar de ejercen a la vez de limpiadoras, amas de llaves, cocineras, niñeras, cuidadoras de ancianos, auxiliares sanitarias, jardineras, paseadoras de perros (a veces, se las ve llevando en brazos a los chuchos cuando los sacan por ahí) incluso de peluqueras étnicas, que mola mucho llevar trencitas hechas por una nativa, los amos suelen considerar que estas tareas domésticas no son tan agotadoras como los empleos de verdad y, por lo tanto, no necesitan un número mínimo de horas diarias de descanso. No es raro que duerman a lo más unas 4 horas, y no siempre continuadas, en esos cuartuchos de escobas que aquí llaman la habitación de la doncella (he traducido malamente algunos párrafos de este texto, que son particularmente brillantes y que ilustran de la mejor manera posible la situación de estas mujeres). Su salario depende sobre todo de su nacionalidad, lo mismo que el precio del jamón depende de la raza de cerdo del que procede y se lo pueden retener si el patrocinador lo considera oportuno. No cito nada de los abusos que suelen sufrir en los domicilios donde trabajan: violaciones, malnutrición, violencia verbal, psicológica y física. Hasta he llegado a ver en un restaurante cómo los señores hacían un murete con las cartas del menú sobre la mesa (como un castillo de naipes) entre ellos y el sitio de la maid, sentadita ahí sola en el otro extremo, para marcar bien el espacio entre ambos. Últimamente estas mujeres han reunido fuerzas y han empezado una serie de movilizaciones en la calle para intentar que se elimine este horrible sistema de la Kafala, pero la respuesta gubernamental ha sido patética: detención y deportación de la nepalí que ha encabezado las protestas. Esto sucedió justo el pasado 10 de diciembre de 2016, día internacional de los Derechos Humanos .

Me gustaría pensar que este texto permite hacerse una idea aproximada de la vida cotidiana de las mujeres aquí. Por supuesto no están todas, hay muchas más que iré describiendo a medida que las conozca mejor.

Y hay material, ya lo creo que sí.

jueves, 7 de septiembre de 2017

En una clase de inglés

Ayer vi en el feisbuk un vídeo del Intermedio que me dejó impactada porque demuestra la falta de conocimientos que padece mucha gente de menos de 25 años y de alguna manera, el innegable auge del fascismo en España.

No encuentro el enlace así que lo cuento: se trataba de una encuesta en una calle peatonal de Madrid (podría ser Preciados, Arenal o Fuencarral) en la que a gente de unos veinte años se les hacen preguntas como ¿quien escribió El Capital? o ¿cómo empieza La Internacional? con cuatro respuesta posibles. Todos los encuestados, excepto uno, no tenían ni idea de las respuestas correctas y, lo que es más grave, en la pregunta sobre La Internacional, las pistas eran las primeras palabras de distintas canciones e himnos, entre los que se encontraba el temible Cara al sol. Bien, pues bastantes lo señalaron como correcto y hubo varios que lo cantaron con mucha soltura, lo cual me hace pensar que lo cantan a menudo.

Pues justo ayer también acudí a una clase de inglés (hace mucha falta aquí, la gente habla inglés con mucha fluidez y hay que estar en aprendizaje contínuo) en la que nos propusieron el siguiente juego: dibujar un esquema con nuestro nombre en el centro y rodearlo de seis nubes con palabras que expresaran algo de nosotros, para iniciar una conversación. En una de mis nubes escribí trade union, o sea, sindicato en inglés.

Fue demoledor el momento en que se puso de manifiesto que nadie de la clase (y éramos 14 personas) sabía el significado de tales palabras, tanto la traducción a sus idiomas nativos como el mismo concepto de sindicato (bueno, en este caso debo decir que sí había dos personas que sabían lo que es un sindicato; curiosamente los dos alumnos más mayores y ninguno de ellos libanés)

Entre la profesora y yo explicamos lo que es un sindicato. Una de las preguntas que nos hicieron fue que si ayudan a buscar trabajo, alguien citó las agrupaciones profesionales, tipo Colegio de abogados o de licenciados en Filosofía y Letras (por influencia francesa, aquí se llaman syndicates a las organizaciones patronales). Al explicarles que un sindicato no es esto, sino una asociación integrada por los trabajadores asalariados en defensa y promoción de sus intereses laborales, con respecto al centro de producción o empleadores, se quedaron casi pasmados y me miraron con extrañeza...

En ese mismo momento comprendí muchas de las cosas que pasan en este país.

Y sentí mucha indignación.


lunes, 4 de septiembre de 2017

Otra vez Líbano

He escrito este texto en un cuaderno con boli durante el viaje Madrid-París-Beirut (no hay vuelo directo) de regreso tras el verano, en el día del Eid al Adha.

Estas vacaciones han servido para volver a comprobar lo que verdaderamente significa la sociedad capitalista regida por la regla aúrea: quien posee el oro, hace la ley para beneficiarse de ella.

Unos asuntos personales heredados de parientes ya fallecidos hace un tiempo, me han puesto en evidencia que las organizaciones estatales -por mucho barniz democrático que se autoadjudiquen- son estructuras creadas por las élites dominantes desde hace siglos para servirse de la población, especialmente la asalariada por cuenta ajena, a la que nos dejan unas migajas que nos crean las ilusiones de libertad e igualdad, que no existen salvo que tengas dinero para pagarlas. De fraternidades no digo nada, que me da la risa...

También he aprendido que el mundo empresarial es sencillamente asqueroso y que en este país que algunos se empeñan en defender ciegamente (Ejjpaña), un narcotraficante con dinero tiene casi todo ganado ante las instituciones que nos gobiernan frente a cualquier obrero/a que viva de su salario, por mucha cualificación intelectual o académica que éste/a tenga.

Mientras escribo esto, hacemos cola cinco aviones para despegar. Algunos pasajeros del mío se indignan porque hay aviones que han llegado después a la cola en las pistas, pero despegan antes que nosotros. ¿Estulticia de consumidor?

Me da tiempo a ver un enormísimo avión chino, que vuela lentamente, casi dan ganas de empujarle... Después sale un Ryanair, que parece un mosquito al lado del chino, despegando casi en vertical y rápidamente, con mucha agilidad. Otro de Iberia y ya nos toca.

Por cierto, estoy harta de la Air France. Se ve que el concepto Legalité no forma parte del ideario de esta compañía.

En el mostrador de facturar (Barajas, T2) me dicen, de ciertas malas formas, que debo pagar 30 euros extra por el asiento de París a Beirut, que les consta que no he abonado. ¿Ehhhhh? Resulta que al hacer el checkin por internet, Air France me asigna unos asientos concretos para ambos vuelos y en la web no aparece ninguna información sobre si son más caros o no. Yo cliqué en CONTINUAR tan tranquila.

Me quedo muy sorprendida y le digo a la azafata que no puede ser, que yo ya pagué mi billete hacía meses y que no había ninguna indicación de abonar nada más al hacer el checkin on line. Su respuesta fue la siguiente O paga usted el asiento o le quitamos la plaza en París.

Naturalmente no pagué y me fui derechita a poner una hoja de reclamaciones en otro mostrador. Ahí, otra persona me confirma que efectivamente les consta que no he pagado ese suplemento, porque el asiento que ellos mismos me han dado es más caro y llama por teléfono a Reclamaciones, para escuchar una voz masculina joven con acento francés que me dice, por tercera vez, que debo 30 euros pero que mejor espere a pagarlos en París.

Así que rellené mi hoja de reclamaciones explicando todo esto y bastante cabreada, porque el tiempo de trasbordo para subir al avión de Beirut es más bien escaso y el tamaño del aeropuerto Charles de Gaulle hace que la T4 de Barajas parezca una patera. Me temo lo peor, o sea, perder el enlace a Beirut, que a algunos conocidos ya les ha pasado.

Mientras volamos cruzando sobre la Sierra de Somosierra se aprecian perfectamente las siguientes peculiaridades geográficas:

•    la cantidad de piscinas que hay en todas partes,
•    los estragos que han causado los incendios: hay muchas más calvas que vegetación,
•    la sequía plasmada en la gruesa cinta blanca de las orillas de los pantanos de El Atazar y Riosequillo,
•    los campos de trigo ya segados en la Meseta Norte, con cambios de color en la tierra matriz,
•    la forma de las parcelas de cultivo y lo que contienen: viñedos, cereales, etc., los eriales y los bosquecillos, los caminos, las carreteras.

Por eso me gusta volar de día. ¡De hecho, me encantaría volar a esta altura por todo el mundo, para apreciar todos sus paisajes!

También estas vacaciones hemos debido tomar decisiones muy importantes para mi tribu particular. Si el Universo no se opone, el curso que viene (2018-19) seguramente esté de regreso a mi vida habitual en Madrid. Durante todo este tiempo han pasado cosas, algunas muy buenas, otras horribles y tengo que pensar en la readaptación...

Mientras, un pasajero amable nos enseña el Desfiladero de Pancorbo ahí abajo.

¡Ya empezamos con las turbulencias! No puedo seguir escribiendo porque he descubierto que me marean mucho.

Ahora sobrevolamos Donostia. Se ve perfectamente el Ratón de Guetaria y la playa de Zarautz. También más sitios que no soy capaz de identificar. El mar está azul, precioso y tranquilo. Mal día para surfear.

Es curiosa la experiencia esta de volar tan a menudo. Hay viajes que resultan buenísimos porque no sucede nada extraordinario, independientemente de la clase o compañía por la que hayas pagado. En otras ocasiones todo parece conjurarse para joderte la marrana, como me sucedió en junio, cuando hasta tuve una discusión con un gilí de seguridad, por culpa del retraso del avión Beirut-París, en la que el citado sacó a relucir la Igualdad como valor francés al pedirle yo, por favor, que me dejara pasar en la cola de control de pasaportes, ya que sólo quedaban veinte minutos para el despegue y aún debía cruzarme todo el CDG, que es mú grande, mú grande. Pude pasar gracias al jaleo que le montó al gilí la gente de la cola, cuando enseñé el billete para demostrar que no pretendía colarme.

Otras veces las cosas empiezan muy mal, como en este viaje, pero luego parece que se enderezan y pasan cosas buenas, como el ratito de conversación con la pasajera de al lado hasta llegar a París o que finalmente, NO he tenido que pagar nada más por mi asiento hasta Beirut.

Mientras volamos por encima de Innsbruck nos traen un aperitivo. No veo nada porque hay un mar de nubes debajo del avión. Pero, aunque hubiera estado despejado, tampoco habría visto nada: el asiento dichoso ese que se supone que me costaba 30€ más está justo sobre el ala que me tapa todas las vistas. Eso sí, puedo ver la cara oculta de las nubes, que a veces son pura niebla y a veces son como una alfombra de merengues. Ahora la comida, que no está mal. Nunca espero comer en el avión como en casa, así que me suelo conformar con lo que me dan.

Hace mucho frío en este tramo del vuelo, a pesar de taparme con la mantita que nos entregan al sentarnos, de modo que me pongo a ver una peli en inglés, para distraerme, practicar un poco y que se me olvide esta parte tan rollo del viaje. Además, las turbulencias (ya estamos sobre Rumanía) siguen y no nos dejan ni levantarnos del asiento ni desabrochar los cinturones. Creo que me voy a dormir...

¡Ya se ven las luces del Líbano! Es perfectamente distinguible este país desde el aire: está todo iluminado, a pesar de los problemas de energía que tienen aquí.

Mejor me preparo para bajar y empezar esta parte del año aquí bien alerta.

lunes, 31 de julio de 2017

Juana sigue mi casa

JUANA ESTA EN MI CASA

esperamos la salida de los 15.000 niños secuestrados por la ley 8/2015


Victoriano Fernández Fernández. Viernes, 28 de julio de 2017.

Ahora mismo me han dado un terrible noticia. Uno de mis mejores amigos se ha suicidado. Tenia 24 años y su vida ha sido puro sufrimiento.

Su muerte llega en el peor momento para mi. Por muchas razones, pero ante todo, porque es una especie de demostración empírica del mal funcionamiento del sistema educativo en su conjunto.

No daré mas datos para respetar en lo posible su intimidad y la de su familia.

Yo entiendo por sistema educativo todo aquello que ayuda , o no, a formarse la psique de cada individuo y en una sociedad como la nuestra, el proceso de formación de la psique ha de dirigirlo la escuela y las redes de apoyo al menor y la familia. En todo caso, porque en las sociedades avanzadas ya la familia extensa y la comunidad urbana no cubren muchas de las funciones que cubrieron hasta los años 60.

Hace ahora 30 años, en Alcalá de Henares se produjo un intento de suicidio de un joven de 16 años. y yo lo pasé muy mal. Lo pasé mal , no solo por el dolor que imaginé en el niño y su familia, sino porque fue una premonición sobre el futuro de toda la generación de nuestros hijos, sometidos a los vaivenes de la vida en evolución, y sin una escuela e instituto a la altura de las necesidades.

Esta tragedia de hoy, refuerza mi sentimiento de impotencia, mi constatación de lo que lo que podría titularse crónica de una muerte anunciada para miles de jóvenes.

Esa crónica comienza en las escuelas en la que a los niños no se les valora, en la que solo se preocupa el sistema de las notas y de los rendimientos pensados para la producción. Esa escuela y esos servicios sociales que no tienen en cuenta el ser completo en construcción que es el niño. Esa escuela que no habla a los niños y a los adolescentes del amor y de las relaciones con los otros. esas escuela que somete a los adolescentes a presiones absurdas en vez de acompañarles en la búsqueda de un lugar en la vida.

Esa escuela es la que ha destrozado la vida de mi amigo y la destroza la vida de esos miles de niños que hoy están en centros de acogida o de reforma o en tutelas en familias profesionales, o en adopción después de procesos truculentos en los que no se permite que el niño mantenga sus apegos.

Por todo ello yo invito a quien me lea a llenar las redes de mensajes de apoyo a Juana y sus hijos como tres victimas de un sistema infernal que tiene 15.000 presos y 42.000 mal tutelados, que son la parte visible de los miles de familias destrozadas por una sociedad competitiva y una escuela puesta al servicio de esa competencia extrema.

Este texto lo ha escrito mi maestro Victoriano. Yo no conocía al chaval, pero sí a su madre. Estar con ella mientras abrazaba la urna con las cenizas de su hijo ha sido una de las más duras experiencias que me ha tocado vivir. Nadie de los presentes en el pequeño tanatorio del pueblo en el que vive ha podido evitar sentir una pena muy oscura al ver a esa mujer frágil aferrada a la pieza de cerámica con tanto significado.

Suscribo al 100% lo que dice Vito, sobre la escuela que prepara para una sociedad depredadora de humanos y que cuando tiene que educar a personas diferentes, no sabe solucionarlo.

Mucho talento queda desperdiciado y en ocasiones, anulado hasta la muerte, como el de este chaval, de sonrisa amplia y sensibilidad extrema que decidió morir antes de darse cuenta del valor de su persona.

miércoles, 14 de junio de 2017

Granizo en la Beqaa

           البرد في وادي البقاع 

Frente a la ola de calor que afecta al oeste mediterráneo, aquí estamos con nubarrones y fresco.

Esto es lo que ha pasado hoy en el valle de la Beqaa, cerca ya de la frontera siria:


Muchos cultivos han quedado destrozados y gran parte de la cosecha de frutales. No necesitamos esto ahora mismo aquí. Más aún cuando hoy han anunciado que se retrasan las elecciones un año más y el personal está bastante cabreado.

La situación económica es mala y en la Beqaa la principal ocupación es la agricultura. Aunque se están ahorrando mucho dinero en salarios porque contratan a los refugiados sirios por cantidades irrisorias, este granizo a estas alturas ha sido un palo. Tampoco suele haber seguros agrarios que ayuden en este tipo de catástrofes.

En fin...

martes, 6 de junio de 2017

Tráfico libanés, 01

Como por mucho que cuente no creo que pueda transmitir la realidad de cada día al respecto, pongo este video que anda rulando por aquí, a modo de ejemplo. No hay manipulación. Esto pasa todos los días, a todas horas. De noche es aún peor porque la gente está obligada a hacer lo mismo, pero no hay alumbrado encendido para poder verles. La ausencia de pasarelas o pasos inferiores, la ausencia de paradas de autobús y de obediencia a la regulación, que resulta que si la hay, hacen que esto sea el modelo cotidiano.

La matrícula roja indica que se trata de un service o vehículo de transporte compartido público en el sentido de que a cualquiera que pague por subirse le llevan, pero es un automóvil privado, porque no pertenece a ninguna flota sostenida con fondos públicos, pertenece a un/a menda que se gana la vida transportando gente por unos pocos miles de libras libanesas. En concreto 1.000 por pasajero y trayecto (0'60€). Como puede verse, no tiene paradas establecidas, ni normativa de acceso, ni ná de ná... Suelen llevar música a todo trapo y hace falta mucha confianza para subirse, porque no sabes exáctamente dónde van (aunque sueles recibir ayuda y comentarios del conductor y los viajeros cuando les cuentas a dónde vas)

Es una actividad obligatoria: subir a uno de éstos y dejarse llevar...


domingo, 4 de junio de 2017

El significado del arte rupestre.

No, a mi no se me ocurre nada. Bueno, sí, pero no es lo que voy a poner a continuación. Se trata de una conferencia del profesor Marcos García-Diez, en la que cita cuestiones bastante interesantes. Como avisa la pantalla del video hay que entrar a Vimeo para poder verlo, pero merece la pena, porque es una síntesis bastante acertada del estado de la cuestión y en un lenguaje bastante directo, no académico, que se comprende a la perfección.
No conozco a este profesor, ni su trayectoria ni nada parecido, pero sus palabras, al menos en este video son muy claras.


"¿Por qué y para qué? El significado del arte rupestre" con Marcos García-Diez. from Mario Domínguez Jareño on Vimeo.

lunes, 22 de mayo de 2017

Museo de la Prehistoria libanesa

Pues hace unos días recibimos un correo electrónico avisando que, en el Amphithéâtre Pierre Aboukhater de la Facultad de Humanidades de la Universidad de St. Joseph (Faculté des lettres et des sciences humaines), una selección de músicos de la Orquesta Filarmónica Nacional Libanesa iban a tocar un repetorio de tangos argentinos y armenios. Esto nos dio mucha curiosidad y decidimos asistir, porqué además era gratis (lo cual se agradece mucho aquí). El concierto no estuvo mal y resolvimos el misterio de los tangos armenios: resulta que habían sido compuestos por uno de los músicos que actuaba, con tal origen. Llegamos a la conclusión que como los tangos originales, nada de nada.


El grupo que nos juntamos era variopinto y tras el concierto, convenimos en ir a tomar algo por los alrededores del teatro, donde hay bastantes sitios baratos para los estudiantes. No lejos de allí se encuentra el Museo Nacional del Líbano, que por la noche iluminan especialmente y resulta muy llamativo verlo. Una de las personas que venía no lo conocía, asi que mientras caminábamos, aflojamos el paso para poder explicarle algunos detalles del mismo. En el momento justo en que yo decía es muy buen museo, se paró a nuestro lado una señora estupenda, que también salía del concierto, quién en castellano perfecto con acento guiri nos dijo, afirmando: Es un museo bueno, ¿verdad? Nos la quedamos mirando con sorpresa e inmediatamente pegamos hebra, desde luego que si, muy bueno, etc. La mujer se presentó: Soy Anne Marie, la directora y celebro que les guste. Así, como de repente. Comentamos algunos detalles sin importancia del museo, como es el hecho de que no haya una biblioteca abierta al público, o al menos para estudiantes y profesionales. Nos explicó que sí la hay, pero que carecen de personal para poder manternerla y por lo tanto, sólo entra el personal en plantilla del museo.

Como de este Museo ya comenté un poco en una entrada, pues voy a contar algunas cosas de otro Museo, relacionado con la Universidad de Saint Joseph: el Museo de la Prehistoria Libanesa.


 Este museo, que es bastante más pequeño que el Nacional, abrió en el mes de junio del año 2000 y se autoconsidera uno de los más originales de todo Próximo Oriente, por estar dedicado exclusivamente a la Prehistoria regional. Es cierto, de todos los museos que he visitado por la zona, ninguno contiene sólo materiales prehistóricos. Pero tampoco he recorrido tantos como para convertir esto en un universal... Digamos de paso que hay museos con piezas que merecen la pena el viaje, como The Jordan Museum, donde pueden verse las inquietantes esculturas de Ain el Ghazal.

El Museo de la Prehistoria Libanesa se encuentra en el barrio de Monot-Achrafieh, en uno de los edificios de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Saint-Joseph de Beirut (USJ), jesuita, la más prestigiosa del contexto franco-libanés (lo mismo que la AUB es la más prestigiosa del contexto anglosajón-libanés). Su apertura se hizo coincidir con el 125 aniversario de la USJ, contando con la colaboración del Instituto Oriental de la Prehistoria (dependiente del CNRS francés) y el Museo del Louvre de París.


La exposición permanente del Museo presenta un recorrido por la Prehistoria general (Paleolítico, Neolítico y Edades de los Metales) haciendo mucho hincapié en los útiles, la caza en el Paleolítico, el entorno y la invención de la agricultura, usando en las vitrinas las piezas obtenidas en yacimientos libaneses por los padres jesuítas que estuvieron trabajando por aquí desde finales del siglo XIX.

Como la destrucción de los sitios ha sido brutal, pocas piezas nuevas hay, pero algunas son bastante interesantes, como algunos arpones epipaleolíticos o algún ajuar funerario neolítico recuperado in situ.




La posición geográfica del Líbano ha permitido localizar yacimientos con un millón de años de antigüedad, al estar en el cruce de caminos entre África, Asia y Europa. De hecho, tienen localizados unos 400 sitios prehistóricos. Lamentablemente, algunas de las regiones más ricas, como la de Arsal al pie de la cordillera del Antilíbano, son innacesibles actualmente debido a los combates que se libran en esa zona contra el DAESH. Incluso han llegado a desarrollar proyectos en Siria, en colaboración con la Universidad de Cantabria y el Instituto Milá i Fontanals del CSIC.

De modo que el Museo de la prehistoria libanesa es un sitio de los que hay que dedicar una mañana en Beirut, ya que es de los pocos lugares en los que se intenta conservar, estudiar y dar a conocer el pasado de esta tierra tan machacada.

jueves, 18 de mayo de 2017

Excursión al Chouf

Hace poco he vivido un día muy especial, lleno de aprendizajes y situaciones nuevas, a pesar de los casi dos años ya que llevo aquí.

Pronto va a empezar el Ramadán y tendremos vacaciones en el colegio donde cuido peques. Por ese motivo hace unos días organizaron una excursión a un merendero, el Jalsit Abou Michel, en el fondo de un valle de la región del Chouf.


Allá que nos fuimos en dos autobuses de los que son típicos aquí para este tipo de menesteres.

El punto de reunión fue el piso donde se desarrolla el trabajo social con las madres y ahí tuve el primer elemento de reflexión. La persona de la organización que estaba allí no me conocía, porque yo voy al colegio por las tardes y además, ella llevaba poco tiempo trabajando. Cuando le expliqué que iba a la excursión, inmediatamente me condujo a una de las habitaciones en la que había un grupo de mujeres que también eran desconocidas para mí. Hablaban árabe, pero su aspecto, su vestimenta y sus maneras se diferenciaban mucho de las habituales de las refugiadas con las que trabajo. Éstas andaban brujuleando por aquí y por allá, como suelen hacer, mientras que las otras no salían de esa habitación y sólo hablaban entre ellas. Estoy segura de me que colocaron con ellas porque la persona de la organización había dado por supuesto que yo era cristiana, ya que se suele dar por sentado que esta es tu condición como europea. A menudo se establece que ejjpañola = cristiana católica, ojo, precisión incluida. Citar la declaración de apostasía suele generar convulsiones, sea el contexto que sea.

Al poco tiempo de sentarme entre ellas se interesaron por mí, así que empezamos un parlez-vous en el que me contaron que también eran refugiadas, pero iraquís (de Mosul) y que habían llegado hacía poco en avión a Beirut: primera sorpresa, ya que las sirias suelen venir en coches por caminos lejos de la autopista de Damasco o directamente caminando por veredas que cruzan la Cordillera del Antilíbano, sólo con lo puesto. En cambio, a las iraquís se las veía vestidas con ropas buenas y enjoyadas de manera llamativa (ya sé, puede ser debido a la costumbre local de invertir en joyas de oro por si hay que salir corriendo poder llevarlas encima).

En eso estábamos cuando dieron aviso que habían llegado los autobuses y nos pusimos a bajar todos los archiperres de la excursión: shishas, unas cuantas botellas de 10 litros de agua, barreños enormes para preparar las toneladas de comida que también había, refrescos, un aparato de música, yo que sé qué más...

Y segunda sorpresa/elemento de reflexión: se produjo una suerte de selección natural de modo que las iraquíes se fueron para uno de los buses y las sirias para el otro. A mi me tocó finalmente ir con las iraquíes y algunas sirias, más parte del personal de la ONG y sus familias.

Partimos, con un conductor que en España ya llevaría jubilado 15 años, el cual ponía cintas de cassette a todo volumen, con gran regocijo general. Tanto, que algunas de ellas se arrancaron a bailar dentro del autobús, lo que resulta enormemente complicado porque el interior difiere ligeramente de lo que normalmente imaginamos, como puede verse en la imagen del bus de las sirias (las he borrado las caras por aquello de la privacidad):

 

Durante el viaje me contaron que la mayoría de ellas eran licenciadas en distintas universidades, que en Iraq estaban trabajando y cuidando de sus familias y que ahora intentaban recomponer un sus vidas, esperando el viaje a un lugar mejor, preferiblemente Suecia, donde muchas de ellas ya tenía parientes viviendo. También se apresuraron a explicarme que eran cristianas (obvio, por la cantidad de cruces de oro y medallas que llevaban) y, por supuesto, me preguntaron si yo lo era.

La primera tarea al llegar al merendero fue preparar toda la comida que habíamos llevado. A pesar de tratarse de una zona de alto interés ecológico, con las reservas de cedros no lejos de allí, se pueden encender barbacoas. Bien es cierto que dentro del recinto del merendero, pero no me dejó de asombrar esto. Así que se pusieron manos a la obra: a cortar lechugas y tomates para la fatush, a cortar perejil y cebolla para el tabule, a darles forma a las kibbe...

Ahí vino la segunda sorpresa/elemento de reflexión: al empezar a hacer la comida todas ellas se implicaron y empezaron a colaborar, a ayudarse y a intercambiar info de cómo se cocinan en sus lugares de origen esos mismos platos. Parecían hormiguitas, todas trabajando concienzudamente y aprendiendo las unas de las otras.


Yo intenté ayudar, pero entorpecía más que otra cosa, al no conocer muy bien el procedimiento, asi qué me dediqué a observarlas hasta que me aburrí. De modo que, acompañada por una de las niñas refugiadas y una quinceañera familiar de una persona de la ONG, me fui a dar una vuelta por los alrededores. Había huertas, un molino hidráulico bastante antiguo, zonas de frutales, chumberas, abejas... en fin, lo que suele haber en el campo. Es un lugar bonito y tranquilo, sin coches... ¡todo un lujo en este país!


En pleno paseo llamaron al móvil de la quinceañera y a la pobre se le cambió la cara según hablaba, pidió por favor regresar rápidamente al merendero y allí nos estaba esperando la madre, hecha una fiera con la chavala. Nos quedamos bastante planchadas porque no había motivos para tal bronca, pero quía, resulta que sí. 

Tercer elemento de reflexión: yo hice mal en no avisar a la madre de que nos dábamos un garbeo por ahí, pero nunca imaginé el motivo que le había causado tal ataque de nervios. No se trataba de la posibilidad de ser atropellada, ni la de perderse por las veredas, ni la de caerse al río, que eran justo los cuidados que yo estaba teniendo con ellas.

No, su miedo era que todo estaba lleno de sirios que podían asaltarla y agredirla (sic). ¡Toma ya! Sobre todo porque no vimos ni uno. La mujer se engoriló bastante, hasta hacer llorar a su hija y yo me sentí bastante mal, claro. Me costó casi un par de horas que aceptase mis disculpas y me quedé muy chafada el resto del día. Esto fue lo que más me sorprendió y me hizo reflexionar: las preocupaciones que tenemos en la cabeza acerca de nuestra prole según nuestras circunstancias.

Por lo que veo todos los días, sus cuidados son muy distintos a lo que yo he aprendido: no están tan pendientes de accidentes (de hecho, es muy frecuente que hagan brechas, rasguños considerables, que se rompan huesos porque juegan bastante salvajemente pero esto no parece preocuparles mucho). Incluso un bebito que se trajo una de ellas se quemó un pie al volcársele encima una taza de té hirviendo y la madre no hizo aspavientos, se lo tomó como una fatalidad. Intenté ayudar sacando el gel de una planta de aloe vera que había por allí, para lo cual tuve que pedir un cuchillo en el merendero, cortar las hojas y sacar el gel, maniobras que me supusieron ser blanco de muchas miradas muy extrañadas. Al intentar aplicarlo al crio la madre no me dejó, porque no sabía lo que era. Pero luego se les va la olla con asuntos como secuestros, asaltos y otro tipo de males que, desde luego, yo no tenía en la cabeza cuando nos fuimos a pasear en ese contexto.

Mientras tanto pasaba esto, sirias e iraquís habían terminado de cocinar (al final me aceptaron como pinche para terminar de cortar el tomate, en cuadraditos muy pequeños para rematar el tabule y se reían de lo despacio que iba) y preparamos las mesas. A alguien se le ocurrió que en vez de sentarnos en grupitos, hicieramos una mesa larga. Éste fue el resultado:


También se produjo una selección de los sitios según nacionalidades y a mi me tocó un punto frontera entre iraquís y sirias. Pero todas venían a traerme comida, porque se preguntan cómo es posible que no me duelan los huesos dada la escasa cantidad de carne que los cubre y me llaman hafifa (flaca). Su objetivo, además de hacerme engordar, fue que probase los platos según los habían preparado unas u otras. Debo decir que apenas noté diferencias, pero les hice saber que estaban buenísimos, porque esto era exactamente la verdad.

Tras la comida alguien sacó una darbuka y ahí sí que se produjo la fusión total. Casi todas ellas saben tocar. No son percusionistas profesionales, pero son capaces de sacar unos ritmos suficientes para proporcionar casi una hora de bailoteo y palmas.

De modo que fue un dia muy intenso, con muchas pequeñas vivencias en las que las diferencias culturales pesaron mucho.

Aquí están, en plena danza, libres y disfrutando de lo que ellas consideran un día bueno, fuera de las preocupaciones diarias que son muchas y graves: