viernes, 17 de septiembre de 2010

Experiencias kamikazes

Una de las cosas buenas que me ha proporcionado el cambio de lugar de trabajo es que ya no voy a necesitar gastarme una fortuna en hacer ningún curso de parapente, parkour, bungee, barranquismo o similar.

No, porque los conductores del autobús 625 de la empresa AutoPeriferia me proporcionan las mismas emociones -incluso más, podría decirse- por el precio de un abono mensual B2. Bueno, también valdrían los Larrea, los Herranz o cualquiera de los que circulan entre Madrid y la Sierra, no voy a discriminar a nadie, ya que todos participan en la loable tarea, a juzgar por las carreras que vamos echando al subir la Cuesta de las Perdices, por ejemplo, mientras sorteamos los coches privados con un solo ocupante que tapizan el asfalto.

Hoy mismo, mientras íbamos lanzados por el carril izquierdo de la A-6 hemos podido ver cómo una persona que esperaba en la parada junto a la calle del Colibrí de Las Rozas, se ha quedado con un palmo de narices al no detenerse el bus cuando ha hecho la señal correspondiente, debido a la velocidad que llevábamos, posiblemente más de 100 km/h. Hace unos días, otro conductor que nos amenizó a todo el pasaje con música de Iron Maiden desde el inicio del recorrido, sí pudo parar a tiempo, pero los bandazos que pegamos de un carril a otro fueron tan espectaculares como el volumen del loro (sí, un auténtico loro de los 80 ahí puesto) que llevaba encendido.

Si a esto le sumamos que a menudo toca ir de pie en el bus, las sensaciones son ya de dimensión extrasensorial, vaya.

Curiosamente hoy también me he enterado de que los autobuses que no recorren más de 60 km en sus itinerarios y que no salen de la provincia, no necesitan llevar el conocido tacógrafo, de modo que las empresas son totalmente libres de imponer a sus conductores horarios imposibles de cumplir, turnos de trabajo de más de 12 horas y encima, sueldos ridículos con la excusa de que si no lo aceptas, hay una cola en la puerta para ocupar el puesto.

Me pregunto si no hay una inspección de trabajo que pueda desmontar este tinglado y si a estas empresas les caen los multazos que deberían, porque tal como están las cosas, me temo que los que pagan la tela sean los conductores, en cuyas manos vamos los del final de la cadena alimenticia, es decir, los pringaos que defendemos el uso del transporte público. Que somos los que terminaremos espanzurraos a este paso...
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