lunes, 3 de octubre de 2016

Peques de Alepo

Parte de mi tiempo aquí lo paso en un centro educativo para refugiados. A él acuden madres y peques hasta 6 años y estudiantes de primaria y secundaria a hacer deberes, ya que a la organización que lo lleva a cabo, no se la permite escolarizar a mayores de Educación Infantil.

A las madres se les da clase de inglés, ofimática, alfabetización en árabe y diversos talleres profesionales que les permitan encontrar un trabajo aquí y mejorar su situación, normalmente horrorosa. Como la mayoría tienen bebés o críxs muy pequeñxs, mi tarea consiste en estar con ellxs (junto a otras mujeres refugiadas) y cuidar esos peques mientras las madres (a veces también hermanas mayores, como quinceañeras) acuden a clase.

Hace poco han venido un grupito nuevo, de Alepo. Su situación es lamentable en cuestiones de salud, sobre todo bucodental (tienen los dientecillos de leche totalmente comidos por caries, muchos han perdido parte de la dentadura y roen la comida como ratoncillos...) y en oftalmología: ojos vagos sin tratar, alguna que otra herida...

Y no digamos nada en cuestiones psicológicas: tienen mucho miedo a todo, apenas hablan, no saben expresar sus sentimientos o necesidades... por ejemplo, los más peques si quieren agua, gritan y lloran señalando los contenedores hasta que se les da un vaso -lo mismo con cualquier otra cosa-. Otra constante es la dificultad para gestionar conflictos, como los que genera un simple encontronazo al andar por la clase o que dos quieran usar el mismo lápiz. Normalmente se solventa a golpes y la primera tarea de las cuidadoras, o sea, nosotras, es mostrarles que ése no es el camino. Asusta ver la carga de violencia que asoma en sus ojos cuando se enfrentan por cualquier tontuna, miradas durísimas que sostienen hasta que empieza la lluvia de golpes, patadas y puñetazos, con mucha inquina y soltando toda la mierda que llevan dentro. Es muy raro que establezcan otro tipo de contacto que no sea el de los golpes, aunque según van cogiendo confianza terminan por dejar esas actitudes y se muestran muy cariñosos, cuidando de los peques con mucha solicitud también. Cuando empiezan a reír o cantar, es todo un triunfo.

A la vista de los recientes acontecimientos, me pregunto hasta cuándo vamos a seguir recibiendo peques así. No quiero pensar en los que siguen allí, la cámara de los horrores sigue encendida.



Por si puede ser aportar algo: https://www.jrsmena.org/donate#EN_7

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