sábado, 18 de febrero de 2017

Un día de viento en Beirut

El jueves 16 de febrero de 2017 fue un día bastante despejado y frío aquí en Beirut, con mucho viento que soplaba del mar llevándose la contaminación habitual. O sea, un día perfecto para darse un garbeo por la Corniche al bahar. Así que gestioné mis asuntos por la mañana pronto para poder caminar desde la Bahía de la Aceituna hasta las rocas de Rauche.



Pero como moverse por aquí es un suplicio, mucho más si hay que entrar al centro de Beirut, lo que suelo hacer es usar el coche para salir de mi barrio (a unos 12 km. del centro) hasta otro barrio que hay ya formando parte de la ciudad (Sin el fil, Diente de elefante) donde se puede aparcar razonablemente y ahí subir a un service (taxi comunitario) hasta donde sea que vaya una.

Ese fue mi objetivo al salir de casa. Pero ¡quía! El universo se había propuesto ese día que yo no paseara por la Corniche y vaya si lo logró.

El primer tropiezo del dia fue con el service que tuvo a bien aceptarme. No es el primero, ya contaré otros... Normalmente el conductor del coche-service se te acerca pitando para que te enteres de que está ahí, tú dices dónde vas y si le interesa, te indica que subas; de lo contrario, te dice que no y sigue su camino. Me subí como al cuarto que pregunté, que me dijo que sí le venía bien pasar por ahí dónde yo iba.

Durante cinco minutos todo fue bien, una señora sentada en el sitio del copiloto, hablando animadamente con el conductor cuando, de repente, éste se vuelve hacia mí y me pregunta que si soy rusa (pregunta-eufemismo para saber si soy prostituta, debido la abundante presencia de mujeres de ese ámbito geográfico que intentan sobrevivir aquí o son explotadas en esa actividad). Le digo que no y entonces me contesta que su coche no es un service, que es un taxi y que para ir a la Corniche al bahar le tengo que pagar 15 dólares. Me quedo frita, porque claro que era un service (llevaba ya una pasajera al subirme). Le contesté que lo sentía mucho, pero no tengo ese dinero (además era cierto), que yo quiero un service (por los que se paga 3.000 liras libanesas, unos dos euros, por trayecto) y que me bajo. Pero no se paró y no me atreví a bajarme en marcha o similar. La mujer se suma a la conversación y me pregunta si hablo árabe y que de dónde soy. Mientras tanto, el coche sigue avanzando hacia el destino de ella (iba primero y la dejan primero) que era un barrio que no tenía que ver con mi destino. Al bajarse la mujer, el conductor me vuelve a decir que 15 dólares o nada.

Pues claro que nada, aunque ya estaba mucho más lejos de la Bahía de la Aceituna que cuando me subí. Asi que me bajé tras pagarle las 3.000 libras correspondientes, rabiosa por no saber suficiente árabe como para decirle cuatro cosas, asi que he tirado del primer insulto que aprendí aquí: sharmutta, que es malo, muy malo. Y de tanta rabia que tenía pensé primero que vaya especie más lamentable la de los conductores de taxi y después que para qué intentar ni siquiera llegar a la Corniche, que lo dejaba y me volvía a casa y esas cosas que se piensan en esos momentos.

Pero en ese momento me sonó la vocecilla de si quieres, puedes; persigue tus sueños, mueve el culo que te has organizado para ir allí y ahora lo vas a dejar... en fin, que me eché a andar otra vez, muy decidida, hasta que llegué a mi destino (al final resultaron ser 8 kilómetros, contados con mi fastuoso invento ese que te pones en las caderas y cuenta los pasos y los kilómetros que andas y como con el viento y la caminata ya se me había pasado el mal rollo, pues me puse muy contenta de mí misma.

Asi que accedí a la Corniche desde Zeituna, donde hay unos edificios y un malecón que no dejan ver el mar abierto y justo a unos 200 metros ya se abre la zona de paseo sobre el mar, que suele estar llena de gente. Pero no contaba con que el Universo había decidido que yo no paseara. Pongo las fotos para que se vea bien el motivo:










O sea, que al final, nada de caminar, a menos que quisiera terminar empapada como unos cuantos pringaos que se atrevieron a recorrer el paseo. Las olas saltaban en cualquier momento y con el frío que hacía, eso de empaparme no me seducía nada.

De modo que media vuelta, té calentito en uno de los locales que dan al mar, protegido con cristaleras y hale, de vuela a casa. Al volver, tenía que tomar de nuevo otro transporte para llegar a Sin el fil y ningún service me llevaba hasta allí. Donde estaba parada había un chaval esperando también que le llevaran por la zona y como tampoco le subían, me indicó que tomaramos una guagua que pasaba por ahí -sólo sabes dónde van hasta que te lo dice el conductor- hasta un punto que seguro encontraba quien me llevara. Esas guaguas, que normalmente tienen la puerta arrancada para poder facilitar la entrada y salida de pasajeros, son toda una lección social. Esta vez durante el recorrido pude hablar con un tipo que me contó que no me decía su nombre porque todo el  mundo miente y estuvimos de parlez vous hasta llegar al final del recorrido.

Ciertamente allí encontré un service que me llevó sin más historias, sin dar rodeos y sin preguntarme de dónde soy.
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