martes, 16 de diciembre de 2008

Una estancia en la dehesa

Este fin de semana ella ha decidido dedicar una parte de sus ingresos a que nosotras viajásemos a un lugar especial, sin hombres y sin prole. Sólo nosotras en medio de una dehesa, en uno de los llamados SPA y con las torres de la central nuclear de Almaraz al fondo..., disfrutando del tiempo (cronológico, porque el atmosférico, nanay), del espacio natural, de su sonido y de la conversación.

La razón del viaje ha sido desprenderse de uno de los burkas propios del Occidente que padecemos ambas: el enloquecimiento al que nos vemos sometidas viviendo dos realidades que por mucho que nos empeñemos, nos cuesta compaginar. Ella intentando sacar adelante su empresa y redefiniendo su estilo de vida; yo defendiéndome de las sombras y de los horarios; ambas de las consecuencias de ser madres, limpiadoras, cocineras, doncellas, costureras, niñeras, telefonistas, maestras, psiquiatras, economistas, intendentes y... (Forges, 2002)

Una parte del viaje la dedicamos a visitar dos localidades en las que las tareas artesanales han supuesto durante cientos de años el modo de vida de la mayor parte de los habitantes. En una de ellas entramos en la tienda llena de objetos de cerámica, característicos de esa localidad. El dueño nos explicó amargamente que tenía que cerrar y abandonar el trabajo del alfar, al que su familia se venía dedicando desde el s. XVIII a causa de la feroz competencia que suponen las importaciones de Extremo Oriente, al igual que muchos otros talleres de la localidad. Ahora se ganaba la vida en un matadero y va vendiendo las piezas que le quedan casi a hurtadillas, para evitar multas.
Conocimientos centenarios, creatividad y arte que se van a perder en un lado del mundo y explotación de trabajadores para abaratar precios, entre otras lindezas, en el otro.

En la siguiente localidad que visitamos conocimos a Begoña, quien tuvo a bien mostrarnos su obra: manteles, toallas, pañuelos, sábanas de hilo... todo ello bordado a mano, con deshilados, puntos cortados y precisión y belleza casi "élficas". Estuvimos con ella casi hora y media, a sabiendas de que no ibamos a comprar ninguna de las piezas que nos mostraba. Aún así, pudimos disfrutar de su sabiduría y sus explicaciones sobre las distintas técnicas de bordado, las telas, los usos y todas las cuestiones relacionadas con su taller.
Entre otras cosas nos comentó que pocas personas quedan ya que sepan hacer esto, incluso la tarea del deshilado ahora mismo sólo sabe hacerla una mujer de ochenta años, que, cuando fallezca, nadie podrá realizar. Begoña trabaja por encargo y lo primero que dice a los clientes es el tiempo que va a tardar, se requieren meses para completar las labores y no se deja amilanar por la prisa: hace su arte con la parsimonia necesaria para que la obra salga perfecta.

Este es un mantel bordado a finales de los años 20 del siglo XX, una de las piezas que nos mostró Begoña:

En ambas localidades estas personas tenían en común el haberse dedicado a trabajar en sus respectivos artes, con dedicación, en sus propios talleres y desarrollando sus tareas en armonía con la vida cotidiana. Me sorprenden estas personas que hemos conocido, sus dificultades reales, que no son pequeñas, los resultados de su trabajo y la cantidad de saberes que pueden llegar a perderse en la vorágine.

Entonces es cuando me veo a mi misma, en la ciudad, de la Ceca a la Meca para intentar hacer minimamente bien todas las tareas que tengo pendientes, con los habituales catastróficos resultados y no puedo evitar pensar ¿estamos seguras de que no andamos también atrapadas en un burka...?

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