lunes, 24 de febrero de 2014

Colegio Valdeluz

Personajes como el profesor acosador del Colegio Valdeluz es inevitable que existan, me temo.

Pero lo que no tiene cabida alguna es la manera de gestionar los hechos por parte del colegio. Lamentablemente, es un hecho muy común entre los coles de esta tipología: religioso concertado, de rancia tradición y gente estupenda que acostumbra a lavar en casa los trapos sucios.

Lo que voy a contar es un hecho real, pero debidamente camuflado porque la protagonista aún es menor de edad.

Ella iba a un cole de similares características al Valdeluz. Ella tiene un aspecto poco corriente y un carácter que no es abierto, precisamente, y por eso era la rara, la atacable y el centro de las miradas. Nunca fue la estrella de la clase. O tal vez sí y por eso pasó lo que pasó.

Había un niño que consiguió establecer un cerco de maltrato, tanto físico como social: si le habláis os pego, si no estáis conmigo os pego... Así hasta que el chaval consiguió que de puertas adentro del cole, nadie estableciera con ella ni siquiera una breve conversación, aunque fuera del cole, como todos eran del barrio, ella tenía incluso una buena relación con alguno de ellos. En clase le quitaban los libros y los hacían desaparecer durante días, le ponían la zancadilla si tenía que salir a la pizarra, ella tenía que entregar su bocadillo al profe porque si no se lo comían. Incluso, en alguna clase, fue insultada delante de la profesora y no pasó nada. Por no citar las veces que salía con moratones en la espalda y hasta, en una ocasión, con las encías rotas de un golpe, aparentemente accidental.

Ella callaba, hasta que ya no pudo más. Otras circunstancias fortuítas también ayudaron a destapar el asunto.

La dirección del colegio, el AMPA y todo el centro educativo en general (excepto alguna profesora que extramuros del cole sí habló) daba la callada por respuesta a la exposición de los hechos por parte de la familia de ella. Incluso se atrevieron a sugerir que ella era un poco pusilánime...

Ella tuvo que ser sometida a terapia psiquiátrica, en la que ¡oh, sorpresa! al inicio, fue preguntada por el nombre de su colegio. Al decirlo, la doctora comunica a la familia que tiene varios pacientes del mismo centro educativo que ella y por similares motivos.

Mientras, en el colegio, siguen mareando la perdiz un día sí y otro también, hasta que la familia emprende acciones más allá de comunicar verbalmente a la dirección lo que está pasando, que no sirve de nada.

El primer paso fue escribir una carta a la dirección exponiendo muy detalladamente lo que pasaba, pero PASÁNDOLA POR EL REGISTRO del centro, que debe existir, aunque intenten convencer a la familia de que no es necesario (claro, eso que pasa por registro va a la inspección educativa, que tampoco vale ir allí a contarlo). Se hacen dos copias, que deben ser ambas selladas, una para el centro y otra para la familia. Eso abre ya las diligencias con las autoridades educativas y deja constancia de lo que está pasando. Luego no trae consecuencias económicas para el centro, porque no se les retira el concierto.

A partir de ese momento se abre la veda: las relaciones del centro educativo con ella y su familia empeoran, de manera que parece que ella es la mala (curioso, ¿eh?), mientras que al niño cabecilla se le brindaba una extraña protección: cómo vamos a decirle a la abuela que Fulanito hace esto, le daría un soponcio (frase pronunciada por la dirección del centro  una de las veces que acudió la familia a hablar. El niño, que había llegado a agredir a personal del centro, pertenecía a una afamada familia de un prócer de la localidad.

Con el paso de las semanas, la situación de ella se hizo tan insoportable que se impuso un cambio de centro, para dejar atrás ese antro infecto revestido de estupendez. Se dio la circunstancia que intentaron entorpecer la entrega de los documentos necesarios para llevar a cabo el cambio, de tal manera que la familia tuvo que acudir al SAF de la Policía Nacional. Sólo citar el nombre facilitó las cosas.

Por indicación expresa de la doctora en Psiquiatría que la trataba, la familia de ella no interpuso denuncia, ya que le hubiese supuesto un terrible mal trago revivir ante un tribunal todo lo que estaba pasando. Esta es otra circunstancia también muy común y es la que viene librando a estos centros de las penas que deberían caerles. Sin denuncia, no hay juicio al centro. Y las investigaciones internas son una milonga inmensa. Pero a ver quién es el que, si se produce una advertencia de estas características, decide proseguir.

Pero al menos, es muy importante que, ante cualquier circunstancia de acoso o maltrato en un centro educativo, se inicie el paso de entregar por el registro una relación detallada de los hechos y en su caso, si no hay indicación facultativa en contra, tirar adelante con la denuncia. El problema, además de la situación, es la manera de gestionarla por parte de los centros.

Algunas comunidades autónomas tienen muy bien descritos protocolos en esta materia, tal vez el más brillante es el del País Vasco:


También Castilla la Mancha tiene uno, pero me pregunto si seguirá vigente:


Y uno de la Comunidad de Madrid, financiado por Caja Madrid:


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