lunes, 7 de septiembre de 2009

El sábado noche en Pozuelo de Alarcón

No puedo callarme, acabo de leer las noticias del Teletexto de Telemadrid en las que el alcalde de Pozuelo dice que fueron "gente de otro lugar" y acontecimientos aislados los que montaron la batalla campal en las fiestas y es una barbaridad que diga eso... Vaya cuento chino que se ha marcado el sr. Alcalde, que vaya con él al COI a ver si le dan las Olimpiadas a la citada localidad por imaginativo...

A continuación paso a exponer mi vivencia como asistente a las citadas fiestas de Pozuelo de Alarcón (Comunidad de Madrid) entre las 22.00 horas del día sábado cinco de septiembre de 2009 y las 01.00 horas del día domingo seis de septiembre de 2009:

Al llegar al Parque del Pradillo a eso de las 22.00 horas del día sábado cinco de septiembre de 2009, lugar donde estaba montada toda la parafernalia festiva (coches de choque, un artilugio infernal llamado La Cárcel, churrería Los Madrileños, el Urano y demás chismes eméticos) ya había un par de miles de personas (personillas más bien) a ambos lados de las atracciones (zonas verdes, además) bebiendo, algunos con claros signos de embriaguez. Mientras tanto, en la zona de las atracciones estábamos una mayoría de familias con bebés y niños pequeños de hasta unos 9-10 años de edad usando esas instalaciones. También había bastantes adolescentes paseando y luciendo maquillajes, modelitos fiesteros y cuerdas vocales, porque hay que ver cómo gritaban las criaturas...

Conforme avanzaba el tiempo, se fue transformando el panorama de asistentes en ese espacio urbano, de tal modo que para las 24 horas del día sábado cinco de septiembre de 2009, un 95% de las familias habían desaparecido del recinto y la afluencia de adolescentes y gente más mayor bebidos y con ganas de bronca era ya masiva: gente que además hacía ostentación de las bebidas que estaba tomando. No se trataba de botellas de Coca Cola rellenas de calimocho o de litronas, sino gente que bebía de botellas de ron añejo y de Moët Chandon como si de botijos se tratara, además de todo tipo de drogas ilegales, que también circulaban abiertamente entre el personal.

Apenas se podía caminar y el trasiego de ambulancias sacando gente de la masa, desvanecidos, era constante, agravado por la circunstancia del monumental atasco de coches que impedían a las ambulancias salir rápidamente.

Dado el cariz que estaban tomando las cosas, decidimos levantar el campo y salir de allí justo al final del espectáculo de cohetes, muy bonito, eso sí. Nos llevó casi una hora salir del atasco que había entre las calles Islas Canarias, Islas Cíes y el Camino de las Huertas.

Para ese momento podría haber unas cinco mil personas ya enfebrecidas del todo, gente con ganas de bronca entre la que no faltaban miembros de tribus urbanas conocidas por su violencia y descerebrados pudientes con capacidad económica para emborracharse de bebidas caras, hacer todos los destrozos posibles y que luego pague papá las fianzas y las consecuencias.

De modo que si yo misma, una mamá normal y corriente, sin conocimientos de psicología de masas, estrategia policial ni nada de eso, pude ver:

  • que el ambiente iba caldeándose cada vez más,
  • que la afluencia de gente en coche, en el tren ligero y andando era a cada minuto mayor,
  • que la gente no estaba sólo borracha (esto era evidente) y
  • que no había ningún dispositivo evidente de control sobre la zona,
... me pregunto qué vieron las autoridades, mejor dicho, qué no vieron, porque, joer, mira que estaba claro que esa movida iba a terminar mal.

Como parte del colectivo profesional de la Arqueología, cuya relación con el zumo de uva fermentado es más que amplia, puedo comentar que eso no es beber. He estado en las bodegas de la Ribera del Duero, en el Barrio Húmedo de León, en Cañadío y en el Rio de la Pila de Santander, entre otros. Se trata de lugares todos en los que se practicaba ese arte con otro estilo, nada de lo que este fin de semana pudo vivirse en Pozuelo.

De modo que no me venga el alcalde con majaderías, ahí había demasiada gente que sabía a lo que iba y no había apenas nadie que pudiera controlar el asunto. Ni siquiera para ordenar el tráfico y dejar pasar a las ambulancias llenas de criaturas en coma etílico.

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