viernes, 2 de enero de 2009

Estambul, I. Primeras impresiones

Viajar a Estambul en pleno invierno rompe uno de los tópicos que normalmente asociamos a la cultura islámica: el calor. Hace un frío horroroso allí, con nieve y granizo incluidos que nos han impedido poder patear la ciudad en condiciones. Si ha habido una constante en este viaje ha sido precisamente ésta: la incesante ruptura de esquemas que hemos vivido desde el primer día, pero a 0 ó 1 grados centígrados de temperatura como mucho.

En la parte que hemos podido visitar, que ha sido desde la zona de Pazartekke hasta la de Taksim, pasando por Sultanahmet, Eminönü e Istiklal, Estambul es una ciudad que me ha recordado mucho a Santander. Por increíble que parezca. Pero el conjunto del mar, las laderas con casas, los barcos por el Cuerno de Oro y el Bósforo, la cantidad de verde que puede apreciarse por esas zonas, el ambiente y los gritos de las gaviotas, me han resultado muy familiares y me hacían pensar en la zona de Reina Victoria de la ciudad cántabra citada...

De todo lo que hemos podido ver, quiero destacar antes que nada el Museo de Santa Sofía. Además de ser una obra tecnicamente im-prezionante, por las dimensiones y por el modo de construcción, es un sitio en el que, aún ahora, puede apreciarse un sentido de espiritualidad (o trascendencia o como quiera decirse) poco corriente en este tipo de edificios. No puedo evitar relacionar los sentimientos que me provocó su visita con la bofetada de poder terrenal que sentí en San Pedro del Vaticano. ¡Menuda diferencia! En este último se percibe claramente la sensación apabullante de quién es quien corta el bacalao terrenal, sin más miramientos; pero espiritualidad o trascendencia, poquita, más bien nada. Tan intensa fue esa sensación y tanto malestar me causó que tuve que salir enseguida de allí, mientras que en Santa Sofía, tal vez por la oscuridad, tal vez por la desnudez de las paredes, tal vez porque los fondos dorados de los pocos mosaicos que quedan anulan cualquier sensación de terrenalidad, sí pude sentir que estaba dentro de una construcción destinada a algo más que a engrandecer el poder imperial bizantino, que también lo era.

El espacio entre Santa Sofía y la Mezquita Azul, en el que se encuentra la huella del Hipódromo, es uno de los que más hemos estado. Allí se está el Museo de Arte Turco e Islámico, en un palacio de 1524. En el pueden verse desde alfombras sacadas de los mausoleos de distintos sultanes hasta objetos tan curiosos como un orientador de quiblas, además de una impactante colección de arte figurativo musulmán, idónea para seguir rompiendo estereotipos sobre esta cultura. También hay una sección dedicada a etnología de las distintas regiones turcas, con objetos, fotografías y reconstrucciones de la vida cotidiana de esas zonas y especialmente del trabajo de las mujeres.

Orientador de quiblas

La fastuosidad de la Mezquita Azul quedó subrayada por la llamada a la oración de las 12 horas, con el dialogo que iniciaron los almuédanos de esta mezquita y el de otra pequeñita que está en la Divan Yolu, justo en la parada del tranvía de Sultanahmet.

Nos quedaron por ver muchas cosas, por falta de tiempo cronológico y por problemas con el atmosférico. Aún así, pudimos patear las tiendas de los luthiers de la Galip Dede Cadesi, la misma calle en la que está el Divan Edebiyati Muzesi (o sea, el Museo de la Orden Mevleví de Galata, en restauración, aviso) y jartarnos de mirar y remirar y fotografiar los azulejos de la Mezquita de Rüstem Pasha, a la que pudimos entrar solos: toda la mezquita para nosotros.

El miharab de la mezquita de Rüstem Pasha
Mañana, más.
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