jueves, 26 de julio de 2018

بيروت مدريد Beirut Madrid

El pasado 25 de junio vinimos a Madrid mi pelirroja y yo, con la intención de hacer un viaje relámpago e iniciar los trámites administrativos para que ella, mi pelirroja, pueda empezar a cursar sus estudios de FP de grado superior en un centro público madrileño.


Los más de 20.000 dólares que piden en las universidades libanesas por estudiar algo parecido a lo que ella le interesa nos ayudaron rápidamente a tomar esta decisión. No los tenemos y aunque los hubiéramos tenido, creo que no hubiésemos aceptado entregar semejante cantidad de dinero a cambio de una educación que ni es mejor ni iba a darle un puesto de trabajo, tal como hemos podido comprobar durante este tiempo allí. La mayoría de los graduados libaneses tienen que marcharse fuera, no hay trabajo allí y el paro juvenil es brutal.


Nuestra idea era volver el 30 de junio para terminar de recoger sus papeles del instituto libanés. ya sellados por el Ministerio de Educación y poder completar todo el trabajo en septiembre en Madrid de nuevo.


Pero el Universo nos ha llevado por otros derroteros. Muy diferentes.


El 26 de junio mi madre tuvo que ingresar en un hospital y ahí hemos estado las dos hasta que el 14 de julio falleció en mis brazos.


En todo este tiempo han pasado muchas cosas, algunas bastante desagradables, como la actitud machista y prepotente de los médicos que la trataron. Algunas que se han configurado a raíz de esa situación y que me han permitido conocer a gente estupenda, como la de AFDMD, llenas de sabiduría de la importante. Y otras maravillosas, como la compañía y la ayuda de amigas y parientes durante todo este tiempo. Se han creado lazos insospechados y he gozado de solidaridades limpias y hermosas en medio de la tragedia, que van a quedar ahí para siempre.


He tenido hasta más de ciento y pico mensajes de mis refugiadas, quienes aún me siguen mandando ánimos y muchas recomendaciones, desde sus complicadas vidas. Pero todos los días encuentran tiempo para mandarme alguna imagen o palabras de consuelo.

Ahora hay mucho que hacer y será una tarea difícil desmontar ochenta y nueve años de vida, concentrados en un pequeño piso antiguo, de esos de alcoba y gabinete, vigas de madera y muros de carga de ladrillo macizo, emplazado en un barrio antiguo, de los que aún tienen corralas y vecinas que se conocen y me paran por la calle para decirme lo tristes que están y que cuente con ellas para lo que sea, a pesar de que caminan con andadores y mil achaques. Muestras de cariño como la de su carnicero de toda la vida, que salió de su mostrador a abrazarme, con su mandil de rayas negras y verdes, llorando abiertamente. Así todo el barrio en el que vivió los últimos cincuenta y dos años de su vida.


De modo que por el momento me quedo en Madrid, atendiendo esta situación y en cuanto haya conseguido despejar burocracias, muebles atestados de recuerdos y muchas porquerías inservibles también, volverá a Beirut, inshallah.




Ésa soy yo, con mis padres, no sé donde, pero juntos.

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