domingo, 6 de noviembre de 2016

El Museo de los Recuerdos de Palestina

Ayer tuve noticia de la detención ilegal y salvaje de mi amigo Salah Khawaja en su casa de Ramallah. Salah es un activista pacífico del BDS y cuando le conocí en Beirut el año pasado, me pareció un gran tipo. Entre otras cosas, nos contó que se temía lo que finalmente ha sucedido.

Por eso le dedico esta entrada sobre un pequeño museo que apenas recibe visitas, pero que guarda Historia Viva entre sus paredes.

Se trata del Museo de los Recuerdos de Palestina, situado en una de las callejuelas del campamento de Chatila (hoy barrio beirutí) al que es necesario llegar acompañado por su fundador, porque no hay muchas indicaciones que permitan encontrarlo facilmente. Digamos que el urbanismo de Chatila, lo mismo que el de Sabra o el de Burj al Barajneh, no forma parte del modelo reticular planificado...

Fue creado por iniciativa del doctor Muhammad al Khatib (léase jatíb, que la kh en la transcripción fonética del árabe al inglés representa el sonido jota, ausente en el idioma anglosajón pero presente en el árabe y en castellano) en el año 2004, con piezas que voluntariamente fueron entregando las familias del entorno, cómo medio de dar a conocer esos objetos de la vida cotidiana que usaban antes de 1948.


Esta pintada es único cartel visible que permite identificar que se ha llegado al Museo. Repárese también en los laberintos de cables eléctricos que suelen matar a la gente cuando llueve y caen sobre la calle.


La puerta metálica que da acceso al Museo, mathab, متحف, en el que también se puede acudir a jugar al ajedrez, escuchar música o tomar un café con la gente del vecindario. Digamos que actúa de centro social y la gente aprecia al Dr. al Khatib de veras, como lo demuestran la cantidad de veces que es saludado con el apelativo de Hakim (sabio, doctor).


Sorprende ver cómo muchos de los objetos los podríamos encontrar en cualquier casa de campo extremeña, cántabra o maña: los serruchos para cortar madera, las tijeras de esquilar ovejas, las balanzas romanas, las herraduras de caballo o los cucharones con agujeros para las aceitunas.


En otros casos son piezas propias de las tradiciones de la zona, como los molinos de café, enormes, de madera y que con su golpeteo se hacen ritmos musicales.

En cambio, esta es la pieza más terrible de todo el museo: una de las hachas que se utilizaron en el año 1982 para perpetrar la masacre de Sabra y Chatila. Con ella, cortaron piernas, brazos y cabezas de los habitantes del campo.


Hay bordados hechos por manos primorosas con textos reivindicativos del derecho al retorno y a la educación. Algunos tienen más de cincuenta años...




Y las llaves de las casas que se vieron obligadas a abandonar las familias expulsadas de su Palestina natal:


Incluso hay objetos que NO son lo que parecen, como éste de abajo. No es un odre para líquidos, sino una batidora para hacer mantequilla: se rellenaba de leche recién ordeñada y se movía enérgicamente agarrándolo por los bracillos esos tan graciosos que tiene. Así hasta conseguir el producto final.


Para volver a la avenida principal se pasa por este depósito de agua, en el que la llave inmensa le recuerda a todo el mundo el objetivo que nos une: el retorno a la tierra robada.


Que viva la lucha del pueblo palestino.

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