martes, 17 de octubre de 2017

Ashia, una niña traviesa

Se llama Ashia y tiene siete años.

Está muy flaca y le faltan algunos dientes. Tiene los ojos muy oscuros y almendrados, el pelo casi negro, liso, abundante y largo, siempre alborotado. Es traviesa, pero a la vez le encanta ocuparse de los más pequeños. Una sonrisa entre pícara y dulce, sobre todo cuando le alabas los dibujos que colorea no demasiado cuidadosamente.

Se siente muy mal si algún otro pequeño le quita los juguetillos que tienen para entretenerse, pero nunca lo quita ella a su vez, lo cual no es muy corriente, sino que se va a un rincón a sufrir hasta que decide que ya está bien. No para quieta, la verdad. Si hay algún sitio dónde trepar o subirse, ahí está ella, no podemos quitarle ojo. De hecho, hace un par de años se cayó de la ventana de su casa, un segundo piso y se rompió unos cuántos huesos. Pero no parece tener miedo a seguir subiéndose a todos los sitios que puede, si son altos, mejor.

Ayer vino muy silenciosa y estuvo extrañamente quieta. Con los ojillos tristones, no habló apenas nada.

La otra seño que está conmigo se fijó en su mano: tenía unas heridas muy simétricas y con una forma claramente definida. Intentó cogerle la mano para verlas y Ashia rápidamente la escondió, llorando. ¡Qué raro! Normalemente nos muestran todas sus heridas y pupas para que les curemos o les pongamos tiritas de colores, que les gustan muchísimo y las exhiben como si de joyas se tratara.

Con mucha suavidad, intentamos tirarle de la lengua, a ver qué nos contaba.  No nos costó mucho, al poco estaba ya hablando locuazmente:

Su madre la había pillado jugando con la colita de su hermano pequeño al hacer pis. Así que sumergió una cuchara en aceite hirviendo y la quemó en el dorso de la mano como castigo por tan indecente juego.

Inmediatamente me acordé de mi tita Encarna, cuando me amenazaba con sentarme en las ascuas del brasero si me hacía pis en la cama. O de todos los menores que sufren brutales agresiones en la primermundista Ejjpaña... 
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