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viernes, 27 de septiembre de 2019

Micro macro machismos

Desde hace tiempo tenía pensado comentar en el blog este tipo de eventos que nos tocan vivir a muchas mujeres, independientemente de la edad, aspecto y formación que tengamos.

Hace pocos días, en una reunión académica, se produjo la siguiente situación:

Uno de los participantes (hombre hetero, mayor de 60 años y con una altísima capacitación académica, natural de un país de América del Sur) quiso saber qué era el sherry, durante la conversación que estábamos manteniendo en la cena.

Yo le expliqué el significado y todo lo relacionado con el sherry que recordé en ese momento, sin atisbo de duda ni nada parecido, y el señor en cuestión quedó muy satisfecho con el conocimiento recién adquirido.

Peeeeeero…

Otro de los participantes, hombre hetero de entre 40/50 años, con la misma altísima capacitación académica y natural de la Península Ibérica, procedió a indicar, con gran suficiencia, que mi explicación estaba mal y dio otra, completamente falsa e incorrecta, que todo el mundo dio por válida inmediatamente.

Es decir, que todos y todas las presentes dieron por supuesto que yo estaba equivocada y el señor estaba en lo correcto, por más que yo insistiera en que mi explicación era la buena. Es más, alguna miradita condescendiente se le escapó a algunx. En ningún momento nadie se planteó que el señor pudiera estar equivocado. En absoluto.

Me dio tal rabia y coraje que tuve que tirar de internet para demostrar que mi explicación era la correcta.

Sólo después de que todos los presentes mirasen y remirasen en sus teléfonos móviles y que el señor reconociera, con gran asombro por su parte, que estaba confundido, el grupo de comensales aceptó que mi explicación era la buena.

Seguiremos contando.

sábado, 19 de enero de 2019

Cumpleaños olvidado

Pues resulta que este blog ha cumplido 10 años el mes de noviembre pasado y, aunque en su momento pensé escribir algo, entre unas cosas y otras se me ha olvidado por completo.

Éste no es más que un pequeño texto de aniversario, en el que digo que últimamente no he escrito mucho porque he estado muy ocupada viviendo. Cosas muy buenas y cosas terribles con toda mi gente, a ambos lados del Mediterráneo. 

También aprovecho para decir que ya va quedando poco tiempo para que esta aventura libanesa termine, aunque aún me quedan muchas cosas por contar. Prometo que las iré sacando, eso sí, con la lentitud que me caracteriza.

Pero es imposible quedarse pegada a la silla delante de la pantalla del ordenador cuando ahí fuera pasan cosas como ésta. No son fotos mías, son de  la organización Live Love Beirut, que verdaderamente reúne una de las mejores colecciones de fotos del Líbano.


Valle de la Beqaa vista desde la localidad de Bar Elias, cerca de las ruinas de la ciudad omeya de Anjar


El Monte Líbano visto desde la Bahía del Olivo (خليج ألزيتونة)



La tormenta Norma sobre la bahía de Yunie, vista desde el Monte Líbano.

De modo que muchas gracias a todas las personas que, tras estos diez años,  tienen a bien seguir leyendo las cosas que cuento por aquí y también ¿por qué no? me felicito a mi misma por seguir pensando en contar y expresarme a través de esta herramienta.

¡Un saludo!

sábado, 12 de enero de 2019

Una de machismo

Hecho sucedido en Madrid, no hace mucho tiempo, durante estas vacaciones navideñas.

Restaurante del barrio de Chueca, mediodía de sábado. Mucha gente, pero no lleno a rebosar.

Entramos mis hijas (24 y 18 años) y yo (55 años) a pedir mesa, sin haber reservado ni hablado con nadie del local previamente. 

Empleado del restaurante (unos 30 años) que nos mira en modo evaluación y nos dice que para un trío tan estupendo siempre tienen mesa, llevándonos a una de las pocas que quedaban libres.

Nos trae la carta y medio se echa sobre la mesa para explicarnos el menú y hacernos sugerencias sobre lo que pedir. No es sólo una descripción de los platos y sus características, también incluye un montón de adjetivos para referirse a nosotras, exageradamente familiares y melosos, casi de abuela. Conviene indicar que era la primera vez que le veíamos.

En un momento determinado de la explicación, el empleado me mira directamente y empieza a hacer referencias explícitas sobre mi aspecto físico, citando partes de mi cuerpo que le parecen muy atractivas. Le respondo que debe acudir urgentemente a una revisión oftalmológica.

El tipo no se da por enterado y sigue su discurso gastronómico con su almibarado lenguaje hacia nosotras.

Mi hija pequeña le corta el embeleso pidiendo la comanda con voz seca y poniendo cara de pocos amigos, actividad en la que es una auténtica experta. También expresa en voz alta lo poco apropiado la conducta del empleado y que se siente muy incómoda con esta actitud y situación.

Yo le digo que más que incómoda, me parece una situación delirante y bastante surrealista. Casi que me da curiosidad ver dónde es capaz de llegar el menda en cuestión. Por eso no les digo que nos marchemos inmediatamente.

Nos sirve la comida otro empleado, amable y correcto, sin cruzar ninguna línea.

En el momento de pedir la cuenta y pagar, vuelve el empleado número uno y retoma su discurso sobre mi físico y lo maravilloso que será vernos cuando volvamos al restaurante.

Muy amistosamente, le planta dos besos a mi hija mayor y, a continuación, se gira hacia la pequeña, momento en el que ella le hace una cobra en toda regla, dando dos pasos hacía atrás con sus botazas, que resuenan en todo el local.

El tipo se queda parado, mirándola con cara de sorpresa. Nos vamos las tres, dejándolo ahí plantado en su pasmo.

Preguntas del millón:
  • ¿a los hombres os han evaluado alguna vez así en los locales a los que vais? NO, claro que no.
  • si hubiese estado el padre de mis hijas con nosotras, ¿el empleado habría hecho las mismas referencias a mi físico? NO, claro que no.
  • si mis hijas hubiesen estado con un amigo/noviete/acompañante, ¿habría intentado besarlas? NO, claro que no.
Pues esto, ni más ni menos, es un enorme gesto de machismo.

jueves, 26 de julio de 2018

بيروت مدريد Beirut Madrid

El pasado 25 de junio vinimos a Madrid mi pelirroja y yo, con la intención de hacer un viaje relámpago e iniciar los trámites administrativos para que ella, mi pelirroja, pueda empezar a cursar sus estudios de FP de grado superior en un centro público madrileño.


Los más de 20.000 dólares que piden en las universidades libanesas por estudiar algo parecido a lo que ella le interesa nos ayudaron rápidamente a tomar esta decisión. No los tenemos y aunque los hubiéramos tenido, creo que no hubiésemos aceptado entregar semejante cantidad de dinero a cambio de una educación que ni es mejor ni iba a darle un puesto de trabajo, tal como hemos podido comprobar durante este tiempo allí. La mayoría de los graduados libaneses tienen que marcharse fuera, no hay trabajo allí y el paro juvenil es brutal.


Nuestra idea era volver el 30 de junio para terminar de recoger sus papeles del instituto libanés. ya sellados por el Ministerio de Educación y poder completar todo el trabajo en septiembre en Madrid de nuevo.


Pero el Universo nos ha llevado por otros derroteros. Muy diferentes.


El 26 de junio mi madre tuvo que ingresar en un hospital y ahí hemos estado las dos hasta que el 14 de julio falleció en mis brazos.


En todo este tiempo han pasado muchas cosas, algunas bastante desagradables, como la actitud machista y prepotente de los médicos que la trataron. Algunas que se han configurado a raíz de esa situación y que me han permitido conocer a gente estupenda, como la de AFDMD, llenas de sabiduría de la importante. Y otras maravillosas, como la compañía y la ayuda de amigas y parientes durante todo este tiempo. Se han creado lazos insospechados y he gozado de solidaridades limpias y hermosas en medio de la tragedia, que van a quedar ahí para siempre.


He tenido hasta más de ciento y pico mensajes de mis refugiadas, quienes aún me siguen mandando ánimos y muchas recomendaciones, desde sus complicadas vidas. Pero todos los días encuentran tiempo para mandarme alguna imagen o palabras de consuelo.

Ahora hay mucho que hacer y será una tarea difícil desmontar ochenta y nueve años de vida, concentrados en un pequeño piso antiguo, de esos de alcoba y gabinete, vigas de madera y muros de carga de ladrillo macizo, emplazado en un barrio antiguo, de los que aún tienen corralas y vecinas que se conocen y me paran por la calle para decirme lo tristes que están y que cuente con ellas para lo que sea, a pesar de que caminan con andadores y mil achaques. Muestras de cariño como la de su carnicero de toda la vida, que salió de su mostrador a abrazarme, con su mandil de rayas negras y verdes, llorando abiertamente. Así todo el barrio en el que vivió los últimos cincuenta y dos años de su vida.


De modo que por el momento me quedo en Madrid, atendiendo esta situación y en cuanto haya conseguido despejar burocracias, muebles atestados de recuerdos y muchas porquerías inservibles también, volverá a Beirut, inshallah.




Ésa soy yo, con mis padres, no sé donde, pero juntos.

sábado, 5 de mayo de 2018

زمزريق أثيبي Cercis siliquastrum

Desde el primer año que pasamos aquí me fijado en la floración, por estas fechas, de unos árboles de hoja caduca muy curiosos, directamente sobre sus ramas casi negras, sin un ápice de verde. Las flores son de un llamativo color entre lila y malva y forman un espectáculo precioso, sobre todo si hay varios juntos, como puede verse en esta foto que he tomado cerca de casa (véase también la ausencia de aceras en las calles, por las que hay que caminar sorteando coches aparcados, cubos de basura o farolas, postes de la luz y artísticos setos con bordillos protectores)


Desde el primer momento me llamaron mucho la atención, pero entre unas cosas y otras no me he puesto a buscar nada sobre ellos, hasta hoy mismo.

Casi me caigo al ver que son Cercis siliquastrum o algarrobos locos. También hay quien les llama ciclamores y árboles de Judá. Incluso tienen el cursilísimo nombre de árboles del amor, por la forma de corazón que tienen las hojas que echan depués de florecer, pero me parece espantoso esto.

Aquí les llaman zamzariq  زمزريق

Las flores se usan como alimento, ya que tienen un alto contenido en vitamina C (debido al ácido ascórbico, que les da un cierto sabor amargo. pero no desagradable), muy necesaria en el momento final del invierno, sin apenas frutas o verduras frescas que llevarse a la boca. Simplemente se echan en las ensaladas, aunque también se hacen encurtidos con los capullos y las algarrobas que salen luego se pueden consumir cocinadas, pero esto último no es muy frecuente.

El motivo de mi sorpresa es el recuerdo de mi abuela Concha indicando con su dedo, mientras íbamos en el coche camino de Alicante y diciéndonos entusiasmada: mirad, un Cercisilicuatrum, lo que a mi sonaba a un galimatías espantoso, señalando árboles que yo nunca atinaba a identificar. Tampoco entendía el nombre del árbol, con lo fáciles que resultaban otros como los olivos, las acacias, las encinas o los plátanos de sombra, con los que yo no tenía ningún problema en localizar.

Sin embargo, me molestaban mucho las risas que a veces soltaban otros parientes menos avezados en la Botánica que ella, cuando la veían tan emocionada mirando por las ventanillas en busca del citado árbol. Esos parientes eran tan lerdos para reconocerlos como yo misma, pero se cuidaban mucho de decirlo, claro. ¿Cómo lo sé? Pues porque cada vez que les pedía que me mostraran uno sistemáticamente me mandaban a ocuparme de cosas más interesantes o a paseo, sin más. Nunca fueron capaces de señalarlos.

Cuando mi abuela falleció, dejé de oir ese nombre y me olvidé de los algarrobos locos, hasta que me los he vuelto a encontrar en esta tierra tan hermosa como maltratada por todos.

miércoles, 18 de abril de 2018

Chacales

La primera vez que oí hablar de ellos fue a una vecina del barrio en el que vivimos.

Ella me había invitado a cenar a su casa y cuando terminamos la velada, se ofreció a llevarme en coche. Me sorprendió mucho tal propuesta, porque vivimos a unos 300 metros de distancia y hacía una noche preciosa con luna casi llena y buena temperatura. De modo que la rechacé, maldiciendo por dentro la manía libanesa de ir en coche a todas partes. No había terminado la frase cuando me respondió muy sorprendida Pero, ¿no te dan miedo los güegües?

Como ellas es medio libanesa medio mejicana, pensé que los güegües eran algún tipo de mosquito o de murciélago propios de la zona, así que le pregunté, para saber a qué terrible bicho tendría que enfrentarme...

Al principio no se acordaba del nombre castellano, pero a base de fruncir el ceño le salió de golpe

- ¡Son chacales!

- ¡Uallah! ¿Chacales en el Líbano? ¿Ésos no andan por África?

- Nooooo, ¿no les escuchaste nunca aullar por las noches? Andan por aquí, rebuscando comida entre la basura y peleando con los gatos.

Entonces comprendí algo que nos tenía intrigados desde que llegamos. Los güegües dicho a la mejicana, al uaui en árabe  عالواوي

Ciertamente no era raro escuchar por las noches unos aullidos que, para ser de perros, sonaban muy extraños, pero supusimos que lo mismo se trataba de razas muy locales o muy exóticas, dada la tendencia al exhibicionismo de la sociedad libanesa. Pero obviamente no se trata de perros. Ahora ya tenían sentido, tanto los aullidos de unos como los maullidos y bufidos de los gatos callejeros, al disputarse los cubos de basura.

Desde ese momento me propuse andar más detenidamente a ver si me encontraba con alguno.

Y sí, alguna vez les he visto, incluso de día, muy descarados, pero no lo bastante cerca como para poder hacerles fotos. No se acercan mucho a los humanos, aunque tampoco huyen despavoridos. Simplemente pasan de humanos.

Viven en un espacio que cada vez les es más hostil por culpa de la construcción masiva que destruye la zona boscosa que nos rodea, próxima a la profunda garganta del río Beirut. Por cierto, se siguen levantando casas que luego quedan vacías.

Se trata de la especie Canis aureus, una de las tres especies de chacales que aún quedan en el mundo, propia de esta región del este mediterráneo y Asia occidental, posiblemente pertenecen a la subespecie Canis aureus syriacus. Están en peligro de extinción.

¡Y por fin tengo fotos!

Una de las hijas de la citada vecina, paseando a su perrito, pudo tomarlas hace poco. Aquí están



¡Qué bonitos son!

En su momento debieron ser importantes población, porque hasta hay canciones infantiles sobre ellos, aunque en estos dibus no salen muy bien parados. Gracias a mi mufakhakha Amane por el enlace.

sábado, 28 de octubre de 2017

Ahmad y Mohammed

Ahmad y Mohammed son dos niños de seis y siete años. Llevan unos cortes de pelo muy divertidos, que les hacen sus propias madres y hermanas que están estudiando peluquería. Acaban de empezar el Grado 1 en una escuela del barrio de Bourj Hammud, cercana a su casa, y están más felices que perdices por este motivo, ellos y sus familias también, claro.

Fueron de los primeros peques refugiados que conocí y acudían a la guardería que ayudo a cuidar mientras sus madres están en clase de inglés y de ofimática. Entonces no tenían aún los 5 años, pero venían como clavos, todos los días, a aprender lo que fuese. Sus caritas se iluminban al entrar en la clase y casi entraban en éxtasis cuando repartíamos los cuadernos y lápices para pintar.

Cuando a la otra persona que estaba conmigo se le ocurrió que podíamos enseñarles el abecedario inglés con un juego de letras (pintadas grandes y recortadas) sobre el suelo, que consistía en ponerlas en fila e ir saltando de una en una, como en el juego de la rayuela mientras se cantaba la conocidísima cancioncilla:

A - B - C - D - E - F - G -H - I - J - K - L - M - N - O - P - Q - R - S - T - U- V - W - X - Y and Z
Now I know my ABC's
Next time won't you sing with me.

ambos se sumaron con mucha vehemencia y entrega, a pesar de que en la clase teníamos otros elementos más interesados en chincharse mutuamente que en aprender ningún abecedario. Tanta voluntad y entusiasmo tenían que fueron los únicos que lo consiguieron. Eso les llenaba de orgullo y cada dos por tres les teníamos coreando a grito pelao el abecedario, Ahmed de carrerilla; Mohammed necesitaba saltar para poder acordarse bien.

Otros rasgos de su personalidad y de su comportamiento nos hablaban de una educación muy cuidada: nunca peleaban por la comida (a pesar de tener la misma hambre que los demás) sino que esperaban su turno haciendo fila sin rechistar. Si faltaba para alguno, no tenían reparos en compartir su ración, de hecho, eran los primeros en ofrecer una parte en cuando se daban cuenta de que alguien del grupo estaba con las manos vacías. A veces el reparto de la merienda se convierte en un gran follón, con todos arremolinados alrededor de la cesta de los manushis, manzanas o lo que toque y meten la mano varias veces, sin pizca de vergüenza; pero como la comida suele estar racionada, a veces nos encontramos que hay quienes se han quedado a dos velas, normalmente los que hacen la cola correctamente. Entonces toca revisar y hacer devolver a quienes se han guardado la comida en los bolsillos (de esto tengo que escribir otro día...) las piezas indebidas.

Tampoco se metían en las peleas habítuales ni nunca las iniciaban.

El primer día que la madre de Ahmed me invitó a su casa me sentí muy honrada. Ahí fue donde compartimos una manzana y un vaso de té para merendar y estuvo también la madre de Mohammed, casi una cría (no debe tener más de 25 años y ya tiene tres churumbeles). Después he ido muchas otras veces. En la última he conocido a un familiar que vive con ellos. Es un hombre de unos 30 años, que habla inglés bastante bien porque lo ha aprendido de manera autodidacta por internet y oyendo la radio. Me dijo que era pintor en Damasco, pero que su barrio está destruido y que ya no recibía encargos.

Tonta de mí, supuse que era un pintor de brocha gorda, pero no. Es un pintor que hace trampantojos en las casas: me enseñó algunas fotos de sus obras en impresionantes pisos damascenos. Cuando cerró la carpeta, nos preguntó si queríamos escuchar música. Yo imaginé que iba a poner la radio, pero no.

Sacó cuidadosamente de su bolsa un laud (ud) de factura preciosa, de taracea de nácar y distintos tipos de madera, una maravilla, vamos. Y empezó a tocar y cantar. Se sumó toda la familia: Ahmed y sus hermanos, su madre, Mohammed y los suyos, su madre y otra vecina que se acercó en cuanto el ud empezó a sonar. Se me puso la piel de gallina, porque todo el mundo cantaba muy bien, con el estilo de quien lo hace a menudo. Educación, arte, modales elegantes en una dignidad que las terribles condiciones de vida que sufren no ha logrado borrar ni una pizca.

Durante un rato me quedé, pero tuve que marcharme, porque vivimos lejos y las carreteras no tienen luz. De noche me es muy incómodo conducir por mi fotofobia y prefiero evitarlo: todo el mundo lleva las luces largas encendidas y voy constantemente deslumbrada.

Así que ahí les dejé, en su cuartito con colchones que extienden para dormir por todo mobiliario. De verdad que me siento muy agradecida cuando pasan estas cosas.


Contrastes de Beirut



jueves, 7 de septiembre de 2017

En una clase de inglés

Ayer vi en el feisbuk un vídeo del Intermedio que me dejó impactada porque demuestra la falta de conocimientos que padece mucha gente de menos de 25 años y de alguna manera, el innegable auge del fascismo en España.

No encuentro el enlace así que lo cuento: se trataba de una encuesta en una calle peatonal de Madrid (podría ser Preciados, Arenal o Fuencarral) en la que a gente de unos veinte años se les hacen preguntas como ¿quien escribió El Capital? o ¿cómo empieza La Internacional? con cuatro respuesta posibles. Todos los encuestados, excepto uno, no tenían ni idea de las respuestas correctas y, lo que es más grave, en la pregunta sobre La Internacional, las pistas eran las primeras palabras de distintas canciones e himnos, entre los que se encontraba el temible Cara al sol. Bien, pues bastantes lo señalaron como correcto y hubo varios que lo cantaron con mucha soltura, lo cual me hace pensar que lo cantan a menudo.

Pues justo ayer también acudí a una clase de inglés (hace mucha falta aquí, la gente habla inglés con mucha fluidez y hay que estar en aprendizaje contínuo) en la que nos propusieron el siguiente juego: dibujar un esquema con nuestro nombre en el centro y rodearlo de seis nubes con palabras que expresaran algo de nosotros, para iniciar una conversación. En una de mis nubes escribí trade union, o sea, sindicato en inglés.

Fue demoledor el momento en que se puso de manifiesto que nadie de la clase (y éramos 14 personas) sabía el significado de tales palabras, tanto la traducción a sus idiomas nativos como el mismo concepto de sindicato (bueno, en este caso debo decir que sí había dos personas que sabían lo que es un sindicato; curiosamente los dos alumnos más mayores y ninguno de ellos libanés)

Entre la profesora y yo explicamos lo que es un sindicato. Una de las preguntas que nos hicieron fue que si ayudan a buscar trabajo, alguien citó las agrupaciones profesionales, tipo Colegio de abogados o de licenciados en Filosofía y Letras (por influencia francesa, aquí se llaman syndicates a las organizaciones patronales). Al explicarles que un sindicato no es esto, sino una asociación integrada por los trabajadores asalariados en defensa y promoción de sus intereses laborales, con respecto al centro de producción o empleadores, se quedaron casi pasmados y me miraron con extrañeza...

En ese mismo momento comprendí muchas de las cosas que pasan en este país.

Y sentí mucha indignación.


lunes, 4 de septiembre de 2017

Otra vez Líbano

He escrito este texto en un cuaderno con boli durante el viaje Madrid-París-Beirut (no hay vuelo directo) de regreso tras el verano, en el día del Eid al Adha.

Estas vacaciones han servido para volver a comprobar lo que verdaderamente significa la sociedad capitalista regida por la regla aúrea: quien posee el oro, hace la ley para beneficiarse de ella.

Unos asuntos personales heredados de parientes ya fallecidos hace un tiempo, me han puesto en evidencia que las organizaciones estatales -por mucho barniz democrático que se autoadjudiquen- son estructuras creadas por las élites dominantes desde hace siglos para servirse de la población, especialmente la asalariada por cuenta ajena, a la que nos dejan unas migajas que nos crean las ilusiones de libertad e igualdad, que no existen salvo que tengas dinero para pagarlas. De fraternidades no digo nada, que me da la risa...

También he aprendido que el mundo empresarial es sencillamente asqueroso y que en este país que algunos se empeñan en defender ciegamente (Ejjpaña), un narcotraficante con dinero tiene casi todo ganado ante las instituciones que nos gobiernan frente a cualquier obrero/a que viva de su salario, por mucha cualificación intelectual o académica que éste/a tenga.

Mientras escribo esto, hacemos cola cinco aviones para despegar. Algunos pasajeros del mío se indignan porque hay aviones que han llegado después a la cola en las pistas, pero despegan antes que nosotros. ¿Estulticia de consumidor?

Me da tiempo a ver un enormísimo avión chino, que vuela lentamente, casi dan ganas de empujarle... Después sale un Ryanair, que parece un mosquito al lado del chino, despegando casi en vertical y rápidamente, con mucha agilidad. Otro de Iberia y ya nos toca.

Por cierto, estoy harta de la Air France. Se ve que el concepto Legalité no forma parte del ideario de esta compañía.

En el mostrador de facturar (Barajas, T2) me dicen, de ciertas malas formas, que debo pagar 30 euros extra por el asiento de París a Beirut, que les consta que no he abonado. ¿Ehhhhh? Resulta que al hacer el checkin por internet, Air France me asigna unos asientos concretos para ambos vuelos y en la web no aparece ninguna información sobre si son más caros o no. Yo cliqué en CONTINUAR tan tranquila.

Me quedo muy sorprendida y le digo a la azafata que no puede ser, que yo ya pagué mi billete hacía meses y que no había ninguna indicación de abonar nada más al hacer el checkin on line. Su respuesta fue la siguiente O paga usted el asiento o le quitamos la plaza en París.

Naturalmente no pagué y me fui derechita a poner una hoja de reclamaciones en otro mostrador. Ahí, otra persona me confirma que efectivamente les consta que no he pagado ese suplemento, porque el asiento que ellos mismos me han dado es más caro y llama por teléfono a Reclamaciones, para escuchar una voz masculina joven con acento francés que me dice, por tercera vez, que debo 30 euros pero que mejor espere a pagarlos en París.

Así que rellené mi hoja de reclamaciones explicando todo esto y bastante cabreada, porque el tiempo de trasbordo para subir al avión de Beirut es más bien escaso y el tamaño del aeropuerto Charles de Gaulle hace que la T4 de Barajas parezca una patera. Me temo lo peor, o sea, perder el enlace a Beirut, que a algunos conocidos ya les ha pasado.

Mientras volamos cruzando sobre la Sierra de Somosierra se aprecian perfectamente las siguientes peculiaridades geográficas:

•    la cantidad de piscinas que hay en todas partes,
•    los estragos que han causado los incendios: hay muchas más calvas que vegetación,
•    la sequía plasmada en la gruesa cinta blanca de las orillas de los pantanos de El Atazar y Riosequillo,
•    los campos de trigo ya segados en la Meseta Norte, con cambios de color en la tierra matriz,
•    la forma de las parcelas de cultivo y lo que contienen: viñedos, cereales, etc., los eriales y los bosquecillos, los caminos, las carreteras.

Por eso me gusta volar de día. ¡De hecho, me encantaría volar a esta altura por todo el mundo, para apreciar todos sus paisajes!

También estas vacaciones hemos debido tomar decisiones muy importantes para mi tribu particular. Si el Universo no se opone, el curso que viene (2018-19) seguramente esté de regreso a mi vida habitual en Madrid. Durante todo este tiempo han pasado cosas, algunas muy buenas, otras horribles y tengo que pensar en la readaptación...

Mientras, un pasajero amable nos enseña el Desfiladero de Pancorbo ahí abajo.

¡Ya empezamos con las turbulencias! No puedo seguir escribiendo porque he descubierto que me marean mucho.

Ahora sobrevolamos Donostia. Se ve perfectamente el Ratón de Guetaria y la playa de Zarautz. También más sitios que no soy capaz de identificar. El mar está azul, precioso y tranquilo. Mal día para surfear.

Es curiosa la experiencia esta de volar tan a menudo. Hay viajes que resultan buenísimos porque no sucede nada extraordinario, independientemente de la clase o compañía por la que hayas pagado. En otras ocasiones todo parece conjurarse para joderte la marrana, como me sucedió en junio, cuando hasta tuve una discusión con un gilí de seguridad, por culpa del retraso del avión Beirut-París, en la que el citado sacó a relucir la Igualdad como valor francés al pedirle yo, por favor, que me dejara pasar en la cola de control de pasaportes, ya que sólo quedaban veinte minutos para el despegue y aún debía cruzarme todo el CDG, que es mú grande, mú grande. Pude pasar gracias al jaleo que le montó al gilí la gente de la cola, cuando enseñé el billete para demostrar que no pretendía colarme.

Otras veces las cosas empiezan muy mal, como en este viaje, pero luego parece que se enderezan y pasan cosas buenas, como el ratito de conversación con la pasajera de al lado hasta llegar a París o que finalmente, NO he tenido que pagar nada más por mi asiento hasta Beirut.

Mientras volamos por encima de Innsbruck nos traen un aperitivo. No veo nada porque hay un mar de nubes debajo del avión. Pero, aunque hubiera estado despejado, tampoco habría visto nada: el asiento dichoso ese que se supone que me costaba 30€ más está justo sobre el ala que me tapa todas las vistas. Eso sí, puedo ver la cara oculta de las nubes, que a veces son pura niebla y a veces son como una alfombra de merengues. Ahora la comida, que no está mal. Nunca espero comer en el avión como en casa, así que me suelo conformar con lo que me dan.

Hace mucho frío en este tramo del vuelo, a pesar de taparme con la mantita que nos entregan al sentarnos, de modo que me pongo a ver una peli en inglés, para distraerme, practicar un poco y que se me olvide esta parte tan rollo del viaje. Además, las turbulencias (ya estamos sobre Rumanía) siguen y no nos dejan ni levantarnos del asiento ni desabrochar los cinturones. Creo que me voy a dormir...

¡Ya se ven las luces del Líbano! Es perfectamente distinguible este país desde el aire: está todo iluminado, a pesar de los problemas de energía que tienen aquí.

Mejor me preparo para bajar y empezar esta parte del año aquí bien alerta.

jueves, 18 de mayo de 2017

Excursión al Chouf

Hace poco he vivido un día muy especial, lleno de aprendizajes y situaciones nuevas, a pesar de los casi dos años ya que llevo aquí.

Pronto va a empezar el Ramadán y tendremos vacaciones en el colegio donde cuido peques. Por ese motivo hace unos días organizaron una excursión a un merendero, el Jalsit Abou Michel, en el fondo de un valle de la región del Chouf.


Allá que nos fuimos en dos autobuses de los que son típicos aquí para este tipo de menesteres.

El punto de reunión fue el piso donde se desarrolla el trabajo social con las madres y ahí tuve el primer elemento de reflexión. La persona de la organización que estaba allí no me conocía, porque yo voy al colegio por las tardes y además, ella llevaba poco tiempo trabajando. Cuando le expliqué que iba a la excursión, inmediatamente me condujo a una de las habitaciones en la que había un grupo de mujeres que también eran desconocidas para mí. Hablaban árabe, pero su aspecto, su vestimenta y sus maneras se diferenciaban mucho de las habituales de las refugiadas con las que trabajo. Éstas andaban brujuleando por aquí y por allá, como suelen hacer, mientras que las otras no salían de esa habitación y sólo hablaban entre ellas. Estoy segura de me que colocaron con ellas porque la persona de la organización había dado por supuesto que yo era cristiana, ya que se suele dar por sentado que esta es tu condición como europea. A menudo se establece que ejjpañola = cristiana católica, ojo, precisión incluida. Citar la declaración de apostasía suele generar convulsiones, sea el contexto que sea.

Al poco tiempo de sentarme entre ellas se interesaron por mí, así que empezamos un parlez-vous en el que me contaron que también eran refugiadas, pero iraquís (de Mosul) y que habían llegado hacía poco en avión a Beirut: primera sorpresa, ya que las sirias suelen venir en coches por caminos lejos de la autopista de Damasco o directamente caminando por veredas que cruzan la Cordillera del Antilíbano, sólo con lo puesto. En cambio, a las iraquís se las veía vestidas con ropas buenas y enjoyadas de manera llamativa (ya sé, puede ser debido a la costumbre local de invertir en joyas de oro por si hay que salir corriendo poder llevarlas encima).

En eso estábamos cuando dieron aviso que habían llegado los autobuses y nos pusimos a bajar todos los archiperres de la excursión: shishas, unas cuantas botellas de 10 litros de agua, barreños enormes para preparar las toneladas de comida que también había, refrescos, un aparato de música, yo que sé qué más...

Y segunda sorpresa/elemento de reflexión: se produjo una suerte de selección natural de modo que las iraquíes se fueron para uno de los buses y las sirias para el otro. A mi me tocó finalmente ir con las iraquíes y algunas sirias, más parte del personal de la ONG y sus familias.

Partimos, con un conductor que en España ya llevaría jubilado 15 años, el cual ponía cintas de cassette a todo volumen, con gran regocijo general. Tanto, que algunas de ellas se arrancaron a bailar dentro del autobús, lo que resulta enormemente complicado porque el interior difiere ligeramente de lo que normalmente imaginamos, como puede verse en la imagen del bus de las sirias (las he borrado las caras por aquello de la privacidad):

 

Durante el viaje me contaron que la mayoría de ellas eran licenciadas en distintas universidades, que en Iraq estaban trabajando y cuidando de sus familias y que ahora intentaban recomponer un sus vidas, esperando el viaje a un lugar mejor, preferiblemente Suecia, donde muchas de ellas ya tenía parientes viviendo. También se apresuraron a explicarme que eran cristianas (obvio, por la cantidad de cruces de oro y medallas que llevaban) y, por supuesto, me preguntaron si yo lo era.

La primera tarea al llegar al merendero fue preparar toda la comida que habíamos llevado. A pesar de tratarse de una zona de alto interés ecológico, con las reservas de cedros no lejos de allí, se pueden encender barbacoas. Bien es cierto que dentro del recinto del merendero, pero no me dejó de asombrar esto. Así que se pusieron manos a la obra: a cortar lechugas y tomates para la fatush, a cortar perejil y cebolla para el tabule, a darles forma a las kibbe...

Ahí vino la segunda sorpresa/elemento de reflexión: al empezar a hacer la comida todas ellas se implicaron y empezaron a colaborar, a ayudarse y a intercambiar info de cómo se cocinan en sus lugares de origen esos mismos platos. Parecían hormiguitas, todas trabajando concienzudamente y aprendiendo las unas de las otras.


Yo intenté ayudar, pero entorpecía más que otra cosa, al no conocer muy bien el procedimiento, asi qué me dediqué a observarlas hasta que me aburrí. De modo que, acompañada por una de las niñas refugiadas y una quinceañera familiar de una persona de la ONG, me fui a dar una vuelta por los alrededores. Había huertas, un molino hidráulico bastante antiguo, zonas de frutales, chumberas, abejas... en fin, lo que suele haber en el campo. Es un lugar bonito y tranquilo, sin coches... ¡todo un lujo en este país!


En pleno paseo llamaron al móvil de la quinceañera y a la pobre se le cambió la cara según hablaba, pidió por favor regresar rápidamente al merendero y allí nos estaba esperando la madre, hecha una fiera con la chavala. Nos quedamos bastante planchadas porque no había motivos para tal bronca, pero quía, resulta que sí. 

Tercer elemento de reflexión: yo hice mal en no avisar a la madre de que nos dábamos un garbeo por ahí, pero nunca imaginé el motivo que le había causado tal ataque de nervios. No se trataba de la posibilidad de ser atropellada, ni la de perderse por las veredas, ni la de caerse al río, que eran justo los cuidados que yo estaba teniendo con ellas.

No, su miedo era que todo estaba lleno de sirios que podían asaltarla y agredirla (sic). ¡Toma ya! Sobre todo porque no vimos ni uno. La mujer se engoriló bastante, hasta hacer llorar a su hija y yo me sentí bastante mal, claro. Me costó casi un par de horas que aceptase mis disculpas y me quedé muy chafada el resto del día. Esto fue lo que más me sorprendió y me hizo reflexionar: las preocupaciones que tenemos en la cabeza acerca de nuestra prole según nuestras circunstancias.

Por lo que veo todos los días, sus cuidados son muy distintos a lo que yo he aprendido: no están tan pendientes de accidentes (de hecho, es muy frecuente que hagan brechas, rasguños considerables, que se rompan huesos porque juegan bastante salvajemente pero esto no parece preocuparles mucho). Incluso un bebito que se trajo una de ellas se quemó un pie al volcársele encima una taza de té hirviendo y la madre no hizo aspavientos, se lo tomó como una fatalidad. Intenté ayudar sacando el gel de una planta de aloe vera que había por allí, para lo cual tuve que pedir un cuchillo en el merendero, cortar las hojas y sacar el gel, maniobras que me supusieron ser blanco de muchas miradas muy extrañadas. Al intentar aplicarlo al crio la madre no me dejó, porque no sabía lo que era. Pero luego se les va la olla con asuntos como secuestros, asaltos y otro tipo de males que, desde luego, yo no tenía en la cabeza cuando nos fuimos a pasear en ese contexto.

Mientras tanto pasaba esto, sirias e iraquís habían terminado de cocinar (al final me aceptaron como pinche para terminar de cortar el tomate, en cuadraditos muy pequeños para rematar el tabule y se reían de lo despacio que iba) y preparamos las mesas. A alguien se le ocurrió que en vez de sentarnos en grupitos, hicieramos una mesa larga. Éste fue el resultado:


También se produjo una selección de los sitios según nacionalidades y a mi me tocó un punto frontera entre iraquís y sirias. Pero todas venían a traerme comida, porque se preguntan cómo es posible que no me duelan los huesos dada la escasa cantidad de carne que los cubre y me llaman hafifa (flaca). Su objetivo, además de hacerme engordar, fue que probase los platos según los habían preparado unas u otras. Debo decir que apenas noté diferencias, pero les hice saber que estaban buenísimos, porque esto era exactamente la verdad.

Tras la comida alguien sacó una darbuka y ahí sí que se produjo la fusión total. Casi todas ellas saben tocar. No son percusionistas profesionales, pero son capaces de sacar unos ritmos suficientes para proporcionar casi una hora de bailoteo y palmas.

De modo que fue un dia muy intenso, con muchas pequeñas vivencias en las que las diferencias culturales pesaron mucho.

Aquí están, en plena danza, libres y disfrutando de lo que ellas consideran un día bueno, fuera de las preocupaciones diarias que son muchas y graves:


sábado, 18 de febrero de 2017

Un día de viento en Beirut

El jueves 16 de febrero de 2017 fue un día bastante despejado y frío aquí en Beirut, con mucho viento que soplaba del mar llevándose la contaminación habitual. O sea, un día perfecto para darse un garbeo por la Corniche al bahar. Así que gestioné mis asuntos por la mañana pronto para poder caminar desde la Bahía de la Aceituna hasta las rocas de Rauche.



Pero como moverse por aquí es un suplicio, mucho más si hay que entrar al centro de Beirut, lo que suelo hacer es usar el coche para salir de mi barrio (a unos 12 km. del centro) hasta otro barrio que hay ya formando parte de la ciudad (Sin el fil, Diente de elefante) donde se puede aparcar razonablemente y ahí subir a un service (taxi comunitario) hasta donde sea que vaya una.

Ese fue mi objetivo al salir de casa. Pero ¡quía! El universo se había propuesto ese día que yo no paseara por la Corniche y vaya si lo logró.

El primer tropiezo del dia fue con el service que tuvo a bien aceptarme. No es el primero, ya contaré otros... Normalmente el conductor del coche-service se te acerca pitando para que te enteres de que está ahí, tú dices dónde vas y si le interesa, te indica que subas; de lo contrario, te dice que no y sigue su camino. Me subí como al cuarto que pregunté, que me dijo que sí le venía bien pasar por ahí dónde yo iba.

Durante cinco minutos todo fue bien, una señora sentada en el sitio del copiloto, hablando animadamente con el conductor cuando, de repente, éste se vuelve hacia mí y me pregunta que si soy rusa (pregunta-eufemismo para saber si soy prostituta, debido la abundante presencia de mujeres de ese ámbito geográfico que intentan sobrevivir aquí o son explotadas en esa actividad). Le digo que no y entonces me contesta que su coche no es un service, que es un taxi y que para ir a la Corniche al bahar le tengo que pagar 15 dólares. Me quedo frita, porque claro que era un service (llevaba ya una pasajera al subirme). Le contesté que lo sentía mucho, pero no tengo ese dinero (además era cierto), que yo quiero un service (por los que se paga 3.000 liras libanesas, unos dos euros, por trayecto) y que me bajo. Pero no se paró y no me atreví a bajarme en marcha o similar. La mujer se suma a la conversación y me pregunta si hablo árabe y que de dónde soy. Mientras tanto, el coche sigue avanzando hacia el destino de ella (iba primero y la dejan primero) que era un barrio que no tenía que ver con mi destino. Al bajarse la mujer, el conductor me vuelve a decir que 15 dólares o nada.

Pues claro que nada, aunque ya estaba mucho más lejos de la Bahía de la Aceituna que cuando me subí. Asi que me bajé tras pagarle las 3.000 libras correspondientes, rabiosa por no saber suficiente árabe como para decirle cuatro cosas, asi que he tirado del primer insulto que aprendí aquí: sharmutta, que es malo, muy malo. Y de tanta rabia que tenía pensé primero que vaya especie más lamentable la de los conductores de taxi y después que para qué intentar ni siquiera llegar a la Corniche, que lo dejaba y me volvía a casa y esas cosas que se piensan en esos momentos.

Pero en ese momento me sonó la vocecilla de si quieres, puedes; persigue tus sueños, mueve el culo que te has organizado para ir allí y ahora lo vas a dejar... en fin, que me eché a andar otra vez, muy decidida, hasta que llegué a mi destino (al final resultaron ser 8 kilómetros, contados con mi fastuoso invento ese que te pones en las caderas y cuenta los pasos y los kilómetros que andas y como con el viento y la caminata ya se me había pasado el mal rollo, pues me puse muy contenta de mí misma.

Asi que accedí a la Corniche desde Zeituna, donde hay unos edificios y un malecón que no dejan ver el mar abierto y justo a unos 200 metros ya se abre la zona de paseo sobre el mar, que suele estar llena de gente. Pero no contaba con que el Universo había decidido que yo no paseara. Pongo las fotos para que se vea bien el motivo:










O sea, que al final, nada de caminar, a menos que quisiera terminar empapada como unos cuantos pringaos que se atrevieron a recorrer el paseo. Las olas saltaban en cualquier momento y con el frío que hacía, eso de empaparme no me seducía nada.

De modo que media vuelta, té calentito en uno de los locales que dan al mar, protegido con cristaleras y hale, de vuela a casa. Al volver, tenía que tomar de nuevo otro transporte para llegar a Sin el fil y ningún service me llevaba hasta allí. Donde estaba parada había un chaval esperando también que le llevaran por la zona y como tampoco le subían, me indicó que tomaramos una guagua que pasaba por ahí -sólo sabes dónde van hasta que te lo dice el conductor- hasta un punto que seguro encontraba quien me llevara. Esas guaguas, que normalmente tienen la puerta arrancada para poder facilitar la entrada y salida de pasajeros, son toda una lección social. Esta vez durante el recorrido pude hablar con un tipo que me contó que no me decía su nombre porque todo el  mundo miente y estuvimos de parlez vous hasta llegar al final del recorrido.

Ciertamente allí encontré un service que me llevó sin más historias, sin dar rodeos y sin preguntarme de dónde soy.

martes, 10 de enero de 2017

Hoy me han echado de una iglesia

Si, exactamente de la iglesia-catedral de San Nicolás en Saida (Sidón, para la tradición occidental). Hoy nos ha tocado ir por esa ciudad y aprovechando que hacía un día precioso, hemos dado una vuelta por el casco antiguo que es Patrimonio de la Humanidad.


No es la primera vez que me echan de una iglesia, que conste, ya me pasó en varias ocasiones a eso de los 7 años porque me aburría como un hongo cuando me llevaban a misa y me ponía a bailar flamenco, con grave escándalo de los asistentes, del celebrante y de mi pobre abuela Concha, a la que le daban unos soponcios enormes que yo no acertaba a comprender...

Esta iglesia de San Nicolás de Saida se construyó en el siglo XV para servir como sede del arzobispado bizantino de Antioquía, culto cristiano oriental que se remonta al siglo VII. Tiene la cúpula más grande de la ciudad y el altar data de la época de los mamelucos, oculto por un iconostásis levantado en el siglo XVIII. En 1819 la iglesia se dividió en dos partes: una para la comunidad ortodoxa griega y otra para los católicos melquitas. En la entrada de la parte ortodoxa griego hay una capilla muy pequeña dedicada a los santos Pedro y Pablo, que según la tradición fue el lugar de un encuentro entre estos dos santos (alrededor del año 58 d.C.) Justo en este sitio han empezado los problemas...

Para llegar a la iglesia hay que callejear por el zoco y se encuentra en un tramo estrecho acodado, la única pista es el cartel que aparece en la foto, porque la puerta del recinto no se diferencia en nada de las de las casas de alrededor. Justo enfrente hay una pastelería pequeña que fabrica delicias turcas. Hemos hecho la visita sin tener información previa del sitio y claro, hemos tenido que hacer algunas preguntas.


Se entra llamando a un timbre a través de un boquete de la puerta de madera, bueno, hay que esperar que venga el sacerdote que la abra para poder entrar a un patio de planta irregular al que se abre la capilla citada, una escalera y la entrada a la iglesia-catedral. Este hombre ha resultado ser el típico con barbas blancas rizadas y sotana costrosilla, voz suave y ademanes pausados.

Hemos empezado mal, porque lo primero que nos ha dicho es que había perdido la llave para entrar y que tenia que subir a buscarla. Nos hemos quedado esperando en la capilla, que es un espacio minúsculo (yo creo que unos 6 metros cuadrados como mucho) donde había una mesita cubierta por un paño y ahí se adivinaba la silueta del pedazo de llave (casi 20 cm.) que se suponía perdida. Así que he levantado el paño, he cogido la llave y he salido al patio para avisarle a gritos, porque andaba por arriba del edificio. Primer mosqueo del menda, se le ha visto en la cara. Para mí que eso de la pérdida es su excusa para no perder el tiempo con los turistas...


Ha abierto la puerta y hemos entrado al interior de la iglesia-catedral, que también nos ha parecido que tenía una planta muy rara y muros que no nos cuadraban... eso sí, un iconostásis con sus cortinas correspondientes cerradas y me he metido por ahí detrás a ver lo que hay en ese espacio tan secreto. Resulta que hay otro altar y, lo que me ha dejado muy sorprendida, un miharab mameluco. Así que he salido a preguntarle porqué estaba eso ahí. Nos ha explicado que lo compraron en un derribo. Pero tampoco le ha gustado mucho que preguntara, segundo mosqueo...

En la foto 2ª se ve muy bien como la bóveda de la nave tiene una inclinación rara respecto al muro lateral, así que le hemos preguntado porqué estaba construido así, ya que parecía haber más edificio al otro lado del muro. Esto le ha dejado flipando al hombre y nos ha contestado que efectivamente ese muro lo que hace es dividir la iglesia en dos partes, una para ellos, los griegos ortodoxos y la otra para los católicos melquitas (que está cerrada por obras ahora). Ahí ha sido el tercer mosqueo, porque se me ha ocurrido decirle que no comprendía tal división, si todos los cristianos adoran a la misma divinidad.

¡Ojú mi arma cómo se ha puesto...! Nos ha recomendado la lectura de un libro alemán sobre las distintas iglesias de Próximo Oriente y a la vez que nos decía Estos occidentales no tienen ni idea nos ha abierto la puerta y nos ha señalado el camino a la calle.

De modo que nos hemos ido a ver el Museo del Jabón, que está cerca pero ya lo cuento otro día si eso...

martes, 13 de diciembre de 2016

Un campamento de refugiados cualquiera

Desolación, angustia, desamparo, tristeza, intemperie, barro, frío, enfermedad, destrucción, devastación.

Muerte en vida.


Hoy he estado en un campamento de refugiados sirios en un paraje, Ain Dallabass, del municipio de Zahle Maallaqa Aradi, en el valle de la Beqaa, en el Este del Líbano, entre las dos cordilleras (las del Líbano y del Antilíbano) que dan a este territorio su mayor riqueza: el agua. Es un campamento del tipo que el ACNUR considera asentamiento informal y alberga a 20 familias con un total de 90 personas, que viven ahí desde 2013.

La mayor parte de esas familias proceden de la ciudad de Homs, que en circunstancias normales quedaría a unas dos horas en coche:



Este campamento está situado en una tierra muy rica para la agricultura, famosa por los viñedos y bodegas que exportan vino a todo el mundo. De hecho, para llegar desde las oficinas del ACNUR hasta el asentamiento se pasa por delante de una de las más renombradas, que hasta ha ganado concursos enológicos en España con sus productos.

Precisamente estas tierras tan ricas permiten que un 35% de los residentes en el campamento encuentren trabajo como jornaleros, con los siguientes salarios medios: hombres, unos 17$ diarios; mujeres y criaturas de más de 10 años, 6$ diarios.

Las parcelas donde se montan las tiendas de campaña se alquilan a las familias por unos 330$ al año /tienda. Si además quieren luz, tienen que pagar 47$ mensuales más por tienda, que dados los ingresos citados anteriormente, pues resulta que carecen de suministro. Al respecto me gustaría indicar que no son tiendas de campaña tipo estupendo, de esas que pueden cerrarse y quedar aisladas de la intemperie, con suelos estancos y demás... No, nada de eso. Se trata de grandes sábanas de plástico grueso montadas sobre estructuras de madera que ya está medio podrida, que dejan pasar el aire, no son estancas, con el paso del tiempo se agujerean y tampoco quedan aisladas del suelo.


La palabra parcela también es engañosa. El campamento se asienta sobre un barrizal pegajoso, en medio de la nada, a varios kilómetros del pueblo, sin alumbrado ni canalización de las aguas que inundan el interior de las tiendas y empapan los pies de los residentes.

El ACNUR les proporciona ayuda económica para alimentación y asistencia básica, unos 200$ mensuales divididos en varios conceptos, además de materiales como mantas y estufas de leña, de esas tipo salamandras, que alimentan con los trozos de madera que pueden recoger por ahí. Algunas familias pueden comprar gasoil. Además se proporciona a las familias asistencia legal, prevención de riesgos psicosociales, ayudas a medida para personas con necesidades especiales y acceso a algunos centros sanitarios y educativos.

Hasta aquí lo que ponen los papeles. Ahora contaré lo que pasa.

La vida de esta gente es una inmensa mierda.

Huyen de un país en el que ya no tienen nada porque la guerra les ha destruido las viviendas, sus puestos de trabajo, su estructura social y todo lo que entendemos por vida normal. Tampoco pueden moverse mucho por aquí, ya que no están reconocidos como seres humanos sujetos a derechos. Sus vidas transcurren en la clandestinidad y son objeto de explotación de todas las maneras imaginables y seguramente varias más. Como vienen de un lugar en el que cualquier activismo social está perseguido, hasta las asociaciones de vecinos, no están capacitados para organizarse como grupo y son presa fácil de todo tipo de abusadores, incluidos compatriotas espabilaos que se aprovechan de su miseria. Además, para recibir la carta de refugiado el gobierno obliga a firmar un compromiso de no trabajar, así que puede imaginarse fácilmente la clase de explotación a la que está sometida esta gente.


Hoy llovía mucho y hacía un frío pelón, andábamos a unos 6ºC a las 12'00 de la mañana (la zona se encuentra a unos 900 m. de altitud sobre el nivel del mar) y se esperan ya para este fin de semana las nevadas que cubren con unos 15 cm. de nieve este valle hasta la primavera que viene.

Aún así, había multitud de gente menuda correteando por allí porque no tienen medios para llegar a las escuelas y además, si trabajan, pueden llevar unos dólares a las familias. Parte de esa gente menuda iba vestida con camisetas de manga corta y las sandalias de plástico de esas que usamos en verano para las piscinas.

Manos heladitas, mocos verdes taponando las naricillas, toses, asma y malos pelos embarrados. Montones de basura por todas partes y miradas entre asombradas, curiosas y sorprendidas de ver allí a gente que no es la habitual. Hombres deprimidos y malhumorados hasta la violencia porque no son capaces de proveer para sus familias, que es lo que han venido haciendo durante toda su vida y ha sido su razón de vivir. Mujeres que son el eslabón más débil y que a veces, sorprendentemente consiguen empoderarse porque se cuelan por los resquicios del sistema y consiguen subempleos para también ayudar a sacar adelante a sus familias.


En la tienda de una de las familias, cuatro niños, de los que uno es un bebé recién operado de un absceso al que no le pueden pagar todas las medicinas que necesita, otro un crío asmático, una niña encantada con sus gafas recién conseguidas y otro crío más que van a la escuela a veces y ya saben decir My name is ... Una estufa salamandra con maderucas quemándose atufando al crío asmático. El sonido de la lluvia sobre el plástico.


Las risas cuando nos hemos hecho cosquillas, la mirada de los padres al pedir ayuda económica para los peques enfermos. La comitiva de hombres encabezada por el mediador del campo, que suele ser el compatriota espabilao o algún prócer de la localidad de origen que mantiene el liderazgo en el campo. Las sonrisas a la despedida. El barro pegajoso y la lluvia fría. Las cabezas asomando de otras tiendas y las mismas miradas, respondiendo muy educadamente a los saludos. La niña que llega andando de la escuela cargada con una mochila de la UNICEF. Menos mal, ésta tiene puesto un jersey sobre la camiseta.


El silencio durante las dos horas de viaje hasta volver a casa.

El dolor infinito de saberse responsable de la situación de esta gente.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Peques en el Líbano

Por esas cosas que pasan, me encuentro ahora mismo relacionada con dos ámbitos educativos muy distintos.

Uno es de los considerados estupendos en este territorio: privado, internacional, carísimo y de rancia tradición. En un paraje excelso. Con ilustre ex-alumnado y estudiantes que acuden de distintas partes del mundo. En este centro educativo pasan cosas chocantes, como la diferente percepción que tienen los citados estudiantes y el resto de la comunidad educativa y sociedad local (con algunas excepciones) del centro en cuestión: los primeros no andan muy contentos en general... En ese cole intento enseñar Lengua y Cultura Ejjpañolas. Sus estudiantes al principio inician una batalla para ver hasta dónde pueden llegar contra ti, como docente novata y responden de manera inesperada cuando ven que no actúas como la mayoría de los otros profes, es decir, con la cara avinagrada y a gritos ante sus provocaciones. 


Podría decir que está resultando casi mágico ver cómo poco a poco van abriendo sus cabezas y sus bocas para contar cosas sobre su vida escolar que no hubiera imaginado nunca que iban a decir. Hoy, por ejemplo, he podido escuchar las siguientes frases:
  • Aquí, si sufres acoso escolar, es mejor callarse. Todo el mundo dice que es algo malo, pero si les cuentas que te está sucediendo, no hacen nada y encima te cae una bronca por hablar.
  • Pues a mi me gusta acosar porque me siento poderoso (literal)
  • El acoso escolar es una manera de prepararte para la vida real.
Hay estudiantes que, por sus trayectorias vitales, han vivido en mil y un lugares, en internados, hablan varios idiomas con mucha fluidez e incluso tienen dos nacionalidades, a veces ninguna libanesa. A pesar de las pocas ganas de estudiar que suelen demostrar, es posible percibir en ellos el entrenamiento académico que han tenido desde pequeños, cómo demandan conocimientos de manera exhaustiva y los absorben sin demasiadas dificultades. Su principal problema es la vaguería infinita que les provoca el uso de los distintos aparatos electrónicos que poseen y da mucho coraje ver tanto talento desperdiciado por el exceso de comodidades que les rodea.

El otro centro educativo con el que tengo relación es el de refugiados al que acudo como voluntaria, en uno de los barrios más deprimidos de Beirut y a cuyo patio los cristianos vecinos tiran basuras porque les molesta el ruido de los niños y porque, además, no les gusta que haya colegios para este tipo de gente. También es muy sorprendente tratar con estos peques. 

Hay estudiantes que por sus trayectorias vitales no saben qué es ir al colegio, porque la mayoría ha nacido con la guerra empezada y nunca han pisado ni guarderías ni escuelas ni nada parecido. Por lo tanto, hay cosas básicas que no saben, como hacer filas para esperar turno, enfrentarse a una hoja de papel en blanco o simplemente saber que van a estar ahí un rato y luego van a regresar con sus familias. Lloran mucho y hasta que no vuelven a ver a sus madres no se tranquilizan.

Es casi mágico ver cómo asoman sus caracteres y su naturaleza: gente menuda solidaria que comparte la meriendita con otros peques y cuidan de sus hermanxs más pequeñxs. También están los cabrones que aprovechan cualquier oportunidad para quitar la comida al prójimo o sacudir a gusto a quien mejor les parece. Incluso hay quien aprovecha cualquier debilidad del otro para hacer maldades, como a un peque de cuatro años que no habla y camina malamente (lleva unas botitas especiales que le ayudan a sostenerse, parece tener parálisis cerebral o algo similar) al que tenemos que vigilar especialmente porque le suelen empujar para ver cómo se cae, por diversión.


Están aprendiendo a leer y escribir, también inglés, francés y todas las asignaturas que se dan en la enseñanza primaria/secundaria, para que puedan estar al mismo nivel que los estudiantes libaneses cuando accedan a ella.

A pesar de las vidas tan perras que llevan, es posible percibir en ellos el ansia de saber que se les desarrolla cuando se dan cuenta de sus capacidades, demandan conocimientos de manera exhaustiva y los absorben como esponjas, sin muchas dificultades. Su principal problema es la frustración que les provoca la falta de medios (no es raro verles hacer deberes en el mismo colegio, porque en sus casas no hay luz o materiales para estudiar, incluso he llegado a verles sentaditos en la calle con sus cuadernos) y da mucho coraje ver tanto talento desperdiciado por la indecente penuria socioeconómica que les rodea.

jueves, 13 de octubre de 2016

Conmemoración de Ashura en Nabatiyeh

Léase Nabatiya, que es una ciudad al sur del Líbano de población mayoritariamente chiíta o shía en árabe: شيعة


CUESTIONES PREVIAS:

Shía significa partidarios, partido, seguidores o adeptos. Originariamente se llamaban shía'tu ali, es decir los seguidores de Ali. La historia se remonta hasta el momento de la sucesión al frente de la comunidad islámica, tras la muerte del Profeta Muhammad. Hablamos del año 632 d.C. / 11 Hégira y del gran abismo que se abrió en la umma (o comunidad de musulmanes) por causa de esa sucesión, que divide a los musulmanes entre sunni y shía.

Tras una serie de eventos entre los que pretendían que esa sucesión quedase en la propia familia del Profeta y los que propugnaban otra solución, llegó a ser califa Abu l-Hasan Ali Ibn Abi Tálib, a la vez primo y yerno de Muhammad, convirtiéndose en su cuarto sucesor. Su legitimidad fue puesta en duda, dando lugar a una guerra civil que dividió a los creyentes en tres grupos: los shi`at Ali o partidarios de Ali, los jariyíes y los sunníes, siendo éstos último los que toman el poder dando lugar al Califato Omeya de Damasco. 

Tras su derrota, Ali se hizo fuerte en la ciudad de Kufa, en donde fue agredido el 19 de Ramadán del año 40 de la Hégira (aprox 25/26 de enero del 661 d.C.) al rezar en la gran mezquita de esa ciudad. Le hirieron con una espada envenenada mientras se postraba en la azalá del Amanecer. Ali ordenó a sus hijos que no atacasen a los responsables. En caso de que Ali sobreviviera, el asesino sería indultado, mientras que si moría, el asesino debería recibir sólo un golpe (aunque no le matasen). Ali murió poco después, el 31 de enero del año 661 d.C. (o sea, el 21 de Ramadán del año 40 de la Hégira). Hasan, su hijo mayor, cumplió el castigo contra el asesino.

Los partidarios de Ali -alíes- nombraron entonces imam o jefe de la comunidad a Hasan. Éste, sin embargo, tras unas escaramuzas con el ejército omeya, decidió evitar a toda costa otra guerra civil y firmó un tratado de paz a resultas del cual abandona el liderazgo de los alíes y se retiró a la ciudad de Medina (su gobierno duró seis meses y tres días). Eso moderó la combatividad de los alíes, que se mantuvieron poco activos durante un tiempo. Todavía no se les llamaba shía, eso sucede algo más tarde.

Cuando en el año 680 d.C. el califa omeya Muawiya muere en Damasco, queda abierta de nuevo la cuestión de la sucesión al califato. Todavía no se había establecido que la dignidad de califa debía ser hereditaria, aunque tanto los Omeyas como los alíes buscan que sea así. Hasan, el hijo mayor de Ali, ha muerto unos años antes, lo que deja al otro hijo de Ali, Husayn ibn Ali ibn Abi Talib como cabeza de los alíes y probable candidato al título de califa por la dignidad que le confiere ser hijo de califa y nieto del profeta Muhammad. Sin embargo, Muawiya antes de morir intenta forzar el paso de un sistema electivo a uno hereditario proclamando califa a su hijo Yazid, en Damasco. Esto no gustó en general y se opusieron principalmente los alíes, quienes invitaron a Husayn, que estaba en La Meca, a acudir a Kufa para liderar una rebelión contra el califa Yazid, a lo que Husayn accedió. Yazid no fue precisamente un modelo de gobernante y se granjeó muchos enemigos, sobre todo al mandar asesinar a parte de la familia del Profeta.

Una vez el califa Yazid se enteró de la rebelión que se prepara en su contra, mandó un ejército al encuentro de Husayn y los 72 guerreros que le acompañan, sorprendiéndole antes de llegar a Kufa, en los alrededores de la ciudad de Kerbala (actual Iraq).



Se entabló entonces una batalla desigual, llamada Batalla de Kerbala, cuyo recuerdo nos llevó ayer a Nabatiyeh. Los 3.000 hombres enviados por el califa Yazid separaron la comitiva de Husayn de los puntos de agua, obligándoles a combatir durante dos días bajo un sol ardiente, al cabo de los cuales quienes aún sobrevivían, entre ellos Husayn, fueron torturados y asesinados. Únicamente se perdonó la vida al hijo menor de Husayn y a las mujeres de la caravana, que fueron conducidas a Damasco para ser vendidas como esclavas. El cuerpo de Husayn fue enterrado en Kerbala y su cabeza llevada también a Damasco para entregársela al califa.

Husayn fue martirizado ese día 10 del mes de Muharram (el primer mes del año musulmán) del año 61 de la Hégira, en la región de Nínive (Kerbalá) en Iraq. Ashura literalmente significa el décimo día, (se cuenta a partir del primer día de Muharram y no coincide en el tiempo porque el calendario es lunar) En árabe, diez se dice ashara. El día del martirio fue viernes y se supone que Husayn tenía unos 56 ó 58 años. Ahora bien, ya antes del martirio de Husayn se celebraba el día de Ashura en recuerdo del ayuno con el que Moisés agradeció la liberación del pueblo de Israel de manos de los egipcios, al parecer el profeta Muhammad solía ayunar en esta fecha y recomendaba este ayuno a sus compañeros, incluyendo la posibilidad de añadir el día anterior o el posterior al mismo. Por eso también es festivo para los sunni y llevan a cabo un día de ayuno.


UN DÍA EN NABATIYEH



En el Líbano hay un número muy elevado de habitantes shía, de modo que Ashura tiene gran importancia y es un día de vacaciones en todo el país. Tiene especial significado en los barrios del sur de Beirut, en el valle de la Beqaa y en la ciudad de Nabatiyeh. En esa ciudad estuve ayer, para asistir a esta conmemoración en vivo y en directo. Hay que vestir de negro y mucha gente lleva pañuelos de un color verde característico, propio del protagonista del martirio.

Se suelen llevar a cabo representaciones de la Batalla de Kerbala y grandes procesiones en las que muchos devotos y devotas se dan golpes de pecho y en la cabeza, donan sangre y se reparten alimentos y agua gratuitamente, como signo de devoción a Husayn.

Donantes de sangre en uno de los puestos

No se concibe que se pase sed, porque Husayn murió sediento y la gente ofrece agua y zumos por todas partes, que puedes coger directamente de mesitas que sacan a las calles, junto a pasteles, pan fresco con zaatar o pequeños bocatas de queso fresco.

Sin embargo, hay una minoría de penitentes que se flagelan de lo lindo como expresión de su amor por Husayn, aunque muchas autoridades religiosas shía lo desaconsejan. En Nabatiyeh el modo favorito de penitencia es hacerse cortes con cuchillas en el hueso frontal, justo encima de la frente, hay quien se arrea en la espalda con pequeños látigos hechos de cadenas de metal... Pude ver hombres mayores y jóvenes, adolescentes e incluso críos de 6 ó 7 años. Pero también chavalas, con sus frentes ensangrentadas y cayéndoles chorretones de sangre por las mejillas.

No se puede acceder al recinto en el que se hacen los cortes, dentro de una mezquita de llamativas cúpulas, pero sí salen a la calle grupos de penitentes, con enormes trozos de telas blancas que conforme pasan las horas se vuelven rojas de sangre pura. Van gritando las distintas advocaciones de Husayn, sobre todo Haidar, haidar, acompañados de unos grandes tambores.

Mezquita dónde se hacen los cortes en la cabeza y parte del estrado donde después se representó la batalla de Kerbala

La emoción es palpable por todas partes, la gente hace fotos y vídeos a los penitentes y les acompañan para secarles la sangre o animarles. Ni que decir tiene que hay ambulancias por todas partes y equipos preparados con camillas para recoger a los que caen redondos, que son bastantes, porque entre la sangre que pierden y el calor que hacía, desmayarse es frecuente. También suele haber  una especie de cofrade mayor que dirige los cantos y anima a los participantes (ésos que dirigen el cotarro no se hacen cortes ni nada parecido...)

No puedo decir qué me impresionó más, pero me gustaría contar lo que no se ve en las fotos, a saber:

- el olor de la sangre, que al principio no se nota, pero conforme pasan las horas y los penitentes sangran más y más, se va extendiendo por la calle. No es un buen olor, hay gente que lleva mascarillas porque al final llega a causar náuseas. No a todo el mundo, hay quien es capaz de comer  altramuces o lo que sea sin problemas, a pesar de ese olor, como a carne pasada ya.

- el ir pisando por la calle charcos de sangre y ver el suelo completamente moteado de gotas, como si estuviera estampada de lunares rojos. A veces los penitentes se paran y se agachan en sus cantos, de manera que al estar quietos un tiempo en el mismo sitio, la sangre cae al suelo y hace esos charcos que no se limpian hasta después. Por ese motivo hay que llevar un calzado adecuado bien cerrado y casi impermeable (yo no lo hice y pasé algo de espeluzne con mis zapatitos veraniegos abiertos). Hay gente que lleva botazas de cuero, tipo camperas pero más fuertes aún.

- la sensación que produce que se te pare al lado un menda o un chaval chorreando sangre y te mire directamente, mientras te salpican gotas de su sangre. A veces se me acercaba un crío pequeño y me mostraba una navaja de cortar el pelo ensangrentada... No sabía que hacer, si sonreír tímidamente aún a riesgo de parecer gilí, agachar la mirada o cerrar los ojos directamente. Menos mal que con las gafas de sol ayudan en estos casos...

- el sonido de los cuchillos o alfanges afilados que llevan, con los que se van golpeando sobre las heridas para que no se cierren los bordes mientras pasean por la calle. A veces los arrastran por el suelo y produce mucho espanto.

- la sorpresa que causaba ver a una guiri como yo en medio de esta historia, en vez de la misma sangría generalizada a la que asistíamos. De hecho, me puse a hablar con algunas mujeres y resultaron ser encantadoras. Me salió la vena patria y les mostré videos de los picaos de San Vicente de la Sonsierra (esos que se dan latigazos en la espalda el Viernes Santo)  y fliparon en colores. Una me miro maravillada y me preguntó si en España somos shías también

Hice algunas fotos y videos, al principio con algo de pudor, luego ya no. Pero no hice muchos, preferí vivir la Ashura sin cámara de por medio. Aviso, son algo potentes las imágenes:

Uno de los grupos de penitentes, ya llevaban más de dos horas de procesión

Mancha de sangre humana en la calle, que la gente luego pisaba como si nada

Contrariamente a lo que parece a primera vista, no había fanatismo feroz, la gente estaba tranquila y a la expectativa, de manera que esa sensación era la que transmitían. He visto gente más imbuida de masa rugiente y enfervorecida en eventos no sangrientos, como partidos de fútbol o mitines políticos.