martes, 6 de enero de 2009

Estambul, III. Resumen final.

Para terminar los apuntes sobre Estambul, me gustaría comentar las siguientes cuestiones.

A. Yo ya había estado aquí...
No, no se trata de un súbito ataque de desmemoria o algo así, sino de la sensación de cercanía que hemos tenido constantemente en la ciudad. No es una sensación nueva, ya la había sentido en anteriores estancias en otros lugares no cristianos del entorno mediterráneo: Siria y Marruecos.

La mayor parte de la bibliografía de viajes (tanto presentes como pasados) a la que he tenido acceso ha sido de origen anglosajón y al final, se ha convertido en una especie de trampa. En esos libros se habla de cosas, situaciones, costumbres, obras de arte y gentes del todo fascinantes ante los ojos de los viajeros procedentes de ese ámbito noreuropeo. Y una, torpe hasta las trancas, se queda con el cuento...

Y una llega al lugar en cuestión y resulta que de todo el exotismo esperado, nada de nada. Que todo es de lo más familiar: comer hortalizas y cordero, mezclar almendras con miel, corretear entre arcos de herradura, pasear por calles de urbanismo enloquecido, sentarse a la puerta de casa rodeada de vecinos para charlar sobre las cosas del día o acudir a la plaza para ver qué se cuenta el mundo, hacer primorosas labores de bordado, vivir en casas con patios centrales llenos de macetas decorados con azulejos, ventanas con rejerías y que confundan al tito Ángel con un paisano local de los de toda la vida.

Que la sorpresa del viaje es comprobar la enorme cercanía entre ambos extremos y no precisamente a causa de la globalización. Cuánta ceguera (de la mala, de la de no querer ver) en las gentes que menosprecian este pasado común y qué pena que nadie con el poder adecuado use esos puntos en común para solucionar conflictos que nunca debieron haberse originado.

B. Viajar con adolescentes...
Eso es una experiencia, bueno, eso y ver cómo a causa de estar siempre pensando en las musarañas se te queda clavadita en el andén del tranvía mientras tu te vas, con cara de haba y la nariz pegada a la ventanilla, dentro del vagón, después de haber gritado "Sube ahora" al menos tres veces. Se va quedando pequeñita, pequeñita. La gente se hace cargo de la situación y a base de gestos te hablan de calma, incluso una persona amable descuelga un telefóno que hay junto a las puertas y le oyes hablar. Nunca el turco se te hace tan indescifrable y te suena tan diferente... Al final, demostrando tener la lección aprendida, la adolescente se regresó al hotel y todo se resuelve bien.

C. La gente...
Se organiza bastante bien para ser una ciudad de 15 millones de habitantes, al menos en lo que una turista normal y corriente puede ver en pocos dias. La anunciadísima convivencia entre Oriente y Occidente de Estambul es más que palpable, si bien es menos Oriente del esperado, me atrevo a decir. Una confusión que pude percibir en nuestros acompañantes fue la de pensar que los turcos son árabes, pero de eso nada. Son turcos, musulmanes en su mayoría, sí, pero turcos. He podido aprender en este viaje que el nombre de una composición muy conocida de Omar Faruk Tekbilek, Laz, realmente es el nombre de las gentes que habitan parte de la costa del mar Negro, cuyas características culturales y físicas les acercan enormemente al ámbito caucásico, más que al de Próximo Oriente.


No es demasiado palpable el supuesto crecimiento del fundamentalismo religioso, se ven pocas mujeres con hiyab y sólo vimos 3 cubiertas con niqabs. Claro que no tengo elementos de comparación con tiempos anteriores. Ataturk sigue muy presente por doquier, incluso el Imperio Otomano aparece como un referente por todas partes.
Desde luego, sí que debió ser una gran capital del mundo en su momento esta ciudad...
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