domingo, 12 de julio de 2015

Trastorno de acumulación y síndrome de Diógenes

Yo pensaba que respecto a estos problemas andaba bastante lejana, pero ¡quía!

El camión de la mudanza llegó hace nada y llevo unos días enloquecida haciendo repaso de trastos, chirimbolos, mamotretos, chismes, cacharros, armatostes, cachivaches, bártulos y trebejos que deben partir, permanecer o reciclarse. Lo que se puede llegar a ocultar en inocentes bolsas al fondo del armario...

También es el momento elegido por infinidad de esos trastos, chirimbolos, mamotretos, chismes, cacharros, armatostes, cachivaches, bártulos y trebejos para estropearse. De modo que no me falta entretenimiento y un poco de emoción, ya que algunos no están reparados a tiempo de que el camión los recoja. Puede sonar ridículo, pero hay multitud de cosas de uso normal en la vida cotidiana que allí existen y pueden comprarse, claro, pero hasta cuatro veces más caras que aquí. Con lo cual, lo que suele hacerse es cargar con todas ellas para los primeros meses de estancia, hasta que aprendes dónde encontrarlas a precios razonables.

Luego salen las dudas, las eternas dudas:

Esto que lleva almacenado durante milenios, esperando el momento propicio de usarlo... ¿lo sigo guardando o sale a reciclaje...? 

Estoy optando por esto último y sinceramente, da mucho gusto. La parte buena es que te encuentras cosas que creías perdidas. Es una suerte de excavación en tu propia casa, a la que hay que aplicar método Harris para que dé buenos resultados. Menos mal que no he olvidado del todo el sistema.

La mudanza ultramarina tiene sus propios códigos para hacerla fácil:


  • No hay que poner nada en cajas ni en bolsas ni nada de eso. Hay que decidir qué no te llevas y qué sí te vas a llevar.
  • Poner una pegatina adhesiva de color chillón a lo que te vas a llevar. La mudanza lo recoge y lo embala según sus propias normas, para poder luego responder si hay roturas.
  • Hacer una lista de dónde están las cosas que se deben recoger: esto lo he aprendido a posteriori, es decir, que se me han quedado algunas en el tintero.
Y esperar que no sea demasiado caluroso el día elegido. Esto no pudo ser, me temo. La cuadrilla que vino por las cosas fue muy peculiar: un capataz de Toledo, un operario rumano y otro marroquí. Este último en pleno Ramadán, practicante. Quién diga que los creyentes no trabajan en Ramadán pueden irse callando la boca, porque este hombre curró como el primero, sin probar gota de agua (con unas toallas empapadas en agua fría intentamos paliar un poco las consecuencias) durante todo el tiempo que duró la recogida y luego el traslado al contenedor.

Las cosas salen de casa al almacén de la mudanza en un polígono industrial, allí se estiban en el contenedor que luego se carga en un camión. Llegan al puerto de Valencia y ahí se cargan en un barco, así, con los contenedores en cubierta. Cabe la posibilidad de que en un golpe de mar los tire por la borda...



El barco citado llega al puerto de Beirut y allí vuelven a subir el contenedor en un camión et voilà, otro montón de trastos, chirimbolos, mamotretos, chismes, cacharros, armatostes, cachivaches, bártulos y trebejos que tocará volver a colocar allí. Para no aburrirse ni un minuto, vaya.
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